"TUMBAS DE LA GLORIA", POR LA COMPAÑIA LARSEN, EN EL TEATRO VICTORIA

Dios y el sexo en la adolescencia

Con «El hueco» de Gabriel Peveroni y «Mi muñequita – la farsa» de Gabriel Calderón, «Tumbas de la Gloria» comparte una larga gama de defectos: idioma descuidado, verbosidad fuera de control, personajes esquemáticos, sentimientos que parecen encapsulados y sin mejor manifestación que el grito, nulo sentido social o político. Despolitización y mal trato del idioma van de par: si hablamos el lenguaje de los «comunicadores» de la televisión o de los diarios adoptaremos, aunque no nos demos cuenta, la ideología de la clase dominante. Es una letanía que comienza con el Dies irae «yo no entiendo de política» o, lo que es lo mismo, «no creo en la política» o «en los políticos». Equivalencia de abdicar, en favor de los poderosos, la potestad popular de elaborar las normas.

Los jóvenes no son los culpables. En materia de teatro, por lo menos, hemos padecido una arrolladora ofensiva contra el buen decir y escribir. Debimos oír por decenios, repetido como una salmodia: el mismo sonsonete: «…lo que importa no es el texto sino lo que se hace con él», consecuencia de una falsa oposición entre el «texto» y el «espectáculo». En una entrevista, Alvaro Ahunchain expresó con el mayor aplomo que no le interesaba escribir «bellos textos» y Ricardo Prieto declaró, hace muy poco, en un reportaje que le hizo LA REPUBLICA, que pasó «muchos años escribiendo para la oralidad, sin darle demasiada importancia al idioma». Muy notable indiferencia. En artículos periodísticos y en las entrevistas se cree poner una pica en Flandes con un mero acceso de coprolalia: nadie es suficientemente «fuerte» y expresivo si no habla de los excrementos. Con todo esto, ¿cómo podemos pretender que los jóvenes se expresen correctamente?

La obra del «grupo» o «compañía» Larsen, tiene algunas características originales, no menos curiosas. Abusa de efectismos, pero por una vez un conjunto teatral logró ocupar todo el espacio baldío del teatro Victoria; revela con dolor una herida abierta, que parece provenir de una religión castradora, pero muestra también una sana irreverencia. Por momentos «Tumbas de la gloria» parece un manifiesto anticatólico, con sus pullas y preguntas incómodas sobre Dios y el mal en el mundo, por donde recuerda a Schopenhauer, y sobre todo con el sanguíneo episodio de las cruces, al final. En lo que se refiere al sexo, la castración parece haber sido completa: no sólo ninguna unión logra realizarse sino que la protagonista, Alejandra, afirma que no se casará y que si lo hace será un matrimonio blanco, sin consumación, una especie de amistad jurada, que ella considera el ideal de la vida en común. Alejandra llega a exhibirnos sus senos, e insiste ante sus compañeros en que desnudarse es natural, que nada deben temer, ellos no le creen, por más que más tarde, con bastante renuencia, se desnuden también.

Como «El hueco» y como «Mi muñequita», las ideas de «Tumbas de gloria» son asaz confusas. Hay la evocación de una historia familiar de una mujer demente y enclaustrada, historia que se remonta a la época del Restaurador y a la Mazorca; hay una cabeza cortada que cae como un obús en medio de una sala familiar, cabeza diligentemente conservada, sin parar mientes en su descomposición, como en el filme «Tráiganme la cabeza de Alfredo García», de Sam Peckinpah (Warren Oates – Kris Kristofferson); pero la historia es difícil, o imposible, de seguir. Para peor, las referencias a la historia no muestran articulación visible con los episodios que rodean a Alejandra y que corren por cuerda separada, en parte a cargo de un narrador.

La compañía Larsen tiene otros méritos. Integrada por uruguayos y franceses, que suelen hablar su idioma como si fuera corriente entender el francés hablado, la actuación es buena. Todos saben caminar, ocupar espacios, moverse (algunos con mucha gracia), hablar, elevar la voz, susurrar y decir. Hay un buen sentido plástico en los movimientos individuales y de conjunto; algunos golpes de efecto, en particular en la zona del temor y temblor ante nuestras intimidades, dicen de un amor por el teatro en vías de ser correspondido. Todos los matrimonios, no sólo los blancos, tienen sus dificultades: el arte es largo, y Balzac decía que el artista vive en concubinato con la Musa. *

TUMBAS DE LA GLORIA, por la Compañía Larsen, con Adrien Belin, Victoria Fernández, Gabriela Gaye, Jéremie Génevrier, Pablo Giles, Daniel Podjarny, Gratiane Ringler y Michaël Steffan. Escenografía y decoración de Pascal Bion. En Teatro Victoria.

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