Dios y el diablo en el primer mundo
En este sentido, la versión cinematográfica de Constantine no escapa al esquema.
Claro, hay adaptaciones y adaptaciones. Una cosa puede ser la imaginería de Burtons para recrear al hombre murciélago (o Guillermo del Toro en Hellboy) y otro tema es el opaco ejercicio promovido en El golpeador, por ejemplo. En este caso, la apuesta del director Francis Lawrence se aproxima más al chisporroteo grandilocuente (una superproducción, que le dicen) de los Hombres X aunque en forma de ensalada místico-esotérica absolutamente delirante (que, si se quiere, hasta podría considerarse tan blasfema como La última tentación de Cristo desde una óptica clerical ortodoxa). Estos ejercicios esotéricos, en definitiva, no se alejan demasiado del aparente gusto colectivo por la iconografía religiosa (los ángeles ya aparecían como imágenes espiritualizadas incluso cuatro mil años antes de Cristo y se han llegado a publicar hasta tratados sobre las jerarquías celestes en un riguroso orden escalafonario).
En resumen, la historia entraría en el formato de una leyenda urbana y encaja perfectamente en la fábula del comic: John Constantine (un demacrado Keanu Reeves) ha nacido con un sexto sentido y puede ver a los ángeles y demonios que circulan por el planeta tierra disputando sus presas espirituales. Angustiado por ese don maldito, ha intentado suicidarse, pero la muerte lo devolvió al mundo de los vivos (en carácter de maldito según la religión católica), para que siga desterrando los seres de las tienieblas y los envíe de vuelta al infierno. Con poco tiempo de vida (un cáncer pulmonar lo tiene entre la espada y la pared), esta especie de exorcista antihéroe intenta una segunda oportunidad para redimirse frente al padre Dios y alcanzar así la salvación eterna, a pesar de su pecado mortal.
El argumento, después de todo, es más o menos disparatado como el de la tira Hellboy (un diablo arrancado del mundo de las sombras que se hace agente del gobierno), pero Del Toro, en su monento, logró insertar un clima inquietante y tenebroso sin alejarse del espíritu trasgresor de la historieta. Aquí, en cambio, esa esencia dark pasa por la digitalización computarizada hasta extremos que terminan por atomizar a la platea, mientras las vueltas de tuerca del relato promueven virajes tan insólitos como descabellados. En este sentido, el guión de la dupla Kevin Brodbin / Frank Cappello «legitima» a un arcángel Gabriel saboteador del paraíso, mientras Lucifer de punta en blanco (quizás lo mejor del filme por la breve actuación de Peter Stormare), prefiere jugar limpio desechando la oportunidad de que el anticristo llegue al mundo de una vez por todas, a la vez que Reeves cruza al otro mundo poniendo los pies en una palangana con agua. Pero estos vaivenes argumentales pueden considerarse menores frente al desperdicio de producción tecnológica, que Constantine acusa en sus largas dos horas quince minutos de proyección. No alcanza con lograr algunos puntos en la recreación de un averno pesadillesco (que impresiona como un espacio al rojo vivo víctima del holocausto nuclear), o la puesta en escena de algunos ambientes sobrenaturales limítrofes. Se requería también algo de «aquello», que puede llegar a convertir cualquier libreto en un producto audiovisual potencialmente interesante. Aparentemente el director Francis Lawrence (sin ese plus de talento) se agotó en la pirotecnia y no pudo elevar la propuesta ni disimular sus carencias.
Qué película mala, Dios mío. Vade retro.
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