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El ocaso del caudillo

Esta figura -que es naturalmente paradigmática- tiene una connotación simbólica y emocional, que supone una suerte de sujeción y subordinación casi siempre voluntaria a un individuo.

No resulta inverosímil rastrear los orígenes del caudillismo en las primigenias organizaciones tribales, donde el jefe y el brujo detentaban todo el poder.

Obviamente, nadie osaba disentir ni desafiar a esos auténticos referentes grupales, porque ellos alegaban representar la voluntad de los dioses. Las actitudes de rebeldía eran severamente castigadas.

Aunque esta línea de reflexión parecería derivar el debate al territorio de la religión, el origen de los liderazgos tiene una connotación bastante más compleja y racional.

Un aspecto crucial del problema está vinculado al instinto gregario del ser humano, que -más allá de cualidades y legítimas aspiraciones de desarrollo individual- siempre propende a agruparse en organizaciones comunitarias.

El origen de este tan arraigado hábito está vinculado a la necesidad de seguridad y protección, para enfrentar no sólo a los agentes naturales, sino también a otros grupos de análogos intereses.

Esa situación requiere de determinadas reglas de convivencia, sin las cuales la armonía social sería una mera quimera. Los encargados de garantizar el cumplimiento de esa suerte de pacto nacido de los consensos, son normalmente los gobernantes.

En la mayoría de los sistemas políticos imperantes en la era contemporánea, la responsabilidad de gobernar recae en quienes son escogidos o designados por los propios gobernados.

Ese es el presupuesto fundamental de la democracia liberal burguesa predominante hoy en la mayoría de los países del mundo, que reserva un considerable margen de soberanía política al colectivo.

Sin embargo, los experimentos autoritarios -tan abundantes a través de la historia- corroboran que no siempre los liderazgos cuentan con reales bases de sustentación o mayoritarias adhesiones.

Como se podrá advertir, también hoy -en plena era mediática e informática- las sociedades humanas reproducen el caudillismo en diversas formas y expresiones.

Este fenómeno trasciende al mero ámbito político, porque esos liderazgos -a menudo cuasi místicos- se observan también en el ámbito social, empresarial y deportivo.

En cierta medida, aunque hayan cambiado los rótulos o denominaciones en función de renovados discursos y terminologías, el caudillismo parece conservar actualmente plena vigencia.

En nuestro Uruguay, la tradición ha mantenido enhiesta la figura del caudillo, que reaparece particularmente durante las campañas electorales, con las obvias particularidades impuestas por localismos e identidades culturales.

Sin embargo, se percibe claramente que muchos conceptos han mutado por la dinámica de los hechos y los largos procesos de maduración colectiva, que hoy parecen anticipar un horizonte diferente y la inauguración de un nuevo tiempo.

De todos modos, resulta insoslayable recordar que el itinerario fundacional de nuestro país está intrínsecamente asociado al caudillismo, presente en la gesta emancipadora que abonó la independencia y la construcción de la nación soberana que heredamos de nuestros antepasados.

Ese fenómeno continuó durante el transcurso de todo el siglo XIX, cuando dos divisas partidarias dirimieron sus diferencias y se disputaron el poder en sangrientas guerras fratricidas.

Ese prolongado periplo histórico culminó hace exactamente un siglo, cuando Aparicio Saravia cayó para siempre en Masoller. El episodio marcó un punto de inflexión, que consumió las hostilidades e inauguró un tiempo de paz.

Durante la campaña preelectoral que culminó a la medianoche del jueves, la figura del caudillo blanco fue manipulada políticamente, en un ejercicio oportunista bastante divorciado de los ideales que inspiraron su lucha.

En los meses previos, se editaron o reeditaron numerosas publicaciones recordatorias de la figura del combatiente, que reveló la avidez de la sociedad uruguaya por la recuperación de los paradigmas perdidos.

En «El ocaso de un caudillo», el escritor e investigador Daniel A. Pelúas construye un minucioso retrato de la lucha y martirologio de Aparicio Saravia, radicalmente divorciado del tono complaciente y devocional de la mayoría de las publicaciones actualmente existentes en el mercado editorial.

