La fiesta del cine sigue su curso
De todo eso, de cine y de gente, hubo en los primeros nueve días del XXIII Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, y con más calma algunas cosas seguirán pasando en su segunda semana y hasta su culminación el 3 de abril.
Hasta el domingo 27 el festival había convocado 40.596 espectadores. Por un lado estuvo (y seguirá estando) el cine. Desde el reencuentro con el maestro Ingmar Bergman a través de su último filme, Saraband, una honda reflexión sobre los sentimientos y la condición humana, hasta el descubrimiento de valores nuevos y novísimos. O no tanto: no es tan nuevo el gran irani Abbas Kiarostami, de quien se vio Ten (una notable reflexión sobre la condición femenina en el Irán de hoy, concentrada en un único espacio y con un rigor narrativo ejemplar) y la más polémica Cinco.
Entre las revelaciones pueden incluirse nombres y títulos como La historia del camello llorón, de Daviau y Falconi, un filme al borde de la ficción y el documento sobre la vida cotidiana de una familia mongola, El regreso, del ruso Andrei Zvyagintsev, un ejercicio poético sobre padre e hijos, generaciones y el paisaje siberiano; Primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera de Kim Ki-duk, un drama humano y el portentoso drama After the day: Before, del húngaro Attila Janisch.
Como otros años, ha habido una fuerte presencia latinoamericana, con revelaciones, confirmaciones y reencuentros. Confirmaciones fueron el argentino Lisandro Alonso, que en Los muertos prosiguió una búsqueda expresiva ya ensayada en su anterior y valiosa La libertad, y también su compatriota Carlos Sorín, que con El perro aportó una nueva «historia mínima», cuasi neorrelista y patagónica. Hubo un reeencuentro con un maestro del documental como el brasileño Eduardo Coutinho, cuya Peones es una persuasiva evocación de militancias sindicales en los años ochenta y campañas electorales más cercanas, y otro, en este caso con presencia del autor incluida, con el chileno Silvio Caiozzi y su comedia Cachimba.
Las monográficas dedicadas a temas puntuales fueron otro de los centros de atención del espectador. En el bloque dedicado a derechos humanos, que tuvo su centro en la legendaria Estudio Uno de la calle Camacuá, hubo cosas verdaderamente reveladoras como la película india Solución final (sobre enfrentamientos entre hindúes y musulmanes que desembocaron en masacres). El bloque dedicado al Festival Diversa (Gay Lésbico) recuperó un par de filmes clásicos de Rainer Werner Fassbinder, un documental de Rosa von Praunheim sobre ese creador alemán, y otros materiales recientes. Otra revelación pudo ser la monográfica del libanés-canadiense Jayce Salloum, que mostró a un artista comprometido y un experimentador de las formas.
El rubro visitantes arrancó con el argentino Enrique Piñeyro, ex piloto de línea convertido en cinematografista que presentó su película Whisky Romeo Zulú, una crónica de ilusiones, desencantos y los sombríos entretelones de la aviación comercial. De Chile llegó el gran Silvio Caiozzi, fiel como siempre al universo de José Donoso, quien tuvo tiempo de contar cómo nació su último filme, Cachimba, «una comedia ácida sobre el post-pinochetismo» según él mismo la define. En encuentros con la prensa Caiozzi habló de su larga relación con Donoso, del mercantilismo y el espíritu tecnocrático de muchos hacedores del cine y hasta críticos de su país y de otros dolores de cabeza latinoamericanos.
También estuvieron Lisandro Alonso de Los muertos, Néstor Frenkel del documental Buscando a Reynols, Alejandro Fadel y Santiago Mitre de Amor primera parte, Mariano Llinás de Balnearios, Sebastián Alarcón, Juan Altamirano, Leonardo Davisiano y Javier Bonatti de El agua y la sangre. También de Argentina llegaron Iván Fantasía y Gabriela Waieman, del Festival Diversa de Buenos Aires. De Colombia, Juan Zapata, del cortometraje Fidelidad. De México, Sergio Arau (Un día sin mexicanos, una comedia sobre lo que podría pasar si en California desaparecieran los mexicanos) y Jesús Magaña (Sobreviviente). De España, Eduardo Guillot (Amadeo una historia real). Y no hay que olvidar a José Roberto Torero, un brasileño inventivo que presentó varios cortos y su primer largo, Cómo hacer una película de amor, en la que aplicó el mismo ingenio que es capaz de desplegar en la vida real. Ayer comenzó la retrospectiva-homenaje al realizador venezolano Román Chalbaud, con exhibición de varios de sus filmes (Sagrado y profano, El pez que fuma, Manón, Pandemonium). En estos días llegan a Montevideo el cineasta italiano Vincenzo Marra, quien presentará su película Vento di terra, el húngaro Benedek Fliegauf, de Dealer, y el uruguayo José Ramón Novoa. Hoy se darán a conocer los premios del Espacio Uruguay. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad