ARTE

La Temporada que fue

Se mantuvieron, desde luego, los rasgos típicos de las anteriores. Pero más acentuados: predominio de la cantidad sobre la calidad, entendida ésta como una actitud provocativa o reflexiva, indefinición de la orientación oficial, nacional y municipal, siempre errática, con omisiones o resoluciones de una divina improvisación (faltó el Salón Nacional, se precipitó el municipal, incógnita sobre el Premio Figari), una alarmante falta de criterio selectivo para sostener un nivel aceptable, montajes arbitrarios y caprichosos, minúsculas, olvidables muestras en nuevas galerías y nuevos centros culturales (¿?) multiplicados sin criterios o espectaculares exposiciones con enorme repercusión mediática que desaparecieron con pena y ninguna gloria.

La idiosincrasia uruguaya, tal vez. Sobre todo, la mercantilización del fenómeno estético, el uso de aniversarios para pergeñar pobres revisiones (Torres García), la falta de investigación sobre el ayer, lejano y cercano, el quietismo o el silencio culposo ante hechos reñidos con la ética elemental. Los veteranos añorarán la combatividad de UAPC (Unión de Artistas Plásticos Contemporáneos) y la intrepidez de Amalia Polleri en AICA (Asociación Internacional de Críticos de Arte- Sección Uruguaya) de otros tiempos, sensibles a las arbitrariedes o maniobras ocultas de los manipuladores de la cultura.

Más entristecedor aún fue constatar el conservadurismo instalado en la mayoría de las programaciones y la falta de crítica y autocrítica que dominó la reapertura del Teatro Solís luego de siete años de mala suerte, jibarizado el vestíbulo a la manera de un pequeño lobby de hotel siguiendo los diseños estereotipados de centros comerciales, expulsadas sus dos hermosas escaleras hacia afuera para integrarse a un laberinto interior mientras la platea se unificó en un único, incómodo sector y desapareció la acústica, míticamente elogiada por Louis Jouvet. Y la pasarela para discapacitados que ofende la integridad de la fachada principal. Ningún arquitecto opinó, en un impecable comportamiento corporativo.

 

Sin embargo, surge una generación

En momentos aislados, se impuso una generación de características completamente diferente a la anterior. Por un lado, el Centro Cultural Dodecá, casi de ámbito barrial saltó, de repente, al exterior (en el terreno del cine), recibió premios (Grecia, Estados Unidos, Argentina) y también en artes visuales pues la revelación de Mariana Duarte, 25 años de una personalidad sólida e inteligente, se impuso en el Premio Paul Cézanne para conquistar la beca de estudios a Francia. En ese concurso se lució un grupo de artistas veinteañeros (la presentación oficial se hará en 2005) de admirable capacidad imaginativa, fuera de los carriles convencionales en que se deslizan los colegas que los precedieron. A nombres de jóvenes uruguayos ya impuestos internacionalmente (los videastas Juan Pedro Fabra Guemberena, en Venecia, Basilea, Estocolmo y Martín Sastre, en Madrid, Valencia, San Pablo, Buenos Aires) se agregan Alejandro Turell, Guillermo Sierra, Gabriel Lema, Patricia Llobet, Jacqueline Lacasa, Daniel Umpiérrez, Fernando Sicco, Raúl Alvarez, Pedro Tyler, entre otros, que aparecen en colectivas o en primeras unipersonales. Por su energía inventiva, es posible hablar de Generación del Segundo Milenio, con características propias (en formación, proyectos, técnicas, comportamiento social), muy identificables, alejada de la inmediata anterior. Habrá que observarla de cerca y analizar sus peculiaridades.

 

De aquí y de allá

La arquitectura ocupó un lugar privilegiado. Las exposiciones del exterior alcanzaron buen nivel (Arquitectura japonesa de hoy, Arquitectura francesa del siglo XX, Cuatro arquitectos de Austria, Arquitectura española del siglo XX), mientras el arquitecto César Loustau repasó aspectos en el terreno nacional, acompañadas por un ciclo de videos sobre arquitectura del siglo XX durante cuatro meses. Ya es imposible ignorar la presencia, cada vez más dominante y conocida, de las innovaciones arquitectónicas en todo el mundo con personalidades deslumbrantes que los especialistas locales han decidido esquivar.

