Trazos rojos
En el cuarto centenario del nacimiento de «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha» la obra cumbre de la literatura castellana nacida de la genial inspiración cervantina parece oportuno reflexionar en torno al rol del libro, más allá de lo meramente recreativo.
Desde la invención de la imprenta, el libro se ha transformado sin dudas en un poderoso vehículo de democratización de la información y la cultura, que ha transformando a la humanidad.
El hábito de leer otrora tan difundido y hoy lamentablemente en crisis comporta una suerte de fenómeno íntimo y mágico de comunicación, con otros personajes y otros tiempos históricos.
Desde su nacimiento, la literatura es un vehículo que nos permite viajar por los territorios de la realidad la historia y en género testimonial son elocuentes ejemplos pero también por los ámbitos de la ficción y la imaginación.
En todo caso y en cualquier circunstancia, más allá de eventuales disquisiciones, el libro casi siempre retrata a una época, pasada o presente o bien especula con el futuro, como sucede habitualmente en el denominado género de anticipación.
Como lectores, siempre nos transformamos en protagonistas de una realidad tangible o intangible, que nos nutre, nos enriquece y nos madura intelectualmente.
Esta reflexión es un mero pretexto para introducirnos en el análisis de «Trazos rojos», la novela del célebre escritor galés Iain Sinclair, de cuya obra hasta el momento no existían traducciones.
Novelista, ensayista, poeta y cineasta, Sinclair nació en 1943, en Maesteg, Gales, educándose en Dublín y Londres, donde reside hace ya más de tres décadas.
El aclamado inició su carrera literaria en 1971, publicando varios libros de poesía. Sin embargo, demostró igual talento para la narrativa, que corroboró con la edición de cuentos y comics.
Iain Sinclair pertenece a una tradición de novelistas londinenses, que incluye a Alexander Baron, Gerard Kersh y Patrick Hamilton, entre otros.
A través de los últimos treinta años, Sinclar se ha transformado en una de las plumas referentes de la literatura británica, merced a una profusa producción literaria.
«Trazos rojos», la novela que nos ocupa, que fue recientemente lanzada al mercado local, se desarrolla en el Londres contemporáneo, una de las ciudades más atractivas y cosmopolitas de Europa.
Aunque la historia que relata Sinclair se desarrolle en nuestro tiempo, ese Londres casi siempre brumoso y con una aureola de misterioso, está siempre acechado por la capital imperial tenebrosa y enigmática de los tiempos del tristemente célebres Jack el Destripador.
«El pasado es una ficción que nos absorbe», afirma el propio novelista, en tránsito hacia zonas pródigas en imaginación, mientras teje y desteje una ficción completa, intricada y apasionante.
Los territorios literarios de Sinclair están poblados de mitos y leyendas, tan tenebrosas como sus personajes reales, cuya historia se ha nutrido de la tradición oral y la literatura.
La novela desborda de personajes irónicamente diseccionados, descendientes bastardos de Stevenson y Conan Doyle. Todos ellos son realmente moradores del Londres más cautivante, el que guarda secretos de la era victoriana, «un lugar con tanta resonancia que cualquiera ha estado allí sin saberlo».
En este atrapante relato, lunáticos corredores de libros salen en busca de ejemplares perdidos. En ese contexto, Sinclair avanza «plagiando» lo no escrito y auscultando a una ciudad que ha resuelto dictarle sus confesiones.
Con un estilo fino y una prosa casi adivinatoria, el escritor siembra el relato de pasajes, conjeturas, excursiones y fugas hacia atrás y hacia delante, sugiriendo que «los únicos crímenes que vale la pesa resolver son los que aún no se han cometido».
En «Trazos rojos», Sinclair explora las teorías y las traiciones en torno a Jack El Destripador, transitando alternadamente de una época a otra, en un ejercicio literario que trabaja con los tiempos, las emociones de sus personajes y la siempre indispensable materia prima literaria del mito, más allá de la mera realidad. *
(Editorial Sudamericana)
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