Mirada crítica a muestras recientes
La actividad artística montevideana, a juzgar por la extensa cartelera, posee su atractivo. Sin embargo, luego de visitar diferentes salas, la calidad es inferior, muy inferior a la cantidad. Hay un consenso general a favor del hacer, aunque sea de cualquier manera, que a la reflexión crítica. O, como decía Antonio Machado, «más que el hacer las cosas, importa el hacerlas bien». El apresuramiento por cumplir con fechas y plazos, la falta de un adecuado presupuesto, de un guión curatorial firme, la vanidad propia por quince minutos de fama son aspectos que conspiran desfavorablemente.
Las muestras dedicadas a recordar los 130 años del nacimiento de Joaquín Torres García son una demostración palpable de la endeblez de esos propósitos celebratorios. A modo de ejemplo, Joaquín Torres García y el arte precolombino en el en el Museo de Historia del Arte del Palacio Municipal con curadoría y montaje de Gustavo Serra, basada en reproducciones y réplicas del maestro y algunas piezas originales de Francisco Matto discípulo que escapa al título de la muestra. Otro ejemplo es la minimuestra del Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI) en el ex ministerio de Defensa Nacional de 25 de Mayo 279. El edificio, con una intervención discutible (a la entrada, la escalera se emparchó con mármoles de otro color) pero que de cualquier manera se recupera un espacio para la cultura nacional (como el teatro Solís, otro en discusión), aloja temporariamente piezas provenientes del Muhar, no bien seleccionadas y acumuladas en vitrinas (el Muhar las presenta mucho mejor) que destacarían su valioso interés con otro montaje. La Fundación Proa de Buenos Aires mostró, hace pocos meses, de manera insuperable, piezas similares en La magia de la risa y el juego. Se agregan, de una colección privada que ya levantó reclamos argentinos, piezas indígenas. Las buenas intenciones no son suficientes.
Encuentros y desencuentros con la realidad es desconcertante. La curadora Alicia Haber adquirió prestigio por el compromiso con los lenguajes actuales, difíciles de acceder por el gran público, en la difusión de jóvenes y consagrados de alto nivel creador. En los últimos años, y coincidiendo con el inefable Alfons Hug curador de la fracasada bienal paulista, acepta el regreso de la pintura. No la pintura que se cuestiona a sí misma y trasgrede sus propios límites, sino la vieja tradición, narrativa, literaria y sensiblera (Juan Pedro Paz, que tuvo mejor impulso, Esteban Smerdiner resucita los hermanos Le Nain), insiste en el virtuosismo neoexpresionista (Alvaro Amengual, tiene su potencial de excepción en el dibujo en blanco y negro y así lo manifestó el año pasado) o el cambio de Clever Lara, más libre de la minuciosidad realista. Los cuatro se aferran a un pasado expresivo que soslaya la complejidad del mundo actual que va más allá de los desplantes individualistas del cuadro de caballete. Otros artistas uruguayos, como Serrana García y su feliz retorno, indagan con aguda sensibilidad las nuevas posibilidades de la pintura y los nuevos materiales, pero no fueron elegidos.
Más provechosas son las exposiciones de dos mujeres. La uruguaya Alejandra del Castillo, propuso, en Objetos de la memoria, una delicada incursión en su pasado infantil. Los (pocos) elementos, el blanco predomina como luz de la memoria, quizá hubieran lucido mejor en un lugar más íntimo que en la inmensa sala del Cabildo. De cualquier manera, la exposición tuvo un encanto poético muy sugerente y se recordará como una de las mejores de la temporada.
En Relatos cifrados, la chilena Ximena Mandiola (Galería Del Paseo) reúne la actividad artesanal tradicional con la numerología de la sociedad actual, en una paciente solución plástica en la que atrapa el transcurrir del tiempo. Son pinturas seductoras en su calidez cromática, diminutas pinceladas y números que se desplazan una veces en forma horizontal y otras vertical, otras aún onduladas, se unen o separan, dejan ver el fondo o lo cubren por completo. En Escape urbano, tela de 110 x 120 cm., el fondo blanco dominante acepta los números azules y la composición abierta condensa un sostenido lirismo.
Si el video Estar (Centro Cultural de España), en DVD de ocho minutos realizado por Fernando Sicco ( Montevideo, 1961) no llega a satisfacer, no es, por cierto, por la calidad y seriedad de su empeño en la proyección de tres monitores simultáneos, sino en la brevedad. Es un viaje íntimo por diversas situaciones (objetivas, subjetivas) que necesita un mayor detenimiento en cada una de ellas para recoger esa temporalidad que se desplaza. Acaso una elaboración más amplia pueda obtener un logro expresivo más contundente. Talento no le falta como se comprobó el año pasado en Souvenirs.
Si no fuera en el primer piso del Centro Cultural MEC, una sala imposible para cualquier exposición, la muestra de Sergio Meirana sería una de las más logradas del año. La capacidad de ideas, siempre vinculadas a la realidad social del país, y la notable técnica para la talla en madera, indican que hay un creador de excepcional perfil, aún no reconocido en el medio artístico uruguayo. En Dodecá hubiera sido un brillante acontecimiento.
Mientras tanto, la Platería italiana del siglo XX (Palacio Taranco) sigue en un breve repaso por algunos talleres de producción de una gran calidad en el diseño y el tratamiento del metal, ya característicos de los peninsulares. Vale la pena una visita. *
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