El video asumió un papel protagónico. Dos muestras procedentes de España (Bad Boys, Love is in the air) y de Perú (más discreta, pero de interés) se aliaron a las excelencias locales de Martín Sastre (presentación en una única sesión), Enrique Aguerre (por partida doble), Fernando Sicco y Fernando Alvarez Cozzi, además de la colectiva Interfaces.

Entre las exposiciones individuales se destacaron el feliz regreso de Sergio Meirana, Alejandra del Castillo, Alejandra Baltar y Serrana García, alejados hace algunos años del circuito de exhibiciones unipersonales, así como la acertada selección de Nora Kimelman, Eva Olivetti, Fermín Hontou, Lala Severi, Marcelo Legrand y Ana Feria. Las colectivas estuvieron centradas entre las bondades de Tics y Marcas oficiales, y el interés de las propuestas, no totalmente logradas, de Banco de niebla, Composición de lugar y Grabados uruguayos.

Desde Italia se destacaron Textiles regionales italianos y Platería italiana (en contraste con la platería peruana popular, un derroche de preciosismo técnico al servicio de un diseño convencional, algo que también sucedió en los tejidos guatemaltecos de feria a pesar de su hermosa artesanía). La pintura tuvo representantes significativos: los españoles Broto y Canogar, la chilena Ximena Mandiola, los italianos Angela Occhipinti y Mimmo Rotella, mientras el dibujo supo encontrar en los colombianos Luis Fernando Roldán y Johanna Calle formas inéditas de expresión. Dos fotógrafos, Flor Garduño y Sean Partridge.

Las revisiones fueron breves y propusieron un rescate del pasado en los franceses Amadeo Gras, Adolphe D´Hastrel y León Pallière, por iniciativa de la Embajada de Francia. Entre los uruguayos, la única fue la fugaz retrospectiva de Mario Lorieto, muy bien seleccionada y presentada.

 

Rasgos curiosos del año

Hubo mucho barullo alrededor de Viene en AFE, pero sólo sobrevivió la excelente propuesta museística del Carnaval, que quedó un poco marginada aunque de superior calidad a la mercadería desparramada por la Estación del Ferrocarril. Los objetos cristianos y judaicos de Pertenencias: formas de creer/crear, un ambicioso proyecto de Alicia Haber, tuvieron desigual fortuna, con aislados hallazgos (Agueda Dicancro, Ricardo Pascale, Nelson Ramos, Ana María Rozada, Nilda Echenique, Mauricio Kolenc, Raquel Bessio, Andrea Filkenstein, Olga Pareja) y el 51º Salón Nacional vino atrasado, sin catálogo, mientras el correspondiente a la actual temporada se evaporó. Las exposiciones inundaron librerías, boliches y restaurantes, centros culturales y galerías, en su mayoría olvidables. No obstante, en La Lupa se distinguieron las mini-instalaciones de Cristina Casabó y Olga Bettas.

Tics demostró la inteligente capacidad curatorial de Daniel Umpiérrez (además se hizo notar en participaciones colectivas), una notable incursión por nuevos conceptos estéticos, mientras Marcas Oficiales, repartida entre ambas orillas (proyecto y curadoría de Santiago Tavella, curadora invitada Graciela Taquini) encaró con seriedad y profesionalismo una bienvenida investigación (muy buen catálogo), aunque sin la rotunda intrepidez desacralizadora, casi en paralelo, de una similar realizada en el Parque Avellaneda de Buenos Aires.

Al Museo de Antropología, esporádicame
nte agitado por una muestra de arte de las comunidades de Amazonia, se agregó el Museo de Arte Precolombino e Indígena, más un proyecto de casa nueva que realidad museal. Mientras, un edificio de Juan C. Gómez, adquirido por el Banco Central, aparece en el horizonte artístico como un espacio expositivo de gran porte que, por ahora, aparece rodeado de misterio en su función y destino.

Los lugares dedicados a la actividad artística (prensa diaria y semanal, alguna revista, tevé y radio) o son nulos o son prescindibles en su alegre irresponsabilidad intelectual. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje