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El exilio según Nicolás

En «El exilio según Nicolás», el escritor uruguayo Gabriel Peveroni construye una visión agudamente desencantada acerca de las angustias y las incertidumbres que afronta la humanidad del siglo XXI.

La novela narra la historia de un joven uruguayo de poco más de treinta años de edad, sumido en una Montevideo chata y achatante, gris, fea y rutinaria y deprimida. Su peripecia existencial transcurre pautada por la desidia, entre un trabajo que le genera más pérdidas que ganancias, y una vida privada no menos oscura, con fugaces contactos con algunas amistades y familiares distantes radicados en el exterior.

Hay una sensación de desintegración que discurre entre el acá (comarca local) y el allá (aldea global), marcando distancias siderales no sólo geográficas sino también afectivas, sociales y culturales.

Mientras elucubra en torno al personaje central del relato  que es naturalmente el Nicolás del título  el autor construye gráficamente un entorno ambiental igualmente deprimido, con una sensación de soledad multitudinaria.

Peveroni captura bajo su pluma un paisaje ciudadano contradictorio, entre los supuestos «beneficios» de la posmodernidad y los estragos provocados por terribles flagelos sociales, como la pobreza.

En ese contexto, la escena literaria es gobernada por los alaridos de los celulares y las alarmas, la frialdad ceremoniosa de los contestadores telefónicos y la anestesiante parafernalia mediática.

En ese escenario tan particular, un joven «viejo» gastado y hastiado hasta de sí mismo de la frivolidad, de un mundo sin valores y afectos frágiles como un cristal, decide emprender una aventura cuasi surrealista.

Nicolás es fiel representante de una generación de transición en situación crítica, que busca obsesivamente una identidad propia y un motivo para vivir.

Como otros jóvenes que marchan raudamente rumbo a la edad madura, el protagonista vislumbra un horizonte de perfiles difusos e inciertos y de aguda incomunicación en la era de las comunicaciones.

Sin abandonar la minuciosa descripción de ambientes, el novelista trabaja con la materia prima de la emoción del personaje de la historia, quien  de algún modo  se rebela contra la realidad.

Tras renunciar abruptamente a un trabajo que jamás le ha deparado dividendos ni económicos ni profesionales, a sus amigos y a sus afectos, el joven inicia una suerte de autoexilio, pero sin abandonar las fronteras de su país.

El novelista marca claramente las contradicciones y el caos interior que abruma a su personaje, que aunque se declara hastiado de todo, no asume realmente el cambio cualitativo que le permitiría emanciparse.

Su «exilio»  que él disfraza de emigración a Miami  se limita apenas a una suerte de autoconfinamiento, un «retiro espiritual» entre las cuatros paredes de su departamento, donde iniciará una aventura desde el monitor de su computadora. De ahora en más, su mundo será el ciberespacio.

Obviamente, abandona el territorio de la realidad, para sumergirse sin salvavidas en una insólita aventura de navegación e Internet, un juego que convoca a solitarios on line.

Gabriel Peveroni describe el proceso de paulatino desmoronamiento emocional de Nicolás, muy similar al de miles de jóvenes uruguayos desesperanzados, que han perdido todo motivo para seguir existiendo.

Si bien la imagen del celular en el refrigerador puede tomarse como una actitud de ruptura con un modelo de sociedad, la adicción a la cibernética simboliza claramente que el protagonista mantiene fuertes afinidades culturales con el sistema.

El relato se desarrolla por lo menos en dos escenarios simultáneos: el encierro de Nicolás con su soledad y su paranoica informática a cuestas y el desastre que transcurre en el exterior, fuera de su «mundo» íntimo.

La mención a una terrible enfermedad de procedencia desconocida que se inició en el norte del país y se acerca a Montevideo, es obviamente fruto de la ficción literaria. Sin embargo, parecen claras las alusiones tangenciales a muchas de las calamidades que ha afrontado nuestro Uruguay durante los últimos años.

Inmediatamente, acude a nuestra memoria la epidemia de aftosa que  si bien afectó al ganado  fue quizás la primera señal del cataclismo económico que se avecinaba, sin soslayar  naturalmente  la bacteria resistencia, la desocupación, la crisis financiera, la pobreza y otras plagas sociales que aún nos azotan con rigor.

