Otro salón más
Aunque suele esgrimirse como marca distintiva, el término (y la vocación de) transparencia está ausente en la mayoría de los emprendimientos municipales. Transparencia y claridad de propósitos, firmeza en la conducción y la planificación faltan en el campo cultural, donde el Teatro Solís y la delirante programación diaria constituyen un ejemplo impar de la improvisación que aqueja a las autoridades. Esos mismos vaivenes programáticos recaen en el Anual 2004, inaugurado en el Centro Municipal de Exposiciones de la Plaza Fabini. El prólogo del errático catálogo que lleva la firma de un sólo miembro del jurado (con graves carencias de impresión, de cambiantes, arbitrarios currículos) es suficientemente explícito de los tanteos amagados en diferentes ediciones, maquilladas a último momento en lo accesorio (el nombre) y tozudamente abroqueladas en un reglamento confuso, abusivo en sus consideraciones, poco apto para la idiosincrasia artística nacional y absolutamente inapropiadas a las posibilidades tecnológicas con que cuenta la comuna.
Hay obras que están pero no se ven (Osvaldo Cibils), otras no están pero estuvieron (Juan Burgos) con una pared vacía sin ninguna aclaración sobre la ausencia del cuadro reproducido en el catálogo (constituye una falta de consideración hacia el visitante), obras iguales o muy parecidas a las presentadas en muestras individuales (Lala Severi, Diego Lev), referentes temáticos y formales dependientes de otros autores (Michael Bahr, remite inevitablemente, a Mario D´Angelo), apropiaciones de estéticas muy divulgadas (Logo), benevolencia en las aceptaciones y, por algunos nombres no admitidos, exigencias que no se compadecen con el (pobre) resultado final.
Los trabajos seleccionados están correctamente presentados, aunque los videos todavía piden un espacio digno que los jerarquice. Para no empantanarse, en días de retórica pacifista y de buenos deseos, en el lado oscuro de Anual 2004, hay que señalar entre lo más logrado, en primer lugar, a Alejandra del Castillo, con su poética instalación Mis cuentos de niña, seductoramente desarrollada hace pocos meses en el Cabildo, a Pedro Tyler con sus dos torres gemelas compuestas de 7. 300 monedas de centavo de dólar, Alejandro Alberti con una sensible instalación lineal y auditiva, la calculada aparición y desaparición de imágenes sobrepuestas en el video de Jorge Soto (primer premio), el acierto conceptual de Haroldo González en un libro y el progresivo afinamiento formal de Diego Focaccio. El Gran Premio recayó en Vladimir Muhvich, más complicado que complejo en su red de estructuras comunicantes. Entre los proyectos curatoriales los de Rulfo y Daniel Umpiérrez, dos talentos que se afirman sin prisa y sin pausa, más elaborados (de acuerdo a la transcripción del catálogo, en ausencia de las carpetas que se volatilizaron), tienen un indudable interés. *
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