Alabanza de los reinos imaginarios
La vida –tránsito efímero rumbo un común epílogo inexorable– es algo más que un mero valle de lágrimas. Es un escenario de permanentes debates y tribulaciones, mediante los cuales procuramos construir la quimérica tesis de las verdades últimas.
Ese irrefrenable ejercicio ontológico nos conduce siempre a través de continentes oscuros y cenagosos, ignotos parajes jamás transitados que corroboran los límites de la racionalidad.
La filosofía y la ciencia o la alianza de ambas en improbable consuno, no han logrado mitigar muchas de nuestras incertidumbres. Con relación a nuestro origen y destino, la única certeza es que nada sabemos, excepto que en algún momento seremos un mero recuerdo atesorado en el imaginario de la nostalgia.
El itinerario humano es idéntico al de tantas civilizaciones, que nacieron, crecieron, alcanzaron su momento de auge y luego fenecieron, incorporándose definitivamente a la historia.
El tiempo, ese implacable tirano fagocitador de sueños y utopías, se nutre más de ausencias que de presencias, porque el hoy es un mero instante y el ayer un vasto territorio de silencios y voces asordinadas por el olvido y la indiferencia.
Como la mitológica Pandora que abrió su mágica caja para inaugurar las milenarias calamidades, la humanidad ha sido también –en el decurso de la historia– la gran partera de la angustia.
El pecado original no fue la mítica trasgresión que relatan los textos sagrados con sentido moralista y presuntamente aleccionante, sino la violencia del autoritarismo y la prepotencia instalada desde hace siglos en el planeta.
La interminable sucesión de guerras que han enfrentado durante siglos a pueblos, razas y credos, es la auténtica y real tragedia de este homo sapiens más ignorante que sapiente.
En estos tiempos electorales de estériles confrontaciones sin proyecto y redivivos fantasmas del pasado que felizmente ya a nadie atemorizan, asumimos — una vez más– que la frivolidad sigue siendo una condición intrínseca al ser humano.
Cuesta comprender la irracional conducta de estos «enterradores» vocacionales, que –durante veinte años– han erigido una muralla de impunidad contra la verdad. Sin embargo, hoy –violando sus propios códigos de silencio y consuetudinario encubrimiento– exhuman algunos estigmas de nuestra historia reciente en pos de un imposible rédito político.
Esas prácticas carroñeras son las que nuestro Uruguay debe desterrar definitivamente, para construir –no en el discurso sino en la praxis cotidiana– la convivencia pacífica y armónica que la inmensa mayoría de nosotros anhelamos.
Aunque ya son meras piezas del museo de las calamidades, esos vernáculos dinosaurios, que pretenden detener los relojes de la historia, representan la intolerancia que afirman combatir.
Este maniqueísmo, presente en el último tramo de la campaña preelectoral, es una cualidad inherente a la condición humana, que caracteriza también a los autoritarismos culturales.
Una de las tantas célebres víctimas de la inquisición no institucionalizada que gobernó y aún gobierna muchas conciencias, fue el poeta franco-uruguayo Isidore Ducasse, más conocido por el Duque de Lautréamont.
Nacido en 1846 en Montevideo y fallecido en 1870 en París, este enigmático personaje marcó un crucial punto de inflexión en la historia de la literatura universal, por la identidad removedora y rupturista de su breve producción.
Su obra, «Los cantos de Maldoror», transitó un tormentoso itinerario de fuertes confrontaciones dialécticas dirimidas por literatos, filósofos, investigadores, antropólogos y hasta psicoanalistas, entre la indiferencia inicial y la posterior exaltación póstuma.
Precursor del surrealismo, este poeta «maldito» de pluma tan aguda como deslumbrante, es uno de los autores más traducidos, analizados y criticados de todos los tiempos, entre la ferviente admiración y la más salvaje descalificación.
De su efímera existencia –vivió apenas 24 años– se sabe poco o casi nada. Incluso, pese a que su imagen ha sido abundantemente reproducida hasta con sentido alegórico, no se sabe a ciencia cierta como era físicamente.
En «Alabanza de los reinos imaginarios», el escritor y periodista Fernando Butazzoni propone un minucioso ensayo sobre la obra del iconoclasta poeta, procurando decodificar los sinuosos laberintos de su alma atormentada.
Partiendo de una reflexión sobre la cuasi inevitable mutación de los hitos en mitos y de la historia en fantasía, el autor construye una obra de soberbia resolución narrativa y fuerte apelación a la sensibilidad como materia prima de la creación literaria.
Antes de iniciar su prolongada lucubración sobre el enigmático Conde, Butazzoni analiza el habitual fenómeno de la banalización de la cultura, que ha afectado a una extensa y variadas gama de autores, desde los enciclopedistas de la Francia de la Ilustración hasta el propio Albert Einstein, entre otros.
Según el periodista y novelista compatriota, a diferencia de muchos de sus colegas, el Conde de Lautréamont ha sobrevivido estoicamente a la erosión del tiempo, resistiéndose a ocupar un sitio marginal en la galería de los mitos coagulados por la indiferencia.
Butazzoni considera que este personaje situado en las fronteras de la realidad y la leyenda, es una suerte de muralla contra la cual se ha estrellado la crítica literaria durante más de dos siglos.
Partiendo de la tesis de las ausencias, que se traducen paradójicamente en presencias perdurables e impertérritas, el ensayista trabaja la matriz del discurso literario de Ducasse.
Aportando a su obra permanentes citas de apólogos y detractores, el escritor transita los territorios oscuros de «Los cantos de Maldoror», una auténtica biblia del surrealismo y una descarnada poesía de la angustia en estado químicamente puro.
El escritor –que construye su tesis sobre la tríada Ducasse- Lautréamont-Maldoror– corrobora que el joven poeta atormentado fue despiadadamente fustigado por la furia de la intelectualidad de su época, que jamás le perdonó la temeraria osadía de violar los códigos de la «diosa Razón».
Este personaje tan misterioso como su controvertida obra, fue acusado incluso de padecer demencia, una estrategia descalificadora habitual de los apóstoles del discurso unívoco, acrítico y desmovilizador.
Incluso, la definición de «siniestro» que le aplica el psicoanalista Enrique Pichón Rivière, tiene una clara connotación ideológica, que lo asocia a lo presuntamente inmoral, descarriado o ajeno al instinto gregario imperante.
Las reflexiones de Butazzoni nos conducen a través del laberíntico castillo de Lautréamont, una suerte de habitáculo literario y emocional que es –a la vez– refugio contra la contaminación del mundo exterior y prisión de condenados irredentos.
El periodista indaga también acerca del Lautréamont plagiario y el enigma que rodea a su origen binacional y cosmopolita. Incluso, apoyándose en testimonios de otros autores, especula acerca de la presunta vinculación entre su obra y su nacimiento en un Montevideo sitiado.
Butazzoni –que asocia a Isidore Ducasse con una anguila por sus cualidades elusivas– analiza su vigencia y su presencia en Internet, donde es mencionado en más de 15.000 páginas.
El escritor enfatiza la poesía blasfema de Lautréamont, en la que éste desafía a Dios, en una suerte de discurso nihilista que conmovió la arquitectura del poder. Es claro que el propio Conde fue y aún es una suerte de crucificado, por un mundo sordo, ciego y decadente.
El periodista reflexiona, asimismo, acerca de la apropiación de la obra del poe
ta mediante las sucesivas traducciones y en torno a su también enigmática fisonomía, pese a que reproduce retratos e incluso una foto, sin que exista certeza que es del personaje. «Esta «Alabanza de reinos imaginarios» es una gratificante convocatoria a visitar el castillo del legendario Conde de Lautrèamont y sumergirse en el universo surrealista de su autor.
Fernando Butazzoni es un guía de lujo, que orienta al lector en este auténtico descenso a los infiernos de un poeta agobiado.
Este minucioso ensayo, que naturalmente no es de fácil lectura por su complejidad escritural y la profusa cita de fuentes y testimonios de numerosos autores, constituye una intensa apelación a la inteligencia despojada de toda intención academicista.
En un tiempo contemporáneo de debates burdamente vaciados por la frivolidad y conciencias anestesiadas, esta obra es una invalorable herramienta de reflexión que excede al mero análisis del siempre controvertido personaje y su legado.
(Editorial Seix Barral)
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