Perciavalle solar

Este es el Carlitos que recordamos mejor y el que siempre queremos ver. Luminoso, solar, aéreo, un duedecillo travieso, apenas corpóreo en una vestimenta blanca y vaporosa, con una hebra celeste. El pelo blanco cortado al rape, los ojos con vitalidad, sana picardía, devoción por el milagro de vivir, con ángel. Si Carlitos está en su onda, en su estado de gracia, todo fluye, se renueva y sale bien. Los chistes brillan; las bromas ya conocidas parecen renacer de un agua lustral. Entre el espectáculo de la laguna y este «Yo Carlos» media un abismo, como si Carlitos hubiera desaparecido, con el sol de aquel crepúsculo, para resurgir luego de haberse lavado en el fondo de un profundo mar, en un abismo donde no llegan nuestras sondas, pero primaveral, transparente y cristalino, puro como sin esfuerzo. Nunca había disminuido su increíble don de comunicación, pero en la noche de la sala Antonio Larreta, con un público que desbordaba la sala y cuchicheaba desde mucho antes que Carlitos apareciera, parecía haber borrado las diferencias personales y tener un diálogo íntimo con cada uno de los espectadores. Se rió de sí mismo, pero no trató de flagelarse; es posible que él mismo se encontrara cómico, pero nunca ridículo; había un respeto por sí mismo, por su vida de artista, por su dones y sus logros que reconfortaba a la platea mostrándose como uno más, un rey popular, sin protocolos, con contagioso buen humor. Fue imposible no salir del teatro un poco mejor que al entrar; un poco más distendidos, un poco más sanos, hasta, quizás, un poco más buenos. *

YO CARLOS, por Carlos Perciavalle con textos del autor y colaboración de Gerardo Tulipano. Canciones de María Elena Walsh, vestuario de Carlos Perciavalle, en la sala Antonio Larreta del Carrasco Lawn Tenis, los días 11 y 12 a las 21.30 horas y esta noche nuevamente a las 20.30.

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