"Caudillo de valor ardiente y contagioso"
I
«Aprendió de los vientos del campo, de la enseñanza de la Naturaleza, la justa libertad. Su alma se nutrió de luz libre: su corazón de nobleza, su brazo de fuerza. Supo lo que es el triunfo del esfuerzo propio, en su juventud, y el trabajo, bienhechor martillo de la vida, le forjó una coraza para las luchas y empresas que habían de venir.
Vieron, en sus primeros ensueños de gloria, sus ojos celestes, la visión de una Patria grande y bella, coronada de laureles. Tenía la cabellera luenga y heroica, fuerte barba decorativa, alta talla de guerrero. Era más bien melancólico que risueño; el cristal no humillaba a su conciencia en limpidez, y si el acero es maleable, aquel carácter no lo era.
Amábale el pueblo campesino, el gaucho. Marcial, era galante, y no pudo quejarse del amor. La mujer que le adora, se vuelve loca de celos, loca de amor por él.
En los campos, combatió a los bandoleros que eran terror de las «estancias»; supo el inglés lo que podía su brazo; era el predestinado para las más hermosas victorias; cuando llegó el momento señalado por Dios para la salvación del hogar oriental, él estuvo listo para la campaña. Sus hermanos de América son Bolívar, San Martín, Sucre; y allá, muy lejos, le saludan Hidalgo y Morozán.
II
Los hombres del pueblo, de los hierros de la labor hicieron lanzas y picas. Prestos estuvieron, para la hora del primer grito, puñales y facones. Habitantes de la selva, gente de la pampa, rudos patriotas, bravos de a caballo, todos están con él. Es cabeza; tiene voz de jefe; su palabra es un son de clarín, su nombre, una bandera. ¡Allá van a Mercedes el cabo Viera y Perico el danzarín del Brasil: no saben lo que llevan! Llevan una antorcha que ha de encender la santa hoguera, a cuyo fulgor los hijos de la patria vuelan a ofrecer por ella el alma y la sangre. Las haciendas vacían sus mozos; de todas partes llegan los soldados de la buena causa; todos quieren ir a la pelea por la Independencia. ¡Ya la primer victoria está lograda! No hay lugar oriental en donde no se oiga la voz de la revolución. ¿Y él? De Buenos Aires va a su tierra, a ponerse al frente de los suyos.
III
En un día de sol y azul, «el 18 de Mayo de 1811 apareció en el Uruguay despejado y hermoso» –dice un historiador–, Valdenegro se siente más poeta que nunca. Siente, el bizarro cancionero de la guerra, como que su pecho se hinche de rimas; su pegaso, como el caballo del libro de Job, relincha con ansias de combate. Es el día de Piedras. Los jefes todos, como el poeta militar, se sienten impulsados a la brega.
Es que él ha hablado, con la voz de su valor ardiente y contagioso, de su amor al país uruguayo, con la lengua arrebatadora que impone el Señor de los Ejércitos en aquellos que destina para conducir y salvar a los pueblos, en los éxodos memorables y en las terribles luchas decisivas.
Tembló el suelo al galope de las caballerías. ¡Adelante! ¡Tus tres pobres cañones tienen ya compañeros, lírico y fogoso Valdenegro! Es el día de Piedras. Se escucha en las filas combatientes el clamor de la furia y de la muerte. Combate con el ímpetu de su raza y con su bravura legendaria, la gente española. Los Uruguayos que proclaman la libertad y se desangran por la Patria van con tanto ímpetu, fe y vida, que ya Posadas se muerde los puños, abatido; ya los jinetes orientales detienen el paso porque él lo ordena. Valdenegro siente unas alas que al pasar rozan su frente; cree que son de una musa que pasa: es la Victoria.
IV
Después de que bufó el virrey acorralado: después de la hazaña de Zufriateguy en la Isla de Ratas; después del armisticio que hiere al héroe; después de que el pueblo que en verdad había visto el día vuelve a la oscuridad de una opresión extraña; él quita de sus hombros las charreteras que recordaran los triunfos recientes; al Norte va, y otra vez se despoblarán los campos por El, y guiará de nuevo [a] su pueblo que le aclama; se vendrán a su encuentro las lanzas indígenas, a ofrecérsele; y comenzará la lucha por la Libertad.
V
Muchas fueron sus hazañas, propias para ser celebradas en los versos de los poetas. Tuvo que enfrentarse con las ambiciones y que defenderse de las intrigas; llevó siempre en alto su insignia, y por ser caudillo potente y temible, fue temido y envidiado. Si inició luchas fraternales, fue por la consecución de su ideal. ¡A precio estuvo su cabeza, que había sido ceñida por los primeros laureles! Era de aquellos que por llegar a la cumbre deseada, desdeñan los peligros de la montaña; y ascienden, teniendo por única mira la altura. Viene un tiempo en que pasa por un camino de palmas y de lauros. Sus ejércitos triunfantes miran en El la encarnación de la Patria. Su brazo derecho se llamaba Berdum; su brazo izquierdo, Vera. Su pueblo tiene para él la palabra con que en otras regiones de América se glorifica a Bolívar: Libertador.
IV
Campaña tras campaña, el afortunado héroe padece derrotas: su estrella, tan brillante siempre, palidece. ¡No quería el dominio de ningún rey –ni siendo rey él mismo–, por eso peleó siempre, por la vida de la República!
Escuchemos palabras suyas, a Ramírez: «Yo respetaré a Rondeau o a un negro que esté a la cabeza del Gobierno, cuando sus providencias inspiren confianza y abran campo a la salvación de la Patria. Hoy por hoy no advierto sino misterios impenetrabales. Casa paso, el más sencillo, presenta mil dificultades; todo es originado del poco deseo que anima a aquel Gobierno por la causa pública. Así es que todos sus enviados no hacen más que eludir mis justas reconvenciones con enigmas vergonzosos. Ellos al fin tienen que ceder a la fuerza de su convencimiento y confesar que es imposible que se declare la guerra a los portugueses. En vista de esta resistencia debemos entrar en cálculos de lo porvenir. Veremos nuestros países haciendo la ambición de los extranjeros, si no obstruimos los pasos que se les franquean. La salud de la Patria está fiada a nuestros conciudadanos, y depende de nuestros esfuerzos. Continuarlos hará la gloria de nuestros votos y la posteridad, agradecida admirará la constante decisión de sus acérrimos defensores». Y tras escribir esas frases, vuelve a combatir, y vence. Después!…
VII
Un anciano, cabellera y barba blanca, sobre un pobre sillón está sentado, una tarde del año de 1850, en una chacra paraguaya, en los alrededores de la Asunción. Sus ojos, tristes y celestes, fijos en el hondo azul del cielo, entrecerrados y soñadores ven muchas cosas.
Ven un bello país amado, palpitante de vida, dueño de sí, en la frente hacia el porvenir. Ven luego, esfumados en la lejanía del recuerdo, los cuadros de las antiguas campañas, los pabellones, los rápidos y fogosos jinetes; los enemigos invasores, las jornadas sangrientas y las auroras de los triunfos. Ven la obra antes soñada, conseguida por fin definitivamente. Ven el sol de Mayo, que tiende, como un puente simbólico, sobre el Río de la Plata, un arco iris indescriptible. Ven el creciente influjo de la armonía fraternal, entre orientales y argentinos. Y entonces, el anciano, tranquilo, satisfecho, patriarcal, se duerme en la muerte.
VIII
Padeció destierro, como Bolívar; murió lejos de la Patria adorada, como San Martín. Soportó con vigor la caída de su grandeza. Su nombre en el Uruguay es luminoso y astral. Sus manchas pueden verse con telescopio. ¿Quién no se descubre ante El? «. *
[RUBEN] DARIO
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