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Monseñor Parteli: el arzobispo del Uruguay dividido

s claro que la perdurabilidad de determinados estigmas históricos, como la injusticia, el desempleo, la miseria y la exclusión, operan como disparadores de un renovado y recurrente desafío dialéctico.

Aunque sería deseable que en una sociedad como la nuestra estos temas estuvieran ya laudados, la magnitud de la emergencia social los ha situado nuevamente en el núcleo de la controversia.

Más allá de los habituales cantos de sirena del poder, la realidad resulta ciertamente bastante más explícita que las palabras. En ese sentido, hay indicadores  recurrentemente ignorados por los voceros oficiales y sus aliados políticos  que provocan una razonable sensación de alarma y estupor.

Un reciente estudio internacional conocido hace algunos días, determina que nuestro país ha caído varios peldaños en el ranking de inversión educativa, quedando sustancialmente rezagado incluso a nivel de América latina. Ello repercute, naturalmente, en el poder de decisión y el pleno ejercicio de la libertad.

Otra señal preocupante está vinculada a la alimentación de los grupos socialmente más vulnerables, cuando se conoció que un departamento del norte del país exhibía tasas de desnutrición infantil muy similares a las de naciones muy atrasadas del Africa.

A ello, naturalmente, debe sumarse la aún muy alta tasa de desempleo abierto, la desocupación encubierta que no figura en las estadísticas, el subempleo, la desregulación laboral, la pobreza y la marginalidad.

Todos estos indicadores corroboran que la crisis no es un tema del pasado que pueda ser soslayado. Más allá de debates entre candidatos presidenciales que alimenten el carnaval mediático preelectoral, lo que se requiere es una actitud de sinceramiento.

A sólo un mes de las cruciales elecciones nacionales del próximo 31 de octubre, la clase política quema sus naves en procura de la adhesión de la ciudadanía.

Se percibe nuevamente la renovación de viejos vicios como la demagogia, practicada  aunque pueda parecer irónico  por los autores materiales e intelectuales de la situación del desastre que padece nuestro Uruguay.

Los mismos que no cumplieron con los compromisos contraídos en un histórico acuerdo documentado, hoy reclaman el favor de los electores. Para ello, lanzan una farragosa batería de promesas y propuestas que podrían haber aplicado desde el gobierno, ya que contaban con las mayorías parlamentarias necesarias para hacerlo.

Lo concreto es que  como en el pasado  la cultura del engaño sigue apropiándose de nuestra cotidianidad, como sucedió hace ya 33 años, cuando los partidos tradicionales percibieron que la joven izquierda unificada amenazaba su oligopólica hegemonía.

Por entonces, al margen de la confrontación de ideas y la violencia política que desgarraba a nuestra sociedad, la Iglesia Católica uruguaya rompía su milenario silencio y denunciaba el acelerado deterioro de las condiciones de vida de la población.

El responsable de este radical cambio de actitud fue el arzobispo de Montevideo, monseñor Carlos Parteli, quien modificó el discurso y la praxis pastoral de la institución, poniéndola al servicio de la gente y de quienes más sufrían.

El obispado de Parteli, que transcurrió en el período más agitado de nuestra historia reciente, fue un punto de inflexión en la historia de la Iglesia uruguaya.

La opción por los pobres, que estaba naturalmente en sintonía con los documentos y las conclusiones del Concilio Vaticano II, expuso a Parteli al rechazo de los sectores más reaccionados de la sociedad uruguaya y al hostigamiento de la propia dictadura.

En “Monseñor Parteli: el arzobispo del Uruguay dividido”, el periodista y escritor uruguayo José Luis Martínez construye una minuciosa biografía del paradigmático religioso, que enriquece con anécdotas y documentos de la época, algunos de ellos desconocidos.

En la introducción del libro, el autor sintetiza los grandes hitos de la vida de Parteli, que nació en 1910 en el departamento de Rivera y falleció en 1999, en Montevideo.

La crónica evoca naturalmente su infancia, su carrera religiosa, su ascenso al obispado de la naciente diócesis de Tacuarembó y su traslado a Montevideo, donde el sacerdote se hizo cargo del arzobispado capitalino, en los tiempos más agitados y violentos de la segunda mitad del siglo XX.

