Tiene la palabra
¡Ni el cielo tiene seguro!
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* El artículo 1º de la Ley 16.074, del 10 de octubre de 1989, es terminante: «Declárase obligatorio el seguro sobre accidentes del trabajo y enfermedades profesionales previsto en la presente ley».
El artículo 2 también dice: «Todo patrono es responsable civilmente de los accidentes o enfermedades profesionales que ocurren a sus obreros y empleados a causa del trabajo… etc.» La ley es para todos. pero no muchos la cumplen. Y como carecen de bienes para responder, en la mayoría de los casos, cuando muere un obrero o queda incapacitado de por vida, los familiares que dependen de su actividad pagan las consecuencias.
Hace pocos días, otro obrero de la construcción cayó de un andamio y sufrió gravísimas lesiones. Ayer falleció. Su nombre, Luis Etchechury. Su edad, apenas 34 años, la flor de la vida, que le dicen.
El obrero trabajaba en la iglesia de Nuestro Señor de la Penitencia de la Ciudad Vieja. ¡Vaya paradoja! ¡A pesar de trabajar para el cielo, como quien dice, Dios (o mejor dicho el cura que lo contrató) no tenía seguro!
Esperamos que el Sunca, el Banco de Seguros y el Ministerio de Trabajo, se ocupen de la viuda y sus hijos. Y que la iglesia, no destine sólo una oración a sus causahabientes.
IRMY
Carta abierta al Presidente de la República Oriental del Uruguay
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* A usted compañero Presidente. A usted que es médico oncólogo. Que se ha propuesto hacer algo o mucho por cambiar este Uruguay… Voy a darle una tarea más: terminar con los médicos hipócritas, no con los hipocráticos; terminar con la burocracia médica que los transforma en algo frío, imposible de describir. He pasado por una terrible experiencia que fundamenta lo expresado anteriormente.
El día 8 de marzo, del año en curso, falleció mi madre, víctima de esa terrible enfermedad de la que usted es especializado en su tratamiento. Ella era oriunda de Paysandú, pero por su tratamiento, se produjo su deceso en la casa de su hija, en la capital del país. El desenlace era algo esperado sabido de antemano, pero no por eso menos doloroso.
El fallecimiento se produjo a la hora 18 del día mencionado, «constata» el hecho un médico del servicio de urgencia de Salud Pública, pero ese profesional no está facultado (pienso que por la «burocracia») para certificar el deceso, cosa que no entiendo muy bien pues yo creía que los médicos cumplían funciones similares independientes de su especialización.
Por lo tanto hubo que salir, en medio del dolor y la congoja, a buscar al médico tratante, que eran tres los facultativos. Fuimos al hospital Pereira Rossell e intentamos lo que no sabíamos que era imposible: dar con un médico que certificara la muerte.
El primer médico no permitía que se le llamase fuera de horario, el segundo ni siquiera deja su número de teléfono y el tercero estaba en Minas.
Entiendo claramente que todos los trabajadores tenemos derecho al descanso, así que entiendo la actitud del primero, la del segundo no y la del tercero es compresible también. ¿Pero no se necesita vocación para ser médico? ¿No estudian en una Facultad solventada por todos los uruguayos? ¿No queda en su lugar, cuando tiene su merecido descanso, otro médico que se encargue de sus pacientes?.
A todo esto, las 17 horas que pasamos con el cuerpo de nuestra madre muerta en la casa de mi hermana, fueron las más traumáticas y dolorosas de nuestras vidas, sin poder recibir el servicio adecuado de una empresa especializada y muy competente que intentó, por todos los medios, resolver esta situación.
Estuvieron intentando hasta la hora 2.00 (pasadas 8 horas del fallecimiento), lograr que el médico tratante firmara ya que se negaba pues «desconocía» la historia clínica que había ojeado esa mañana, junto a mí, antes de producirse el desenlace, dejándonos una impresión de hipocresía, incomprensión y una tremenda impotencia.
En medio de todo este dolor, quedaba todavía el traslado a Paysandú, donde los familiares y amigos lo único que podían hacer eran continuas llamadas telefónicas y aguantar una larga y dolorosa espera.
A la hora 11.00, del día 9 de marzo (pasadas 17 horas del deceso), logramos que un médico (horrorizado por lo sucedido) firmara el certificado de defunción.
Un médico que nunca había atendido a mi madre y que tampoco vio el cuerpo, pero que supo demostrar que es humano y que comprendió la magnitud de nuestro dolor y el peregrinar rogando algo que no obteníamos.
No sé si los que están mal son los médicos (tres facultativos de los cuales no doy nombres pero los conozco) pero creo que también hay que destacar que, por suerte, hay muchos médicos, con mayúscula, que anteponen su vocación ante todo y fundamentalmente su humanidad, su respeto por la dignidad de una persona, viva o muerta.
A los primeros les pediría que recordaran y asimilaran las palabras de la Madre Teresa de Calcuta, que hizo tanto en su vida para mitigar el dolor de sus semejantes: ¿Cuál es? La raíz de todos los males: el egoísmo.
Lo que hace más feliz: ser útil a los demás. El misterio más grande: la muerte. La ruta más rápida: el camino correcto. La sensación más grata: la paz interior.
La mayor satisfacción: el deber cumplido. ¿A qué apunto con todo esto? A que ningún uruguayo, ningún ser humano pase por todo este calvario. Mi madre fue sepultada el día jueves 10 a las 9.45 horas ¿Entiende usted todo nuestro dolor? Se que usted tiene la potestad de cambiar y de revertir todo esto, y al igual que el presidente Chávez, abra un canal rápido y fácil, para que el pueblo, los que trabajamos sin ser «profesionales» tratando de hacer cada día un poco mejor a nuestro país, podamos llegar a usted con más facilidad y pueda conocer los «horrores» por los cuales, a causa de la falta de ética, del egoísmo, del creer que por tener un título son «intocables», tuvimos que pasar en estos días y le aseguro, que jamás se borrarán de nuestra mente y de nuestro corazón. A usted señor Presidente: muchas gracias por escucharme y le deseo mucha suerte en su gestión.
WALTER DANIEL AYRES AYRES – C.I. 1.711.142-4
Llamado a la solidaridad
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* El 25 de febrero de 2005 perdí a mi hijo de 47 años en un accidente de tránsito. Su prestigioso diario cubrió la información de este trágico hecho ocurrido en el kilómetro 23 de la Ruta 101.
Mi hijo, Julio Pirez Alves, iba en bicicleta a su trabajo, cuando fue atropellado por un auto blanco, cuyo conductor no le prestó asistencia a su debido tiempo y falleció.
Ruego a la persona responsable de este atropello aclare su situación ante la autoridad correspondiente. También solicito por su intermedio, que si hay testigos del caso me ayuden con su información para cerrar con justicia esta muerte impune, que deja a su familia sin el ingreso, el sostén, de un obrero pobre, como tantos que diariamente salen en bicicleta a su trabajo.
Sin otro motivo, agradezco a usted su ayuda.
Atentamente
IRMA ALVES – C.I: 1.843.053-6
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