Valencia: gritos y susurros
Valencia tiene sus contrastes. Durante la semana de Las Fallas, y aún antes, la ciudad altera su ritmo normal. La parte vieja y céntrica, la más hermosa, se convierte en peatonal, se elimina el tránsito vehicular, el transporte colectivo y el particular. Es una odisea atravesarla. Las Fallas se apoderan de plazas y esquinas (especie de tablados con figuras más o menos satíricas, de hasta 30 metros de altura, figurativas a la vieja usanza, que luego son quemadas y apagadas por los bomberos). Es un antiguo rito popular que atrae a un millón de visitantes y expulsa a una buena cantidad de sus ciudadanos que huyen del mundanal ruido. Día y noche se suceden las bandas de música, los petardos, los desfiles, hasta el estallido final con gigantescos fuegos artificiales para festejar la entrada de la primavera boreal. Muchos lugareños protestan por el exceso (hay dificultad de entrar al domicilio, las ambulancias no tienen fácil acceso) y lo convencional de los muñecos, ceñidos a un rígido naturalismo. Es una semana de jolgorio corrido y para no dormir. Por otro lado, están los Diálogos Iberoamericanos. La asistencia de casi un centenar de invitados para participar en el IVAM de los encuentros anuales de críticos de arte, directores de museos, curadores y periodistas de varios países latinoamericanos y por primera vez, de Portugal. Por sus tranquilos espacios transcurrrieron las cuatro jornadas previstas, muy bien instrumentadas por un equipo sin fallas. Nadie se pudo quejar. Además, están las exposiciones y las inauguraciones (Robert Rauschenberg, el argentino Carlos Alonso) que se agregaron a las de Rodin (ver nota aparte), del inglés John Davis y el español César Manrique. Otros atractivos se ubican en el Centro Cultural Bancaixa con las excelencias de los grabados de Picasso y una antológica de Dennis Oppenheim. Todavía, en el Centro del Carmen, el legado del pintor Muñoz Degrain. *
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