Rescatando numerosos fragmentos de las memorias del prelado, José Luis Martínez va construyendo el itinerario del personaje, mediante la evocación de sus orígenes. Sus dos padres eran italianos.

El relato rescata los años de la infancia de Parteli en Rivera, sus pérdidas, su prematura vocación seminarista y su primer viaje de estudios a Roma, donde permaneció siete años.

El joven sacerdote cumplió su primera misión en Florida, tras lo cual desplegó una intensa misión pastoral en su Rivera natal e inició su acercamiento con las clases más desposeídas de la sociedad.

En 1960, asumió como obispo fundador de la diócesis de Tacuarembó, en lo que se transformó en su primer gran desafío de militancia por el Evangelio de la solidaridad.

José Luis Martínez destaca el primer gran hito de la carrera sacerdotal de Parteli que data de 1961: su pastoral sobre el agro, que denunciaba las paupérrimas condiciones de vida de los habitantes del medio rural uruguayo.

El documento llegó a manos del presidente del Consejo Nacional de Gobierno, Eduardo Víctor Haedo, al presidente argentino, Arturo Frondizi y fue debatido en el parlamento nacional.

El autor alterna las memorias del obispo con el desarrollo de diversos acontecimientos históricos de comienzos de la década del sesenta, cuando el odio comenzaba a devorar a la sociedad uruguaya.

Martínez describe minuciosamente la concurrencia de Parteli al Concilio Vaticano II y su encuentro con el Papa Juan XXIII, un acontecimiento que modificó el curso de la historia contemporánea de la Iglesia Católica y tuvo, naturalmente, importantes repercusiones en nuestro país.

El libro evoca la asunción del religioso a obispo coadjutor de Montevideo en 1966, en medio de fuertes resistencias de los sectores más conservadores de la Iglesia, a su opción por los pobres.

Por entonces, el país vivió un punto de inflexión determinado por la asunción de Oscar Diego Gestido a la presidencia en marzo de 1967, su prematura muerte y el comienzo del mandato de Jorge Pacheco Areco, caracterizado por la congelación de precios y salarios, la represión, las medidas prontas de seguridad, el asesinato de estudiantes, la ilegalización de sindicatos y fuerzas políticas y la censura de prensa. José Luis Martínez transcribe fragmentos de numerosos documentos de la época, que explicitan el perfil de compromiso de la Iglesia durante el obispado de Parteli. Asimismo, ilustra el particular momento histórico de tensión, mediante testimonios y notas de prensa.

El periodista y escritor construye el paisaje político y social de la agitada década del sesenta, ensayando un contrapunto entre la violencia política imperante y los manifiestos públicos de la Iglesia, a favor de la paz, la justicia social y la recuperación de valores.

Obviamente, se ocupa detalladamente de la actuación de Carlos Parteli durante la dictadura, ya como Arzobispo de Montevideo.

En ese tiempo histórico, el religioso fue espiado, perseguido, hostigado y su correspondencia privada fue impunemente violada.

El libro, que sin dudas reivindica a un personaje paradigmático de nuestra historia contemporánea, demuele varios mitos arraigados en la época, como la presunta afinidad entre Carlos Parteli y el marxismo. El religioso
, si bien era partidario de dialogar con todas las corrientes de pensamiento, marca claramente sus discrepancias con una ideología que consideraba atea y materialista.

Sin embargo, la obra destaca el compromiso del obispo con la libertad, los derechos humanos, la justicia social y su evangelio solidario, en sintonía con la denominada Teología de la Liberación, cuyo verdadero sentido y proyección histórica explica el propio Parteli.

Apoyando su relato en un profuso material documental, entrevistas y anécdotas, José Luis Martínez construye un libro revelador, que recupera la memoria de algunos acontecimientos cruciales de nuestro pasado reciente.

La obra trasciende la mera biografía del personaje, para transformarse en un contundente testimonio sobre el compromiso de la fe, la solidaridad y la dignidad, a través de una emblemática figura que desafió incluso a la dictadura que asoló a nuestro Uruguay.

(Ediciones Carolina) Distrubuye Gussi

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