"Montevideanas": polémica en el living
La suspensión momentánea de la incredulidad es puesta a prueba: los libretistas Botti y González Gil nos presentan un grupo de cinco amigas que parecen elegidas para «El Gran Hermano»; las esposas de un anarquista, de un terrateniente nacionalista, de un general y de un almacenero y una militante del Partido Socialista. En la senda de «Séptimo cielo» de Caryl Churchill, a las protagonistas no les pasan los años; la obra comienza a principios del siglo XX y termina con el plebiscito contra la ley de amnistía para los crímenes de los militares; las mujeres mantienen la misma edad y aspecto físico. Están siempre en un mismo salón: el libreto proyecta contra este equipo, para su discusión o reflejo, diversos episodios de nuestra historia, con lo que de El Gran Hermano pasamos a Polémica en el bar.
Hay algunos errores históricos, que revelan la superficialidad del proyecto. Botti y González Gil suponen que Andrés Martínez Trueba compitió por la Presidencia, entre otros, con Lorenzo Batlle Pacheco, cuando fue con César Mayo Gutiérrez; en 1938, cuando la mujer vota por primera vez, la militante socialista quiere convencer a sus congéneres de que emitan un voto independiente con su resumen de «El segundo sexo», que Simone de Beauvoir comenzaría a publicar en 1949.
Finalmente, si bien las amigas pueden hablar de los regresos de exiliados que quieran, fue muy extraño que la mujer nacionalista no mencionara siquiera al destacable regreso de Wilson Ferreira Aldunate. Pese a todo, estos errores importan menos que la imposibilidad sicológica y social del planteo. No había ni podía haber amistad, ni siquiera un trato más acá de la puerta del fondo, entre la esposa analfabeta de un almacenero (¿eran realmente analfabetas?) y la esposa de un senador y estanciero llamado Juan Andrés; tampoco la había, casi por las mismas razones, con la esposa de un general del ejército; casi que ni la puede haber ahora.
La obra está armada para la polémica, pero la eficacia de este modelo depende de la calidad de los argumentos en pugna; y en este punto Botti y González Gil están muy por debajo de lo que era dable esperar. El anarquismo y el socialismo merecían mejor trato que el ir venir de una cargosa, «El segundo sexo» en mano, reivindicando el voto femenino. ¿Una «socialista» que no estaba enterada de la referencia de Engels a las mujeres como «el proletariado doméstico»? Los golpes militares fueron apoyados, si no propiciados por civiles; es muy conveniente un repaso a las sesiones del Parlamento en 1973, y no olvidar que el plebiscito contra la ley de amnistía fue rechazado por más de la mitad de los votantes. Los argumentos de la derecha merecen crítica y refutación: no es ni ignorándolos ni presentando a la mujer de un militar como una mezcla de la bruja de Blancanieves y Cruella de Vil que se les debe combatir. El peor momento, en que nos sentimos verdaderamente humillados, fue el del vociferado discurso populista de la mujer del almacenero, que justificó toda su existencia cívica por haber festejado multitudinariamente el triunfo de Maracaná.
Al fin sucede un milagro: todas las mujeres se ponen de acuerdo, no sabe por qué proceso de persuasión; casi parece que se han convertido al credo «progresista». Todas sufren por la votación negativa del plebiscito contra la amnistía; todas se van a Buenos Aires, prontos los pañuelos blancos, para circular por la Plaza de Mayo con las Madres.
El director González Gil pone en práctica las convenciones más insensatas del teleteatro argentino: alzar la voz es drama; gritar es llegar al clímax. El estilo general de los diálogos es también de teleteatro, y es de antología el episodio de la novia que cuenta, con el velo ya puesto, las infidelidades de su compañero y futuro marido, un tupamaro que está participando del copamiento por los tupamaros (no por los socialistas), de la ciudad de Pando.
En la interpretación, no entendemos por qué Myriam Gleijer, para componer a la esposa de un terrateniente, tiene que hablar como China Zorrilla en «Fin de semana». Las mujeres de «sociedad», ¿hablaron alguna vez como China habló en esa pieza? *
MONTEVIDEANAS, de Daniel Botti y Manuel González Gil, con asesoramiento histórico de Yvette Trochón, por El Galpón. Con María Azambuya, Myriam Gleijer, Alicia Alonso, Silvia García, Carolina Pereira, Gisella Marsiglia y Pablo Dive. Escenografía de Carlos Di Pasquo, vestuario de Nelson Mancebo, música de Martín Bianchedi con arreglos de Gerardo Gardelín, iluminación de Manuel González Gil y Leonardo Hualde, dirección general de Manuel González Gil. En teatro El Galpón, sala 1.
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