Fahrenheit 9/11: la guerra como negocio
El título alude al apellido del físico alemán que diseñó la escala térmica marcando el nivel donde el papel se prende fuego y arde aunque, en este caso, la idea marca otro tipo de detonante relacionado con el desplome de las Torres Gemelas y la guerra de Irak.
Lo primero que podría subrayarse sobre el tema es que el estilo documentalista de Moore se aleja bastante de un posicionamiento supuestamente objetivo para zambullirse intencional y premeditadamente en una suerte de panfleto anti-Bush sin mayores rodeos. No se trata aquí de que las imágenes hablen por sí mismas (o resulten elocuentes a la hora de inferir lo que no se explicita o, directamente, se oculta) sino que, en realidad, Fahrenheit 9/11 es la mirada de un militante demócrata practicando un informe demoledor contra su adversario político.
Argumentos no le faltan, por cierto. La información que se reseña desde un principio ya da cuenta de un probable fraude electoral que parece haber contado con la complicidad del senado norteamericano para llevar a Bush a la presidencia.
Pero esto es sólo el comienzo de un bombardeo que incluye, entre otras cosas, las relaciones financieras de la familia Bush con los árabes saudíes, una mala administración del mandatario norteamericano que, antes de asumir su rol presidencial, llevó a la quiebra a varias empresas y la manipulación que, luego del atentado, se realiza con la opinión pública para justificar la invasión a Irak y, de paso, hacer buenos negocios con el conflicto.
Moore versus Bush
Más allá de todas estas realidades inquietantes, lo que quizás pueda reprochársele al realizador –sin embargo– es que esa misma manipulación que Moore denuncia, también aparece en Fahrenheith, donde por momentos se llega a usar (y abusar) del dolor de una madre que ha perdido a su hijo en la guerra para generar un rechazo puntual con respecto a la reelección de Bush. En este caso se trata de una crítica de carácter ético en la que Moore, sin perder su mordacidad feroz, bastardea, sin embargo, buena parte de su material en pos de una obsesión que le hace perder la brújula. De todas maneras hay momentos como el instante en que Bush es notificado de la caída de la segunda torre mientras simula leer un libro infantil en una guardería que reflejan la vulnerable inseguridad de un supuesto mandamás despojado de sus asesores y equipo de seguridad. Probablemente esa escena valga todo el documental y delate el clima de incertidumbre en que parece haber nacido el Siglo XXI.
Una atmósfera donde se incuban demasiadas interrogantes sin respuestas sobre las verdaderas causas de una invasión armada, el posible desconocimiento que la inmensa mayoría del pueblo estadounidense tiene sobre el mundo exterior y el difuso panorama que se cierne sobre una nación ensangrentada que sigue generando un odio cada vez más radicalizado hacia el invasor.
Más puntualmente hay otras preguntas que merecerían alguna explicación concreta; detalles que hacen a los salvoconductos que usufructuaron familiares de Osama bin Laden para salir de Estados Unidos luego del trágico atentado, el entrenamiento militar que recibieron los talibanes por parte de la CIA, la repartija de cargos en puestos clave del gobierno o las supuestas pruebas (?) sobre armas de destrucción masiva que justificaron la invasión al pueblo de Irak.
Probablemente habrá que esperar unos cuantos años para que, como sucede en la producción Niebla de guerra de Errol Morris (que obtuviera el Oscar 2003 por Mejor Documental e ilustra la realidad histórica de la Guerra Fría, el conflicto de los misiles cubanos y Vietnam), alguien nos cuente la verdad de la milanesa sobre lo que está ocurriendo hoy en una propuesta más distanciada y objetiva. Una verdad que sospechamos sin mayores definiciones; la triste intuición de estar en medio de la santa guerra del petróleo donde los espacios de poder se logran a partir del sacrificio de millones de inocentes. ¿Qué vendrá después?
Fahrenheit 9/11. Escrita, dirigida y producida por Michael Moore. *
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