Los olvidados (18): Ruisdael Suárez, grabador y pintor
Durante la trepidante, decisiva década del sesenta, los artistas nacionales reaccionaron con intrepidez y energía renovada ante la insurgente, compleja realidad del país y el mundo.
Por primera vez, la cultura europea dejó de ser el único elemento de referencia. La orquestada globalización empezó a formarse en Estados Unidos. Nueva York desplazó a París y Londres. Nuevas formas de la existencia y nuevas formas expresivas germinaron en la capital inglesa: el pop-art, la moda femenina con la minifalda de Mary Quant y la flacucha modelo Twiggy, la música popular (Los Beatles, Los Rolling Stones), la arquitectura, el free cinema, la dramaturgia y la puesta teatral (Oh, What a Lovely War!), la libertad sexual (la consigna fue «Haga el amor, no la guerra»), el power flower y la difusión del ácido lisérgico se extendieron por todos los países y anclaron, con preferencia, en Estados Unidos.
Uruguay aceptó con beneplácito la influencia estadounidense.Y los artistas se sumergieron en el pop-art, luego de haber asimilado, unos años antes, la Escuela de Nueva York y el expresionismo abstracto (Hilda López, Hermenegildo Sábat). Pareció que la mirada hacia la realidad cotidiana y vulgar, impulsada por la naciente televisión, los productos de la sociedad de consumo se imponían como temática y punto de partida. La figuración y la incorporación de objetos a la obra pintada, una herencia dadaísta y surrealista, circularon con rapidez.
Ruisdael Suárez, montevideano de 1929, autodidacta, se convirtió en uno de los protagonistas del arte uruguayo de los años sesenta. Entre 1947 y 1948 comenzó a pintar pero, insatisfecho con los resultados, en 1952 interrumpió la actividad para dedicarse a la poesía. Retoma la actividad artística dos años más tarde orientándose hacia el grabado (aconsejado por Luis Mazzey) en Club de Grabado, fundado en esos años y con un creciente número de adictos. De la xilografía (grabado en madera) Ruisdael Suárez extrajo intensas posibilidades de la veta y los accidentes de la plancha de madera, incorporando elementos externos. Dibujante seguro, de una limpieza formal infrecuente, fue elaborando diversas series, en su mayoría figurativas (El pescador, 1961, Casa de peligro, 1964) y otras más abstractas (El viento, 1963), aunque los referentes a la figura humana y animal, siempre predominaron a lo largo de su trayectoria, con especial detención en el ojo, elemento clave en toda su obra. Fue en ese período que obtuvo sus mayores logros y distinciones ya que en la IV Bienal de Grabado de Tokio, 1964, fue distinguido con un importante premio. Ya se había destacado en los salones municipales y nacionales, participado en muestras colectivas en el exterior (URSS, EEUU, Rumania, Polonia, Italia, Yugoslavia, Chile, Argentina, en importantes certámenes internacionales). Su estética se afirma con la influencia del pop-art y su pintura adquiere una intensa personalidad hasta convertirse en una personalidad incontorneable del arte nacional. El Museo Nacional de Artes Visuales exhibe, en permanencia, uno de sus trabajos más maduros, Paraguas 1, 1967, con la incorporación real del objeto del título. Vinculado al teatro (actor, escenógrafo) y al diseño gráfico, Ruisdael Suárez realizó varias muestras individuales (Centro de Artes y Letras, Galería Bonomi, Alianza Francesa) donde puso en evidencia el sugerente dramatismo que se instaló en las figuras humanas (rostros y cuerpos de mujer) y animales (aves, el buho), que buscan la repetición de ciertos elementos (en particular los ojos) cargados de una empinada energía vital. En algunos casos, la agresividad y la violencia, durante la dictadura militar, tienen inequívocas connotaciones locales, como esos pájaros iracundos, construidos de curvas y ángulos agudos, con círculos que se convierten en ojos y ojos que se transforman en círculos, multiplicados en situaciones especulares, reveladores de una concepción demoníaca del mundo.
La última exposición de Suárez fue en Galería Montevideo, brillantemente conducida por Aníbal Quesada, en 1988, luego de diez años de ausencia. En esa muestra exhibió los temas de siempre: mujeres, paraguas, pájaros. Ojos enormes-estáticos y extáticos- alrededor de los cuales ordenó una composición planista y sintética, de serena energía, en una propuesta reflexiva sobre su propia iconografía, esos rostros femeninos o de aves, esos paraguas transformados en flores, mezclando el formalismo Art Déco, el purismo de Ozenfant, el maquinismo de Léger y las cajas de fósforos Victoria. Un envolvimiento del imaginario colectivo recorría los trabajos que el receptor podía decodificar con inmediatez. Luego dejó de pintar, dedicado a sobrevivir en una economía en declive. Tampoco lo ayudó la salud. Graves problemas circulatorios le impusieron la amputación de una pierna y hace poco, la otra. No perdió el coraje. Para demostrarlo, hoy, a las 19.00 horas, asistirá a la inauguración de una selección de sus pinturas en Galería Puerta de San Juan, Soriano 774, planta alta, casi Ciudadela. N.D.M. *
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