El tiempo está después, la música ahora
Exquisito compositor, letrista onettiano por definición y guitarrista diferente por elección, Cabrera regresa al Teatro Solís a treinta años de «Paso Molino», su primera composición conocida y después de hacer historia con Montresvideo y Baldío. Propietario de un puñado de canciones inoxidables al paso del tiempo y de discos clave para entender el sonido de esta esquina del mundo El viento en la cara, Autoblues, Buzos azules, entre otros este hijo del Prado, pero actual residente del Centro, presenta algunos inconvenientes de autoestima, a pesar de lo que significa para sus colegas y su público. Reconoce que le da vergüenza hacer música cuando escucha al excesivo y genial argentino Andrés Calamaro. Pide «paciencia» con el próximo gobierno y además, acaba de editar El tiempo está después (EMI), una colección de canciones editadas por el histórico sello Orfeo.
Siempre se ha dicho que Montevideo es una ciudad gris. ¿Coincides con esa visión?
No creo que sea una ciudad gris. Lo que pasa es que mucha gente está pasando muy mal. Es difícil que alguien que viva en un cantegril la vea como una ciudad bella.
¿Qué criterio utilizaste para elegir las canciones de ese nuevo disco recopilatorio?
Cada criterio puede ser discutible, pero decidí incluir las canciones que a mi entender más se defendían, las que tenían menos defectos o menos problemas. Yo creo que jamás un disco resulta muy parejo, de lo contrario sería un genio. Traté de dejar de lado las canciones más flojas e incluir las más contundentes y las mejor interpretadas, porque no es lo mismo el nivel de la composición que el nivel de la interpretación. Muchas buenas canciones se estropean con malos arreglos.
¿Cómo observa este Cabrera del año 2004 de aquél que compuso «Agua», «El loco» u otras canciones referenciales?
Francamente, creo que con mucha satisfacción. Con el trabajo de selección que tuve que hacer para este disco, sentí muchas cosas lindas y positivas. Me sentí reivindicado porque soy una persona de muy baja autoestima. Encontrarme con esos materiales me ayudó a fortalecer la visión de mi mismo.
Hay una idea general que indica que eres un músico diferente, atípico. ¿Cuánto hay de obsesión en tu música?
La palabra obsesión se vincula a la locura, a la enajenación o la exageración de algún tipo. Si es así, te digo que no. Creo que tengo una dosis aceptable y normal de seriedad y compenetración con el trabajo. Pero también dejando participación a cosas como el azar o la despreocupación. Me parece que manejo con cierto equilibrio ambas cosas. Soy muy meticuloso, pero dejo entrar a lo no controlado y eso es bueno.
¿Tus padres fueron quienes te empujaron a estudiar música?
Sí, fue una iniciativa de ellos, creo que tenía 6 años y no recuerdo que yo lo haya pedido. Esa no es edad para negarse. Un día aparecieron con un paquete enorme y resultó que era una guitarra, un libro de solfeo y un cuaderno de pentagramas. Ahí me informaron que a la semana siguiente comenzaba a tomar clases con una profesora que vivía a la vuelta de mi casa. Luego tuve formación académica, pero fue un pasaje muy breve, de solo dos o tres años.
¿Qué aprendiste de eso?
Una serie de disciplinas técnicas y teóricas de la música que me resultaron de utilidad. Me enseñaron cómo se escribe y cómo se lee. Luego recibí algunos rudimentos de orquestación y arreglos.
¿En qué momento arrancaste en forma profesional?
En el año 1977 con Montresvideo y cinco años después llegó Baldío. Luego Washington Carrasco me incitó a que me dedicara profesionalmente a la música. No hay que olvidarse de que acá es muy difícil vivir de la música. Un día le saqué un tema y me contestó que me dedicara por entero a esto, que no tuviera varios trabajos para después tener que dar clases. Yo le hice caso, aunque todavía sigo trabajando con el agua al cuello.