Sin temor a la inevitable controversia, el autor asume la paciente tarea de recuperar al hombre detrás del mito, con sus convicciones y virtudes éticas, pero también con sus claroscuros.

Renunciando a todo propósito de impartir lecciones de historia, Pelúas reflexiona inicialmente en torno al caudillismo y sus diversas connotaciones, a partir de las figuras de Fructuoso Rivera y Manuel Oribe, fundadores de los partidos tradicionales que han gobernado a nuestro Uruguay durante más de un siglo y medio.

Con riguroso criterio cronológico y aleccionante, el investigador evoca los antecedentes de la revolución saravista, la denominada Paz de Abril y el fin del alzamiento de Timoteo Aparicio, con la entrega de jefaturas departamentales a los blancos.

Abundando en explicaciones sobre el fenómeno de coparticipación del poder entre colorados y nacionalistas -que define como un resabio feudal- el escritor avanza rumbo al Pacto de la Cruz bajo el gobierno de Juan Lindolfo Cuestas, la lucha por la universalidad del voto y la representación proporcional y la confrontación entre dos modelos antagónicos de país.

Apoyándose en documentos y publicaciones de la época, el autor recrea la fuerte oposición al gobierno corrupto y fraudulento del colorado Juan Idiarte Borda, combatido no sólo por Aparicio Saravia sino también por su propio partido.

Daniel Pelúas define el perfil de los combatientes que acompañaron al caudillo, muchos de los cuales eran descastados sociales del medio rural que encontraron en la lucha y la mística del líder una nueva pasión e identidad.

Luego del acuerdo que determinó la adjudicación de seis jefaturas departamentales a los blancos, ya se avizoraba un país políticamente fracturado, con dos gobiernos paralelos establecidos en Montevideo y en la estancia «El Cordobés».

Transcribiendo elocuentes testimonios, el autor reconstruye uno de los episodios más cruciales: la elección de José Batlle y Ordóñez por parte de la Asamblea Nacional como presidente de la República en 1903, que culminó un largo proceso de desencuentros y disputas que erosionaron internamente a los propios partidos.

La obra, que está concebida con un rigor histórico inapelable, recupera la memoria de ácidos debates políticos, arduas negociaciones y numerosos episodios bélicos, hasta la muerte del legendario combatiente nacionalista en los campos de Massoller.

El autor construye una tesis polémica pero sin dudas atendible, afirmando que para Aparicio Saravia, la verdadera prioridad era el mantenimiento de la coparticipación representada por las jefaturas departamentales.

En tal sentido, el autor evoca que el 1º de setiembre de 1904, el caudillo proclamó ante sus seguidores: «tenemos una paz muy buena. Con ella partimos la naranja en dos. Si peleamos y ganamos la guerra, nuestra posición será idéntica».

Daniel Pelúas añade un nuevo ingrediente a la controversia, al afirmar que el caudillo nacionalista representaba por entonces el pasado de una cultura de convivencia en vías de extinción y José Batlle y Ordóñez encarnaba el futuro, con su paradigmático proyecto político y social modernizador.

Aunque pueda especularse que el autor está proclamando un soterrado apoyo a la postura del emblemático líd
er colorado en su disputa con Saravia, el libro no soslaya apuntes críticos a una democracia que, por entonces, estaba en un estado embrionario.

El libro no formula juicios de valor respecto a la ética política del caudillo nacionalista, aunque -mediante numerosos testimonios- corrobora contundentemente que la matriz del conflicto residía en la lucha por el poder de ambas colectividades tradicionales. El minucioso relato de circunstancias y acontecimientos históricos confirma -sin dudas- que la población civil de la época fue relegado a un papel cuasi marginal en las disputas que enfrentaron a colorados y blancos, salvo en el caso de los actores directos que participaron en las negociaciones y los episodios bélicos.

La obra comporta una valiosa herramienta de debate, que convoca a reflexionar sobre el centenario pacto de coparticipación acordado entre los partidos tradicionales, que en los últimos diez años devino en sendos gobiernos de coalición.

(Editorial Arca)

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