Incoherencias en la Bienal de San Pablo
Todos los encuentros internacionales de arte (bienales o documentas) son importantes. Lo son aún en sus premisas conceptuales discutibles o en sus realizaciones erróneas. De más de un centenar de artistas procedentes de todo el mundo siempre queda un porcentaje, (mínimo, es cierto) que justifica la visita. En el caso de la Bienal de San Pablo recién inaugurada era fácil discrepar con los resultados aún antes de conocerlos. El director Alfons Hug, director del Instituto Goethe en Brasil, es una persona autoritaria que tiene poco contacto con los artistas y críticos locales y cuyos conocimientos son muy limitados. Apostó a la vaguedad de Territorio libre, un título que define la megamuestra, como elemento de libertad operativa del artista, fuera del dominio de la economía y la política, en una búsqueda inútil de la autonomía del arte, en una marcada posición contraria a la Documenta. Una vuelta al formalismo y a la pintura, en especial a la mala pintura, no a la bad painting de los años ochenta, sino a esa pintura que en un salón nacional sería rechazada por insuficiencias técnicas. Aunque nadie lo crea, el alemán Hug insiste en un retorno a la pintura, una afirmación temeraria desmentida en la práctica (siempre será mayoría) y aún en el supuesto caso afirmativo habría que cuestionar la legitimidad o vigencia social de un lenguaje que tuvo su razón de ser en los siglos pasados hasta llegada la modernidad. Si la pintura actual se condensa en los cuadros del belga Luc Tuymans, de extraño prestigio internacional, con una sala especial, los conocedores recordarán a Eugène Carrière que lo hacía mejor hace cien años. Hay otros pintores que, sin agregar nada nuevo, tienen un oficio formidable, como la etíope, radicada en Estados Unidos, Julie Mehretu, que hace explotar las formas y dominar el caos. Pero Kandinsky fundó esa estética con agudo sentido filosófico. Si este es el retorno de la pintura, hay que considerarlo penoso y olvidable.
Lo curioso es el criterio del curador para hacer de la bienal un salón del siglo pasado. Separó los lenguajes (instalaciones en la planta baja, esculturas en el primero, pinturas en el segundo, videos al fondo) pero al mismo tiempo no distanció ni creó ambientes propios para las instalaciones. Así, las de Artur Barrío y Cai Guo Quiang, dos grandes proyectos, en la planta baja, se anulan mutuamente en su cercanía. Otro aspecto negativo son las salas especiales que prácticamente no existen por la poca cantidad de obras seleccionadas (cuatro telas de Beatriz Milhazes, que tiene mejor en la muestra Paralela) y para peor, colgadas en un pasillo.
Contrariamente a los propósitos del autoritario y soberbio Alfons Hug (en todas las bienales hay un equipo de expertos que aquí estuvo ausente), lo más rescatable son las instalaciones y los videos. Es allí donde la vitalidad y la creatividad irrumpen en plenitud. Thiago Bortolozzo, un joven brasileño de 28 años, es una revelación. Una instalación de madera que atraviesa la pared de vidrio y se interna en el parque, es una crítica a la arquitectura moderna del propio edificio de Niemeyer donde la intención política es de enorme sutileza. El francés Melik Ohanian proyecta siete videos simultáneos en una enorme sala sobre un accidente carretero e interactúa diferentes instancias, a ritmos y velocidades contrapuestos en una notable secuencia de imágenes. Admirable es la videoinstalación del holandés Aernout Mik que desestabiliza la imagen e introduce al espectador en la estructura de la obra con recursos técnicos de enorme eficacia en su intención de esculturizar el video. El español, ya conocido en Montevideo en el Centro Cultural de España, Fernando Sánchez Castillo, incursiona en un video en el terreno político arrastrando a caballo una cabeza de estatua por tierra en una alusión a los derrocados dictadores de este mundo. También político, contrariando al orgulloso y mediocre director, es el video de Su Mei Tse, de Luxemburgo, de origen sino-británica, con Los barredores del desierto, un video donde hombres y mujeres, emigrantes auténticos, son puestos a barrer las calles de París y aquí parodian esa situación haciéndolo en el desierto con el uniforme característico. El nordestino Paulo Brusky trajo de Recife todo su taller y recreó cuatro habitaciones (taller, dormitorio, cocina y baño, saturados de pinturas, afiches, videos, discos, revistas y documentos varios) y creó una atmósfera alucinante y poética, de aproximación entre arte y vida. El uruguayo veinteañero Martín Sastre completó su trilogía y presentó la última que, desprendida de las anteriores, aunque evidencia un dominio de los recursos formales y mantiene la ironía y el humor devastadores, se disfrutaría mejor con el conocimiento de las primeras.
El chino Chen Shao Feng pintó 250 pequeños retratos de campesinos en una investigación sociológica y arqueológica, más que documental, y la impresionante serie se convierte en un emocionante diálogo entre los modelos y el creador. El chileno Eugenio Dittborn también asume una búsqueda de la identidad nacional y el pasado dictatorial en una enorme instalación de retratos. El Puente de José Morales, portorriqueño, instalación hecha con muletas de madera es un testimonio impar de las fragilidades de la civilización actual.
La fotografía es abundante y de buena calidad. La de los países africanos empero, no supera, en general, los niveles documentales y ocupa un lugar recordable el croata Zlakto Kopljar. El dibujo tiene en dos venezolanos (Juan Calzadilla,Arturo Herrera), un portugués (José Queiroz, revelado en Venecia) y el argentino Pablo Siquier, a consumados oficiantes. En resumen, una bienal más, con rescate para una docena de nombres que fueron destacados en el número anterior. (Segunda de una serie de notas sobre un viaje a San Pablo). *
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