Resulta inevitable hablar de Eduardo Mateo ¿Cómo te encontraste con él antes de que mantuvieran una relación artística?
Cuando yo era chico él ya era una leyenda. Todos me decían que era un genio, que El Kinto era algo increíble y cosas así. En el año 1983 estaba grabando el disco de Baldío en los estudios de Sondor y allí también estaba grabando Mateo. Así lo conocí, nos pusimos a hablar y varios años después surgió la idea de hacer un espectáculo conjunto.
Nuestro país suele ser un poco cruel con sus artistas.
No hay que responsabilizar al país, esa es una excusa que no siempre es aplicable. Igual es claro que es muy difícil desarrollarse. En Uruguay nadie que se dedique al arte puede desconocer la dura realidad, lo más probable es que se muera de hambre No es que uno entró engañado en esto. Quien decide ser artista tiene que saber que tiene muchas posibilidades de pasarla mal, así que no vale quejarse. Todos sabemos que este es un mercado chico que no le da de comer a todos. Ahora, es cierto que un país pequeño incide en sus manifestaciones artísticas porque al no tener un gran desarrollo profesional que nos lleve a enriquecernos, tampoco tenemos el miedo a perder grandes posesiones o cosas materiales. Eso nos da coraje y atrevimiento artístico.
¿Te costó mucho entrar a Buenos Aires, más allá de que se sabe lo dificultoso que puede resultar?
Es sorprendente cómo los críticos argentinos me tratan como a un maestro. Eso lo sigo procesando, no lo sé explicar pero me viene bien para equilibrar mi baja autoestima. Con eso me siento muy fortalecido y con mucho ánimo. Igual con que muchos músicos argentinos me inviten a sus grabaciones.
¿Te llevás mejor con el candombe que con la murga?
Casi no he compuesto candombes y murga, salvo tres candombes que hice a lo largo de toda la vida. No incursioné porque no me siento capaz, fundamentalmente en el candombe que es un género complejísimo y hay que estar en eso desde niño para entender sus códigos. Para qué me voy a meter a hacer eso cuando hay gente tan notable. Por mi infancia tengo un acercamiento más concreto con géneros más criollos. Me siento más cómodo trabajando sobre esos géneros, pero quizá en el futuro me atreva.
¿Qué se escuchaba en tu casa?
Se escuchaban vertientes muy modernas del tango, como Horacio Salgán, Aníbal Troilo o Roberto Goyeneche. Después se escuchaba mucha bossa nova, cosas como Joao Gilberto, Jobim, Vinicius. Después, con mi profesora de guitarra escuchaba a muchos folcloristas argentinos y uruguayos.
¿Qué escuchás ahora?
De todo. Confieso que perdí el gusto de ser hincha de alguien. Eso se me fue diluyendo con los años. Ahora tengo un relacionamiento más profesional con la música. Todo me interesa, desde Palito Ortega a Kim Krimson. En todo se pueden encontrar cosas interesantes.
¿Qué discos has comprado últimamente?
Recuerdo haber comprado los últimos discos de Andrés Calamaro y el relanzamiento de Let it be de los Beatles. Siendo yo compositor me doy cuenta de la inmensa capacidad autoral que tiene Calamaro. Cuando lo escucho me da vergüenza y ganas de retirarme de la profesión.
¿Qué expectativas tienes respecto al cambio que el pueblo decidió el pasado 31 de octubre?
No hay que olvidar que en este país hay mucha gente que la está pasando mal. Se crearon muchas expectativas, aunque ahora más que nunca, debemos ser muy p
acientes. No podemos esperar resultados inmediatos y tengo miedo de que nos pase eso, porque los uruguayos somos así, muy ansiosos. No podemos modificar en un día cosas que están mal desde hace mucho tiempo. Los futuros gobernantes traen un caudal de decencia que no era habitual antes. Yo con eso me conformo, ahora hay que dejarlos trabajar. *
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