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Los peores cuentos de los hermanos Grim

Todos esos conceptos -que perduran instalados en el imaginario colectivo- coadyuvan en forma determinante a la potenciación y el permanente relanzamiento de los proyectos sociales y las utopías compartidas.

Es evidente que todos los pueblos tienen una mitología propia, que opera como herramienta articuladora de peripecias históricas y emocionales y constituye la materia prima indispensable para construir el presente.

Sin embargo, a menudo, esta arraigada tendencia a la mistificación del pasado suele transformarse en fuente de frustraciones, cuando los actores políticos y sociales no están a la altura de los desafíos del rico legado de sus antepasados.

En el caso de nuestro Uruguay, un ejemplo muy gráfico y contundente es la independencia, conquistada en el pasado con heroísmo y abnegación. Este capital, que para nuestros próceres tuvo un fuerte acento ético, está hoy seriamente devaluado por los exasperantes lazos de dependencia que nos unen a los grandes centros de poder mundial.

Otro concepto no menos relevante para los uruguayos es el vinculado a la justicia social, transformada contemporáneamente en una suerte de quimera en un país de tradición paradigmática.

Sin embargo, el histórico pronunciamiento electoral del pasado 31 de octubre, que determinó el triunfo de las fuerzas progresistas, seguramente contribuirá a abonar la esperanza de recuperar valores intrínsecos a nuestra identidad nacional.

Al igual que la cultura de los pueblos, también la literatura se nutre de mitos, leyendas y tradiciones, que interpretan cabalmente el sentir y las conductas de los colectivos sociales.

Este fenómeno ha padecido una suerte de apropiación del denominado género nativista, que a menudo soslaya los claroscuros de la realidad.

En «Los peores cuentos de los hermanos Grim», el escritor uruguayo Mario Delgado Aparaín y su colega y amigo chileno Luis Sepúlveda, comparten una aventura literaria ética y estética, que retrata irónica y descarnadamente la idiosincrasia rioplatense y latinoamericana.

Esta obra, escrita simultáneamente a dos plumas, es una desarrapada fábula, que se inicia con el jocoso prólogo de un tal José Saravejo, en clara alusión a la trágica guerra de Los Balcanes.

El prologuista, que naturalmente sintetiza el inquieto y creativo espíritu de ambos narradores, desarrolla una minuciosa descripción de la pesquisa conjunta emprendida por Segismundo Ramiro von Klatsch y Orson Castellanos, los ficticios protagonistas y relatores de la prolongada épica epistolar.

Los epicentros geográficos desde donde los presuntos investigadores envían su correspondencia, son el insoslayable Mosquitos, el espacio mítico de Mario Delgado Aparaín, y Tortitas (Patagonia), una región austral desde donde escribe el autor trasandino Luis Sepúlveda.

Del intenso intercambio postal entre ambos personajes, cuyo gran desafío es indagar en la historia más surrealista que real de los hermanos Abel y Caín Grim, afloran otros personajes no menos folclóricos, como el cartero de Mosquitos, un fascista nostálgico que censura las cartas de Castellanos arrojándolas al bote de desperdicios. De allí son rescatadas por el inefable Rosevelt Aldao, un marginal como tantos excluidos del sistema, que recupera la correspondencia censurada a cambio de los «deliciosos» platos que le prepara el destinatario de las misivas, que es también un «maestro» de las artes culinarias.

Otro de los personajes, no menos jocoso, es el cartero Miguel Strogoff, quien pierde sus dos piernas -devenidas en patas de madera estilos Luis XVI y Luis XI- en su inclaudicable empeño por cumplir con su misión.

De los relatos entrecruzados entre ambos presuntos investigadores afloran algunos guiños paródicos a la política contemporánea, cuando se alude a los naufragios de dos barcos de nombres sugerentes, el Almirante Menem -que se habría hundido por exceso de peso- y el American Dream, que zozobra por exceso de confianza en las utopías capitalistas.

Sin embargo, los verdaderos protagonistas de este mítico relato evocativo son obviamente los hermanos Abel y Caín Grim, dos mellizos payadores de baja estofa y origen desconocido, que adquirieron fama en lares patagónicos durante las décadas del 20 y 30 del siglo pasado. Ambos, según registra el imaginario colectivo de la época, recalaron en nuestro país, concretamente en la localidad de Mosquitos.

