LOS ENCUENTROS DE JULIO CORTAZAR CON PARIS, LA CIUDAD METAFORA

Tras los pasos de un narrador inmortal

* De todos los puentes sobre el Sena sólo "le Pont des Arts" comunica la realidad con la ficción, porque allí suelen encontrarse Oliveira y la Maga, los amantes de "Rayuela", la novela del argentino Julio Cortázar, de cuyo deceso se cumplen hoy 21 años.

Sábado 12 de febrero de 2005 | 4:02
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 Julio
Cort

Las primeras frases de esta obra que lo hizo inmortal inauguran un recorrido vertiginoso por París, la ciudad que él definió como “una metáfora”. Atravesando ese puente nos encontraremos luego en la rue de La Huchette, tratando de adivinar cuál era el hotel donde se amaban Oliveira y la Maga, tal vez ése que está cerca del teatro que representa La cantante calva de Ionesco desde hace más de 45 años.

Al leer los cuentos y novelas de Cortázar se podría elaborar una “guía de París” para enamorados de la literatura, y no sólo de sus calles, sino del dédalo subterráneo del metro. Se podría visitar también, por ejemplo, el Jardín de las Plantas (clasificadas), situado entre las estaciones del metro Jussieu y Censier, donde hay un zoológico y un museo de historia natural. Allí, el narrador se convierte en un pez axolotl. “El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé Saint Marcel y LHôpital, vi los verdes entre tanto gris”, dice el narrador en ese cuento.

A Cortázar solía vérsele vagabundear por el Barrio Latino, cerca del Jardín de Luxemburgo caminando con su bamboleo de camello, las manos metidas en los amplios bolsillos de su campera de cuero. “Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vi una flor, fue un poco como si también la flor me mirara”, dice en “La flor amarilla”, un cuento sobre la sensación de inmortalidad.

Un día podía aparecerse en un mitin de solidaridad con los sandinistas de Nicaragua, en el palacio de la Mutualité, o en un acto en solidaridad con los presos políticos de las dictaduras latinoamericanas. Otro, en un concierto de piano por Odeón. Sus ojos brillaban con alegría juvenil pese a su barba canosa.

La manía surrealista de descubrir algo insólito en la vida cotidiana _”un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo”_ jamás lo abandonaría. Antes de él hubo por las calles de París transeúntes gloriosos como Baudelaire, Lautreamont y André Breton.

Cortázar llegó a la capital francesa en 1951, cuando aún quedaban huellas de la ocupación alemana. “En París somos sucios y bellos”, diría.

Había un ambiente de pobreza y las fachadas de los edificios estaban cubiertas de hollín. En las escaleras de madera de los edificios olía “a coliflor hervida”, pero también se podía hacer el amor. “Echarse a caminar una y otra vez por la ciudad parece un escándalo cuando se tiene una familia y un trabajo”, dice uno de sus personajes en el cuento “El otro cielo”, ejemplo de su técnica narrativa, con tiempos condensados y sutiles travesías, desde el lado de allá (el pasaje Güemes de Buenos Aires) hasta el lado de acá (la galerie Vivienne de París). En este cuento los personajes asisten una madrugada a una decapitación en la rue de la Roquette, cerca de La Bastille. Durante el siglo XIX en esa calle, efectivamente, se instalaba la guillotina para decapitar a los delincuentes comunes, mientras que la máquina de la Place de la Concorde era reservada para ejecutar a los nobles y a las personalidades.

Otra de las novelas de Cortázar, 62 Modelo para armar, comienza en la rue Monsieur-le-Prince, en un restaurante, Le Polidor, que aún existe. Allí se puede pedir “un castillo sangriento”, es decir, un pedazo de bife llamado Chateaubriand, no muy cocido, con mostaza de Dijon y el buen vino barato de Francia.

Seguro, a Cortázar le habría gustado ver que parisienses y forasteros -”alguien que anda por ahí”- hacen fila para refugiarse a leer en las bibliotecas públicas de París. Allí se consiguen todos sus libros. *

 

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