El tren de la victoria
unque el origen étnico común alimente la identidad y el sentido de pertenencia, los antagonismos sociales, económicos, políticos y religiosos son siempre una fuente de disenso.
Durante las gestas emancipadoras, todos parecieron asumir cabalmente la necesidad de sumar fuerzas para enfrentar, derrotar y expulsar al conquistador de nuestras tierras.
Sin embargo, incluso antes de lograr ese prioritario propósito, comenzaron a aflorar los caudillismos exacerbados, los mesianismos y la lucha por el poder, que con frecuencia mutó en traición a los compromisos contraídos.
Cuando nuestro país conquistó su soberanía e independencia, muchas diferencias no pudieron ser dirimidas mediante el acuerdo o la negociación, como sucede habitualmente en toda sociedad civilizada que se precie de tal.
La inmadurez de la joven república abonó nuevamente la tragedia, cuando cruentas guerras civiles volvieron a anegar nuestro suelo con la sangre de sus hijos, en un conflicto fratricida irracional.
Este año, evocamos con feriado incluido el centenario de la batalla de Masoller, en la cual cayó para siempre el caudillo blanco Aparicio Saravia.
Si bien la figura del carismático combatiente justifica con creces el homenaje, el episodio debiera convocarnos más que al festejo o la mera conmemoración a reflexionar en torno a la imperiosa necesidad de desterrar definitivamente los odios entre hermanos.
Ese episodio bélico, que suele glorificarse y asociarse al heroísmo, fue realmente una tragedia colectiva y un inequívoco síntoma de fractura de voluntades y desencuentro entre uruguayos.
Como estaba previsto, la evocación que se transformó en materia de publicidad electoral con sentido oportunista estuvo absolutamente despojada de todo sentido autocrítico.
Cabría preguntarse entonces, si la sangre vertida hace cien años o los dolorosos episodios que enlutaron a nuestro Uruguay en la segunda mitad del siglo pasado, fueron realmente experiencias aleccionantes.
Hoy, a apenas dos semanas de la crucial convocatoria del cuerpo electoral a las urnas, la «familia» uruguaya está viviendo un nuevo tiempo de conflicto.
Si bien actualmente los antagonismos se dirimen en el terreno de la confrontación de ideas y no en el campo de batalla como sucedía antaño, se percibe señales negativas que permiten inferir que el odio sigue consumiendo las conciencias.
La derecha, atrincherada en una bicéfala coalición que ha gobernado el país durante los últimos diez años, apela a toda suerte de estrategias para enfrentar al enemigo común, que lidera todas las encuestas de opinión y parece encaminarse a un triunfo sin precedentes el domingo 31 de octubre.
Hoy, las viejas divisas que hace un siglo intentaban exterminarse mutuamente construyeron una fuerte alianza destinada a perpetuarse en el poder y seguir conduciendo los destinos de un país en situación de emergencia social, con injusticia, pobreza, marginalidad y exclusión.
La historia de las «familias» fracturadas es común a otros países latinoamericanos como la hermana República Argentina, que también vivió un largo proceso de guerras fratricidas y dictaduras genocidas.
En «El tren de la victoria», la escritora y periodista argentina Cristina Zuker, construye un conmovedor libro autobiográfico, que evoca la historia de su familia y la tragedia de su hermano, desaparecido y asesinado por la dictadura militar.
La autora, que es hija del actor Marcos Zuker, debió exiliarse en Brasil y más tarde en España, a los efectos de escapar a las garras del despiadado régimen autoritario instalado en 1976 en su país.
Sin embargo, su joven hermano, que en vida integraba los cuadros operativos de la organización Montoneros, regresó clandestinamente a su país para participar en la fracasada contraofensiva programada por los guerrilleros.
La novela, que es naturalmente una vivencia entrañable y personal, reconstruye la historia de su familia, en el marco del contexto histórico de un país devorado por odios e irreconciliables antagonismos.
Cristina Zuker ingresa en los tortuosos laberintos del tiempo para evocar el nacimiento de su hermano Ricardo en 1955, en época del derrocamiento del presidente Juan Domingo Perón por un golpe militar.
