La música como forma de inclusión social
«Comenzamos en octubre de 1998 en Lugano con treinta chicos porque no teníamos más instrumentos», dijo el pianista y director orquestal Claudio Espector, coordinador de la iniciativa contratado por el Gobierno. El programa reúne hoy a unos mil niños y adolescentes en trece orquestas, incluida una de institutos correccionales, pero este año generará siete más, en un total de nueve provincias. «La primera vez que entramos con violoncelos a una escuela de Villa Lugano fue un sueño cumplido», afirmó Espector, de 36 años, director del conservatorio estatal Manuel de Falla, que se formó en Moscú en los años 80, en el ocaso de la Unión Soviética.
«En Moscú me impresionó la masividad y el nivel de la educación musical. A los conciertos iban muchos, muchos pibes, y los músicos gozaban de gran respeto. Yo me decía: ¿por qué no en la Argentina?», recordó. Pero una influencia decisiva vino de Venezuela, donde el Sistema Nacional de Orquestas Infanto-Juveniles tiene 180 agrupaciones, ha educado a miles de chicos pobres, y si bien nació para difusión cultural, tomó luego carácter social.
Ese programa, creado por el ex ministro de Cultura José Abreu, premiado por la Unesco y la OEA y apoyado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), demostró que la música, lejos de sustraer al niño de la escuela, lo potencia como estudiante. Fue a partir de aquella experiencia que el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires pensó en imitarla para reducir la deserción escolar. «Cuando me convocaron dije que ese objetivo se iba a cumplir si se hacía un trabajo muy serio desde lo musical, con profesores de muy buen nivel y compromiso social. Y así fue», aseguró Espector. Al llamado inicial en escuelas públicas luganenses, en el empobrecido rincón sudoeste de la ciudad, respondieron trescientos niños, y se dio la paradoja de que un proyecto para incluir comenzó excluyendo, aunque demostró su potencia. Así nació, con treinta chicos de 9 y 10 años, la Orquesta Infantil de Villa Lugano, que seis años después se ha presentado hasta en el famoso Teatro Colón, en el Festival Martha Argerich 2004, y acaba de ser retratada en el filme Cuando los santos vienen marchando, del argentino Andrés Habegger. Con un paisaje de casitas bajas, monoblocks y villas miseria (cantegriles) el documental muestra la paciente formación de los noveles músicos, y cómo sus familias pasan del inicial escepticismo al paulatino vislumbre de nuevos horizontes para sus hijos.
En los niños los beneficios se notaron de inmediato, tanto en el rendimiento escolar como en la sonrisa cotidiana, y la mejor socialización de los participantes, en convivencia armónica mientras adquieren un saber individual y colectivo. En los últimos dos años, las autoridades nacionales articularon este caso pionero con otros en las provincias de Neuquén, Jujuy, Buenos Aires y La Pampa) y dieron forma a un plan nacional. Horacio Cuello, coordinador del programa en la Secretaría de Cultura y director de la flamante orquesta del barrio Carlos Gardel dijo que se comenzó con siete orquestas, en 2004 se crearon seis, y para este año se gestan otras siete.
«Pero además se trabaja en formar educadores, porque ya se tropieza con la escasez de profesores. Porque no es que a los pobres se les deba dar pobre formación», definió, «sino todo lo contrario». Cuello dijo que el objetivo es «reproducir a nivel nacional experiencias valiosas en poblaciones desprotegidas, donde se ven los estragos de las políticas neoliberales de los años 90 implementadas por Carlos Menem y donde los destinos parecen marcados por la marginación, aun de los bienes culturales». *
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