Los hermanos Grim también trasladaron sus cuasi inenarrables peripecias a Guadalajara, México, transformándose en una suerte de personajes de leyenda.

Las aventuras de estos actores literarios surrealistas -transmitidas de generación en generación por la tradición oral que presuntamente recogen los «avezados» estudiosos- son realmente desopilantes.

Las narraciones registran una auténtica «epopeya» de desaguisados y situaciones absurdas, que los escritores transforman en una experiencia creativa desopilante.

Los mellizos en cuestión son payadores torpes y frustrados, recurrentemente expulsados y agredidos con furia por los peones patagónicos, que igualmente no sucumben en su empeño de desarrollar su «arte». Además, se destacan por otras «destrezas» y «habilidades», que desarrollan en sucesivos circos itinerantes a los cuales se han ido enrolando.

Los autores incorporan una multiplicidad de personajes míticos ensayando numerosos guiños al cine, como la referencia a los trapecistas Francisco «Pancho» Lancaster y Antonio Curtis, que no son otros que Burt Lancaster y Tony Curtis, protagonistas de la recordada película «Trapecio».

El relato menciona también a un gaucho llamado Carloto Heston, que es -obviamente- el equivalente patagónico del actor Charlton Heston, otrora famoso por sus personajes históricos y bíblicos en el séptimo arte.

No faltan alusiones al gran maestro japonés Akira Kurosawa y su inolvidable «Rashomon», aunque -en este caso- se trata de un mero juego de palabras.

La obra no soslaya referencias políticas no tan subliminales al Chile de Luis Sepúlveda y a la democracia algo condicionada que heredó a la dictadura.

Otro apunte irónico refiere a un estanciero alemán radicado en las comarcas recorridas por los hermanos Grim, cuyo nombre es nada menos que Benigno Mengele, que naturalmente evoca al tristemente célebre exterminador nazi.

Tampoco faltan invocaciones no menos sugerentes a la crisis del 11 de setiembre de 2001, el terror al ántrax, las nunca halladas armas de destrucción masiva y las inmorales conjuras imperialistas, así como al editor norteamericano mister George Bushtamante.

El libro recrea la «épica» de los inefables hermanos Grim a través del tiempo, con permanentes referencias a acontecimientos históricos, como, por ejemplo, el viernes negro de 1929 y la caída de la Bolsa de Nueva York.

Hay reflexiones irónicas sobre el epílogo de la Guerra Fría, descrita a través del presunto experimento genético de un alienado científico alemán, que cruza una «pulga checa disidente» con un «piojo ucraniano leninista».

Las aventuras de estos personajes tan inefables como los relatores, están pobladas de situaciones hilarantes y tragicómicas, así como de múltiples criaturas pintorescas que, más allá de sus nombres absurdos, son típicos exponentes de estas tierras sureñas, cosmopolitas y bien aferradas a la tradición.

Delgado Aparaín y Sepúlveda no «perdonan» ni a sus colegas, a los que transforman en personajes adaptados del relato. Tal es el caso -por ejemplo- de Misericordio de Mattos (Tomás de Mattos) o Garicuper Liscano, extraño híbrido nacido del mítico actor norteamericano Gary Cooper y el escritor uruguayo Carlos Liscano.

El circo está claramente concebido como
una metáfora de la fantasía y el heroísmo marginal, a través de la figura de los payasos, los enanos y otras faunas humanas por el estilo. En

ese contexto, los inefables mellizos Grim son una suerte de antihéroes.

Mario Delgado Aparaín y Luis Sepúlveda exhiben su reconocida sabiduría literaria, para construir una obra de trazo paródico y humor delirante, que homenajea la mejor tradición del cuento.

Los autores desdramatizan aún las situaciones más dramáticas, corroborando que la frontera entre la comedia y la tragedia suele ser -en algunos casos- casi imperceptible.

En «Los peores cuentos de los hermanos Grim», los exitosos escritores ensayan un discurso contundentemente crítico de la realidad, al que condimentan con abundantes dosis de ironía, desenfado y humor de trazo sardónico.

La lectura de este libro, que está naturalmente construido con un fino oficio narrativo, resulta una experiencia realmente regocijante, que mixtura el mero divertimento con la reflexión.

(Editorial Seix Barral)

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