El último vuelo del "Hombre de acero"
Luego del dramático accidente que sufrió en 1995 al caer de un caballo durante una prueba de equitación, el actor estaba totalmente paralizado del cuello para abajo.
Nadie que no supiera quién era Chistopher Reeve podía suponer, al contemplar ese manojo de músculos encogidos en una silla de ruedas, que ese hombre era la encarnación viviente del héroe de ficción más grande de todos los tiempos.
Christopher Reeve nació el 25 de setiembre de 1952 en Nueva York. Su padre, un talentoso novelista, desarrolló su gusto por frecuentar ambientes artísticos, lo que definió su inclinación por la actuación.
Desde muy pequeño, gustaba de realizar pequeñas actuaciones junto a su hermano y sus amigos, en las cuales, según sus propias palabras, «podían convertirse en piratas únicamente pensando que eran piratas». Esta imaginación en estado puro que poseía cuando niño, fue fundamental para su carrera artística.
Desde temprana edad, luego de finalizar su educación secundaria, Reeve comenzó a estudiar teatro, al tiempo que actuaba en distintas obras a lo largo de los Estados Unidos y también en Inglaterra.
Hasta 1978 continuó con su intensa actividad teatral, al tiempo que obtenía papeles de mediana importancia en seriales para televisión. Cuando en 1978 realizó una audición para el papel de Superman, gozaba ya de cierta fama en el ambiente artístico, lo que, unido a su innegable capacidad para meterse bajo la piel del héroe, le valió el papel protagónico.
El nacimiento de un mito
En este punto, cabe recordar el verdadero origen del personaje, como forma de comprender mejor su impacto como icono cultural del siglo XX.
Dos sencillos trabajadores ferroviarios, Jerry Siegel y Joe Shuster, habían creado el personaje unos cinco años antes de que viera la luz, pero las editoriales de cómics de aquel momento, una industria aún incipiente, lo habían rechazado una y otra vez, de lo que seguramente luego se arrepentirían.
Ello sucedió recién en 1938, cuando dibujante y guionista lograron que alguien se interesara en el superhombre, más concretamente la National Periodical Publication, luego como conocida como DC cómics.
Siegel y Shuster eran judíos y habían llegado muy jóvenes a los Estados Unidos, huyendo del horror de la Alemania nazi. Su héroe, retrata de alguna manera todo aquello que ellos querían ser.
No es casualidad que Superman provenga de un planeta que ha sido destruido, Kripton, de la misma forma que Siegel y Shuster llegaron a Estados Unidos procedentes de un mundo que ya no existe, una sociedad mutilada por la demencia del Tercer Reich, contra el cual, obviamente, se enfrentaría más tarde en el cómic.
Tanto el nombre verdadero del personaje, Kal- El, como el de su padre, Jor El y el de los habitantes del planeta en general, tienen claras connotaciones hebreas, al igual que el apellido de su familia adoptiva en el planeta Tierra: los Kent.
A través de este personaje cuasi mitológico, un ser que gracias al sol amarillo de la Tierra adquiere una variedad de poderes sobrehumanos que lo convierten prácticamente en invulnerable, los artistas canalizaban sus temores e inseguridades.
Incluso, el hecho de que lo único capaz de vulnerar las extraordinarias habilidades de Superman, pudiendo incluso acabar con su vida sea, irónicamente, un fragmento de su desaparecida tierra natal, supone una implícita lectura acerca de la dolorosa sensación de desarraigo que sentían ambos artistas.
El personaje se convierte en aquello que Siegel y Shuster aspiraban para su vida en los Estados Unidos: un ser que proviene de un lugar extraño y que, sin embargo, es acogido por su patria adoptiva de forma tan calurosa que se asimila a la cultura local como un nativo más, llegando a poner sus poderes, al servicio del país y de portar un uniforme con los colores de la bandera norteamericana.
Pero Siegel y Shuster no vieron cumplido el tan mentado sueño americano. Acuciados por una desesperante situación económica, debieron vender al personaje por un puñado de dólares, logrando empero la inmortalidad artística, al concebir el héroe más grande de todos los tiempos.
El héroe definitivo
Cuando en 1978 Reeve personificó al «Hombre de Acero», no era esta la primera película realizada a partir del héroe del cómic. Entre 1945 y 1951 se habían realizado ya un radioteatro, una serial y un filme, absolutamente olvidables pero rescatables como material histórico y nostálgico.
Por otra parte, fue objeto de numerosas adaptaciones al formato de animación, la mayoría olvidables, exceptuando, claro está, la formidable e inigualable creación de Fleisher, a principios de los cuarenta.
El impacto que tuvo la interpretación de Reeve fue mucho mayor de lo esperado. Si hasta los años cincuenta Superman era el héroe americano por excelencia y hasta entrados los setenta se había masificado como héroe de cómic a un nivel más global, es definitivamente con la llegada de Superman, la película, cuando se impone finalmente como un héroe arquetípico. Sería engorroso analizar su contribución fundamental como el primer superhéroe de la historia del cómic, como el personaje que aunaba tanto las características morales de los grandes humanistas de la historia como los poderes divinos de los dioses de diversas mitologías, la fuerza de Hércules, la velocidad de Mercurio y la sabiduría de seres como Salomón.
Pero la importancia del personaje como patrimonio cultural de la humanidad, proviene más de sus valores éticos y morales que de sus superpoderes. Los dioses de la mitología griega, por ejemplo, carecían en muchos casos de una escala de valores y solían ejercer sus poderes discrecionalmente.
En total, Reeve encarnó a Superman en cuatro filmes, en 1978, 1980, 1983 y 1987, transformándose en la personificación corpórea y palpable no sólo del conocido héroe de ficción, sino en la versión definitiva del héroe a nivel cultural. Su nobleza rayana en la ingenuidad, transformaron del pacifista alienígena en un paradigma de estatura moral, más allá del significado patriotero que siempre le adosaron los norteamericanos. El propio Reeve, conocido activista político, que sufrió la represión del gobierno del inhumano Pinochet al acudir a una manifestación en Chile por los derechos de un grupo de actores injustamente presos, demostró luego, durante su enfermedad, hasta qué punto era capaz de encarnar a aquel héroe que supo personificar y moldear en la ficción.
Por eso, más allá de toda significación política y eventualmente fascistoide que los norteamericanos le hayan dado, prefiero recordar a Superman como un paradigma de la libertad, como un símbolo de un conjunto de valores morales indispensables para la conformación de una sociedad sana y justa, de la misma forma que Reeve concibió al personaje.
Además, significó para más de una generación, la fantasía y el idealismo de creer en la salvación del mundo y la autorrealización personal, la encarnación definitiva de la libertad que sólo puede darnos nuestra imaginación.
La frase que identifica al personaje, a mi criterio, debería ser la del promocional previo al filme de 1978: «Creerás que un hombre puede volar». Con la muerte de Christopher Reeve, no sólo se fue un ser humano valioso, un luchador nato tanto por sus derechos como por los de los demás, alguien que soportó lo imposible y no se rindió ni aún ante la peor de las muertes, también partió un mito cultural y moral de nuestro tiempo.
Es claro que existen determinados paradigmas que trascienden a la ficción o la realidad,
que el actor encarnó, tanto en su vida como en su profesión artística. *
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