El autor describe minuciosamente el catálogo de obsesiones que experimenta el protagonista, abrumado por la soledad, el insomnio con microsueños o pesadillas y los miedos irracionales.

En ese escenario de devastación emocional, el juego virtual es un delgado vínculo con la realidad, con desconocidos que comparten sus angustias y ensayan una suerte de catarsis individual y colectiva.

En perpetua vigilia, todos emprenden una suerte de terapia grupal, que transita a través de la vasta e inespacial carretera de Internet, permite viajar artificialmente a miles de kilómetros de distancias y huir a la realidad.

Mientras construye elocuentemente una batalla virtual que enfrenta al protagonista a sus propias obsesiones y a un misterioso hacker y sus presuntos instintos homicidas, el narrador describe el estrepitoso derrumbe de un mundo personal.

La caída del revoque de las paredes o la aparición de ratas y cucarachas en el aislado departamento, sugieren metafóricamente el desmoronamiento no sólo de estructuras físicas o el deterioro de condiciones ambientales, sino también un profundo abismo mental lindante en la demencia.

Al transformarse en una suerte de cacería, el propio juego es una competencia de supervivencia y de supremacías, de un grupo de solitarios tan autoexiliados como el protagonista.

El contraste es  naturalmente  el escenario de desastre que se apropia del país (realidad), por el incontenible avance de la devastadora epidemia que origina la declaración de estado emergencia. Fuera del mundo ficticio de los personajes, reina el caos, la muerte, la devastación.

El novelista describe cómo Montevideo se va transformando en un desierto urbano, donde escasean alimentos y suministros y hasta se restringe drásticamente el consumo de agua y luz eléctrica.

En la segunda parte de la novela sugestivamente intitulada «Descomposición», Gabriel Peveroni juega con los tiempos narrativos, para reconstruir el proceso de alienación de un individuo enfrentado a una auténtica encrucijada existencial.

Dentro de su cubículo y agobiado por una despiadada soledad, Nicolás se refugia en un juego absurdo de confesiones, mentiras y verdades a medias, a través de la tecnología que gobierna el sistema.

El protagonista desarrolla una suerte de relación amor-odio por un modelo de convivencia del cual se declara divorciado, pero al que no parece estar dispuesto a renunciar en aras de recuperar el pleno ejercicio de su libertad.

Aunque el joven añora escapar, parece asumir que no hay dónde ir, porque la emigración  aunque pueda deparar soluciones económicas  no parece ser una opción tan atractiva. Es plenamente consciente que no existen los paraísos terrenales ni aquí ni en otros lares más distantes.

En esas circunstancias, sin abandonar el curso de la trama novelesca, el narrador construye una visión desencantada de la diáspora uruguaya y el exilio económico que afecta a miles de compatriotas que se han marchado al exterior en los últimos años.

Las propias sensaciones del protagonista, elocuentemente retratadas en los coloquios informáticos que mantiene con su emigrada madre vía Internet, sugieren un agudo cuadro de ruptura, de afectos que se hacen añicos con la distancia y de famil
ias en estado de desintegración terminal.

Mientras todo se parece esfumar como sucedió con la mítica Suiza de América y la democracia que otrora creíamos invulnerable, Nicolás  al borde del paroxismo  pasa del diálogo virtual al monólogo. Sólo parece haber un habitante en ese ciberespacio sin espacio.

Ese mecanismo de defensa es realmente un mero refugio donde encubrir las fragilidades humanas y disfrazar las apariencias, siempre amparándose en el anonimato y la ausencia de identidades.

Gabriel Peveroni observa siempre la realidad desde la óptica del protagonista, que se transforma  a la sazón  en relator de una historia, que aunque sea fruto de la ficción, no parece ciertamente nada inverosímil.

«El exilio según Nicolás» es un contundente testimonio acerca de un sistema y un modelo de convivencia en proceso de acelerada desintegración, que  si no aflora un indispensable cambio cualitativo  puede transformarse en una auténtica industria de la frustración colectiva. *

(Ediciones de Santillana)

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