Un sensible retrato del amor maternal
Se trata del título ganador del Gran Premio de la Semana de la Crítica en el Festival de Cannes Cartas de París (Depuis qu’ Otar est parti) de la cineasta Julie Bertuccelli, un filme francés ambientado en Tbilissi, la capital de la República de Georgia. Esta información preliminar – geográficamente ambigua – puede provocar cierta extrañeza en el lector, por lo que no estaría de más poner en antecedentes a los potenciales espectadores sobre el lugar en cuestión. No se trata del estado norteamericano cuya capital es Atlanta sino del país ubicado al sur del Cáucaso, entre Rusia, Turquía y Armenia. Proclamada independiente de la ex Unión Soviética desde 1990, Georgia siempre mantuvo fuertes lazos culturales con Francia, país «modelo» que ejerció una notoria influencia sobre su gente y supuso, incluso, un referente laboral para muchos inmigrantes. Es hacia ahí precisamente que, en la historia narrada, ha ido a trabajar Otar, el hijo de la abuela Eka, una tierna anciana que vive junto a su otra hija y la nieta.
Estas tres generaciones de mujeres conviven en un viejo departamento llevando una necesaria austeridad, iluminada fugazmente por el dinero que envía el hijo dentro de las cartas que dan título al largometraje. Pero la cámara no sólo delata ese clima de supervivencia (que también se proyecta en el contexto de un país que no ha logrado superar los duros años de transición), sino que además toma nota de las emociones contenidas de sus personajes a través de un cuadro de extrema sensibilidad.
Dentro de la historia , un golpe inesperado de la vida (un accidente, una muerte lejana) hace que todo se desmorone en medio de un silencio cómplice de madre y nieta que ocultan la dolorosa verdad a la abuela a la vez que deciden seguir escribiendo una correspondencia apócrifa.
Por cierto que el tema es delicado y espinoso pero la calidad directriz de la cineasta y documentalista Julie Bertuccelli (que, en esta ópera prima, parece haber aprendido muy bien la lección de sus maestros Bertrand Tavernier, Krzysztof Kieslowski y Otar Iosseliani) resuelve el desafío con gran economía de recursos, diálogos continentados y una enorme estatura artística, sin caer en sensiblerías facilistas.
En realidad, Cartas de París muestra la obra de un cineasta que, desde un primer momento, ha alcanzado picos de madurez narrativa y puede abordar, en forma sugerente, un tema esencialmente lacrimógeno y durísimo en su contenido. Este dominio de la caligrafía cinematográfica hace que dicha temática triste y dolorosa alcance en el relato una sublimación estética de jerarquía y un profundo humanismo. (Podría decirse que Cartas de París encierra, en sí misma, toda una lección de humanidad; un canto a la fortaleza y a la vida que, en definitiva, se levanta y sigue). Su puesta en escena – exacta, rigurosa – funciona prodigiosamente al evitar golpes bajos mientras captura vivencias que fascinan por el atento registro de gestos, conductas y actitudes. En medio de un abrazo prolongado, una mirada desconfiada o una lágrima contenida, Bertuccelli atrapa la auténtica magia del cine; esa radiografía del alma humana que, de vez en cuando, el fotograma logra plasmar para conmovernos hasta la raíz.
Es, verdaderamente, una pequeña obra de arte; una joyita de esas que aparecen muy de vez en cuando (en esto mucho tiene que ver, sin dudas, la inmensidad de este matriarcado actoral, sobre todo Esther Gorintin y Dinara Drukarova) y una opción imperdible para los amantes del buen cine. *
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