La autora recrea minuciosamente los recuerdos de una infancia marcada por profundos contrastes, el amor filial y los conflictos de pareja derivados de la errática conducta de su padre, un exitoso actor muy afecto al juego y la infidelidad.
Procurando rescatar sus raíces y su propia identidad, la escritora relata episodios clave de la historia de sus abuelos paternos judíos de origen polaco, que emigraron a la Argentina huyendo vanamente de un antisemitismo que era una suerte de epidemia.
Asimismo, reconstruye la peripecia emigratoria de sus ancestros maternos oriundos de España, que también llegaron al cono sur en busca de una nueva vida y de la prosperidad que les negada su patria natal.
La autora intercala esas imágenes con episodios contemporáneos, cuando se inauguraba un nuevo tiempo de violencia en su país. En ese contexto, recuerda con indisimulable angustia la primera detención y desaparición de su hermano.
Mientras el terror se instalaba en el vecino país, la familia Zuker fracturada por terribles desencuentros entre los padres vivía la odisea de la búsqueda del joven detenido por fuerzas represivas.
Resulta impactante el testimonio de la autora, de las entrevistas mantenidas con los generales Guillermo Suárez Manson y Mario Viola dos de los hombres fuertes de la dictadura genocida con el propósito de pedir clemencia para su hermano.
Estas experiencias provocaron en Cristina Zuker una fuerte sensación de repulsa, aunque felizmente en esa oportunidad el joven activista apareció con vida.
Empleando una estructura novelada de fuerte trazo testimonial, la escritora reconstruye las vicisitudes de la familia, que inicialmente se exilio en San Pablo.
En la populosa ciudad brasileña, todos experimentaron el primer gran dolor: la muerte de la madre. La autora considera que, en realidad, ella comenzó a morir cuando se concretó la primera detención de su arriesgado hijo.
Reproduciendo la dramática diáspora de varios pueblos de la región, entre los que se encontraba naturalmente el uruguayo, Cristina Fuker evoca el segundo exilio en España, donde se reunió la plana mayor de los montoneros.
Allí, en sucesivas reuniones, se convocó a todas las células operativas de la organización clandestina a preparar la contraofensiva para derrocar al régimen militar y recuperar el poder, en lo que se denominó precisamente el «tren de la victoria».
Mediante numerosos testimonios de sobrevivientes de la fracasada operación guerrillera, Cristina Zuker reconstruye el itinerario de su hermano desaparecido y muerto a manos de los mastines del autoritarismo, que actuaban en las dos márgenes del Plata en el marco del denominado «Plan Cóndor».
El libro contiene minuciosos detalles de cómo funcionaba la organización, sus estrategias, apoyos logísticos y programas de adiestramiento militar, muchos de los cuales se ejecutaron en El Líbano y Siria, aprovechando la experiencia de guerra de los palestinos.
Cristina Zuker ensaya un ejercicio fuertemente crítico de los líderes guerrilleros que prepararon la sofocada contraofensiva, a los que en parte responsabiliza de la inmolación de su joven hermano.
El libro reproduce una tensa entrevista de la autora con el líder montonero Mario Firmenich, en la que éste justifica la acción armada contra la dictadura, alegando que fue una decisión colectiva de toda la organización guerrillera.
No obstante, admite que hubo algunos episodios de delación que calificó de menores, en comparación, por ejemplo, con la traición de Héctor Amodio Pérez al Movimiento de Liberación Nacional.
En «El tren de la victoria», Cristina Zuker construye un relato tan fuerte como conmovedor, que retrata minuciosamente la tragedia de su familia, en medio de un país devastado por el terror del autoritarismo genocida.
Acudiendo a numerosos testimonios de sobrevivientes, la autora trabaja sobre materia prima real, logrando recrear las circunstancias históricas en la que desapareció y fue asesinado su joven hermano, mientras ella permanecía exiliada en España.
Cristina Zuker se conmueve y nos conmueve, al reconstruir con elocuencia uno de los tiempos históricos más luctuosos de la historia argentina reciente, con un fuerte acento crítico que fustiga a los verdugos y los errores de la organización guerrillera.
(Editorial Sudamericana)
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