ARTE

Gran personalidad del arte español

En plena dictadura franquista, a mitad de los años cincuenta, con una cultura provinciana y asfixiante, cerrada a los vínculos directos con el exterior, Canogar surgió con una fuerza expresiva formidable. Era uno de los talentos que luego se reunirían, en 1957, alrededor del grupo madrileño El Paso (Millares, Saura, Rivera, Viola, Feito, Chirino) aunque cercano a los solitarios Mompó, Sempere, Lucio Muñoz, los escultores vascos Oteiza y Chillida, con vínculos con el grupo Parpalló de Valencia y el Dau al Set de Barcelona y la dominante figura de Tapies, mientras Arroyo enviaba sus mensajes desde París. En esos años, despuntaron los críticos Aguilera Cerni, Moreno Galván, Manolo Conde, José Ayllón, Cirlot, acompañantes de ruta de las nacientes vanguardias, a las que se agregó el pintor argentino Alberto Greco y el grupo ZAJ, que inyectaron nueva savia al ambiente plástico de Madrid. Fueron años duros y decisivos, urgidos de vitalidad, de encuentros de artistas locales y visitantes extranjeros, alrededor de Juana Mordó, la gran galerista protectora de talentos, de citas en los cafés, hoy desaparecidos, de la Gran Vía y la Puerta del Sol, de contradicciones internas y proyección en el exterior organizadas por el sinuoso mandamás oficial Luis González Robles, apoyado por el ministro Fraga Iribarne que, increíble, flota hasta hoy desde la autónoma Galicia.

Quien conoció el ambiente artístico español de los primeros años del sesenta, pudo palpar la efervescencia en los principales centros, todavía minoritarios, de España, una España condenada y aislada políticamente, de penurias económicas y censura omnipresente. Es curioso, que las heridas, olvidadas y nunca restañadas, vuelven, ahora, en la alborada del nuevo milenio, a adquirir lugar en la memoria local.

Canogar, formado con el maestro Vázquez Díaz, irrumpió con un gestualismo típico de la pintura de acción. Furioso y tremendista, utilizando los contrastes dramáticos de blancos y negros, una materia generosa trabajada con intensidad fue el epítome de una insatisfacción espiritual que clamaba por la liberación de los todas las ataduras. Fue el más vital, el más directamente comunicativo y emotivo, trasmitiendo, sin intermediarios, la rebeldía personal y expresiva. Pocas veces, la escuela madrileña alcanzó el nivel de Canogar en esa época, aunque Saura, en una senda paralela y distinta, adquirió mayor notoriedad, por sus vínculos franceses con la Galerie Stadler y el crítico Michel Tapié.

Insatisfecho, incapaz de repetirse, Canogar se interna por la figuración con la intención de denunciar la opresión al individuo en la opresiva sociedad franquista. Son obras monumentales y golpeantes en su realismo brutal, negrísimas, que pasan del plano al volumen, se desprenden y adquieren una autonomía formal de fuerte impacto. Es una lástima que, por razones de espacio, la muestra de Canogar en el Museo Nacional de Artes Visuales no exhiba estos dos primeros períodos de Canogar como sí lo hizo el museo homólogo de Buenos Aires el año pasado.

Posteriormente, Canogar torna a la abstracción de impostación geométrica o de planos, investiga con materiales (cristal, papel artesanal, papel arrugado), homenajea a Julio González y lo hace con el soberbio oficio que domina y lo caracteriza en composiciones más ordenadas pero no menos tranquilizadoras en su evidente alusión a la quiebra de la unidad de la civilización actual y su vidriosa instauración del hombre y de la vida en la globalización dominante.

Rafael Canogar, selección de pinturas, 1970-2002. Museo Nacional de Artes Visuales, Parque Rodó, miércoles a domingo de 16.00 a 20.00. Cierra el domingo por elecciones nacionales. *

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