Laberintos de la realidad y la ficción
Una manera de entender (mal) esta película francesa consiste en contar su argumento. Una abogada penalista defiende a un joven acusado de haber asesinado a su psiquiatra, y por supuesto, como lo mandan las convenciones del cine, se enamora de su defendido. Lo que sigue incluye un intento de extorsión, otro asesinato, y un final «sorpresa». La historia misma está contenida dentro de un flashback donde un personaje narra a otro lo que ha ocurrido, o al menos una versión de ello.
Esa es empero, apenas, la superficie. Los términos fantasía, ilusión o «surreal» surgen inevitablemente cuando se examina más de cerca el asunto, y entroncan con las preferencias del director franco-chileno Raoul (antes Raúl) Ruiz, quien introduce a su espectador en un universo de pesadilla donde nada es lo que parece, o casi: quien recuerde sin ir más lejos La comedia de la inocencia, una película en la que se narraban dos realidades paralelas y nunca resultaban claras las fronteras entre lo verdadero y lo imaginario se sorprenderá menos con este otro trabajo de Ruiz. En determinado momento, uno de los personajes esboza una posible explicación: el mundo es una suerte de ilusión cada uno de nosotros actúa una y otra vez una misma historia, en la que el pasado se repite sin cesar.
No es difícil entender que Ruiz ha concebido su película, al menos en parte, como un vehículo para el considerable estrellato de Catherine Deneuve, una mujer que con el paso del tiempo ha adquirido un aplomo ante cámaras que otorga una cuota de interés a casi cualquier cosa en la que aparece. También se trata de un ejercicio muy «ruiziano» (¿se dirá así?) en el que el director se complace una vez más en sus juegos de prestidigitación e ilusionismo y los envuelve en un trabajo de cámaras frecuentemente imaginativo. Tiene por cierto algo de «tómelo o déjelo», muy dependiente en último término de cómo se lleve uno con el cine de Ruiz. Lo que no es fácil es permanecer indiferente ante ese cine, por cierto.
Nacido en Chile en 1941, Ruiz estudió Derecho, Teología y finalmente cine (en la Escuela de Santa Fe, Argentina), se dedicó luego al teatro y terminó en 1968 y en su país su primer largometraje, Tres tristes tigres. Políticamente vinculado al gobierno de la Unidad Popular, practicó entonces un cine militante que le valió el exilio tras el golpe de Estado dado por Pinochet: entonces dejó inacabada su película Palomita blanca, que recién logró terminar en 1990.
A diferencia de otros colegas exiliados, Ruiz se las arregló para lidiar con su desarraigo y adaptarse a las nuevas circunstancias. Ya en Francia se ocupó del tema en un filme (Diálogos de exiliados), y a partir de ahí aceptó numerosos trabajos de encargo a los que a menudo desvirtuó y enriqueció con toques de una abundante fantasía personal. Películas como La vocación suspendida, La hipótesis del cuadro robado, El techo de la ballena o Las tres coronas del marinero revelaron una creciente predilección por un estilo imaginativo y barroco, que entrecruzaba elementos de cine y fantástico y de aventuras con rasgos extraídos de la tradición surrealista. Con todos sus vaivenes y hasta sus desniveles de calidad, sigue estando en lo suyo: esta Genealogías de un crimen es otra prueba. *
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