"M'HIJO EL DOTOR" DE FLORENCIO SANCHEZ, EN EL CLUB BIGUA

Visita acrítica de Florencio Sánchez

Hay a menudo en las escuelas de teatro un grupo original; en algún momento crítico el grupo fue compelido, o al menos así se lo creyó, a abrir una «escuela de teatro» para sobrevivir; los profesores dedicarán en adelante buena parte de su vida a la enseñanza y no podrán atender, casi, a su propia carrera. Pero las escuelas forman graduados. Los graduados quieren actuar. Nada más fácil. Se hace teatro en pubs, en restaurantes, en cualquier espacio vacío; los actores, que sueñan con ser profesionales, apenas tienen un viático, cuando viático hay. No hay espacio en la atestada profesión: hay luces que deslumbran, señuelos y señales. Todo beduino perdido en el desierto acaba por ver un oasis, que tiene forma de set de televisión, aún de cine. Sí, lo sabemos, los teleteatros son la negación del teatro y sobre todo son la negación del espíritu del teatro independiente, aquel ingenuo «teatro de arte». Los estagiarios se eternizan en el aprendizaje; alguien , quizás, gana un modesto sueldo; al cabo de un tiempo las vendas terminan por caer de los ojos. Escribió John Gielgud en su autobiografía que se necesitan quince años para formar a un actor. En nuestro medio esta frase es incomprensible. «M’hijo el dotor», que se ofrece en el Club Biguá, es un ejemplo. Probablemente todos aquellos que encarnan a los personajes de esta puesta escena tienen verdaderas posibilidades en el teatro. Conocen los rudimentos, se percibe lo que hablan, se mueven con alguna soltura y algún aplomo. Pero no hay mucho más que decir.

La puesta en escena de Carlos Aguilera ofrece el texto tal cual. Es una posibilidad, que tiene a su favor, la fidelidad al texto; pero la puesta en escena no puede ser una transferencia de un texto a una escena, sino un acto que sucede en el tiempo, en el Uruguay del 2004. Comienza la obra y ya tenemos un atroz enfrentamiento entre padre e hijo, cuyos motivos no son fáciles de explicar; hay una humillación del hijo, que no se justifica. A continuación Julio muestra un rostro de villano, y allí aparecen las mejores escenas; pero de inmediato Sánchez pierde pie y la obra se desbarranca en el tercer acto, con un final imposible, estilo «happy end» de Hollywood. No hubo, en realidad, un drama, sino una historieta sentimental; hay un viejo que se muere y que quizás estaba mal de los nervios. Las onduras psicológicas que emergían de la terrible exposición padre-hijo del comienzo, tan características de Sánchez, como las no menos siniestras de «En familia», luego de un par de estallidos se diluyen. O al autor le tembló la mano, o lo invadió el cansancio, o la obra que venía le resultó impresentable para el Buenos Aires de comienzos de siglo. El efecto final es desconcertante, y hace casi ininteligible al título de la obra. Parece que Sánchez dudara en condenar a Julio, lo que es inevitable dadas su premisas, y no pudiera arribar a un necesario final de horro, resignación y sacrificio, como en «En familia», desenlace que sería muy acorde con sus ideas sobre la dependencia y la explotación de la mujer, tal como puede vese en «La pobre gente» o en «Los muertos». Un final a lo Eugenia Grandet, o para quedarnos en el teatro, en el estilo de sus primas, las tres hermanas de Chejov, con Jesusa resignándose a casarse con Eloy o sobrellevando la vida de madre soltera, como Nina en «La gaviota».

Examinamos con escepticismos las reescrituras arbitrarias de los textos (toqueteos que ahora se llaman «versiones»), sobre todo de los contemporáneos, cuando aparecen cuidadosamente estructurados, como en Chejov, Ibsen u O’Neill, modificaciones que por lo general revelan la incapacidad de hacer una obra al derecho. No es este un demérito que aquí se le pueda imputar a Aguilera; pero presentada como lo fue en el Club Biguá, «M’hijo el dotor» es arcaica y despegada de todo sentido histórico, seca como un insecto listo para ser conservado en un museo de Historia Natural. *

M’HIJO EL DOTOR, de Florencio Sánchez, por el grupo de teatro del Club Biguá, con Eduardo Graiño, Annelisese Shäffer, Noemí López, Moreno Maiche, Gabriel Bauer, Susana Cyjon, Victoria Vera y Carmen García, voz en off de Mauricio Gandolfo. Música de Fernando Condon, vestuario de Jeannette Moreau, espacio escénico, iluminación y dirección de Carlos Aguilera. En Teatro del Club Biguá, Martin Luther King s/n, Villa Biarritz.

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