Raúl Forlán Lamarque: sibarita de outsiders

No hubiera sido bueno que viviera mucho, ni más. No estaba hecho para mirar cine viejo con una bolsa de agua caliente en los pies. Para limitar sus cervezas, su vino o sus tabacos, sus noches en vela, leyendo, oyendo, hablando, escribiendo. Está bien que se haya ido así, de golpe, sin avisar, con la brutalidad de una viola distorsionada pero con la suavidad de un rasgueo de balada íntima y reventada. Sibarita de outsiders, ironizaba, cáustico, o adoraba neobarrocamente. Sin Raúl Forlán no hubiera sido posible trasladar al papel escrito la estética del furioso rock punk y dark. Hubiera sido mucho más difícil apreciar baladas á la Bukowski, Lou Reed, Nick Cave, el pedigrí contracultural de la música que invadía, asombrando, desconcertando, desafiando, empujando sin pedirle permiso al establishment estético de los 60 uruguayos, heredero ideologizado de los del 45. Sólo la prosa de Raúl Forlán pudo trasladar el talante de Lou Reed, de Nick Cave, de La Polla, de los Clash y los Pistols al papel, como calamares en su tinta. Sólo él pudo legitimar, sibarita de outsiders, insisto, a Los Estómagos y a Darnauchans, a Jaime Roos y Mateo, hacerlos respetar, con lenguaje novedoso, sintaxis abrupta pero neobarroca, gozándose en una estética alternativa a la «políticamente correcta» en nuestra aldea altiva y hegemonizada por obsoletas elites. Desde «Jaque» y luego desde LA REPUBLICA, aunque también desde las revistas artesanales underground, en largas veladas de degustación y diálogo casi cortazariano. Con cierto pudor intelectual escondido detrás de una bohemia más en la superficie. Luchando contra su comercialización pero tratando de no clausurarse vital y estéticamente. Pero era un radical estético, en su estilo. No aceptaba lo que veía en otros como un renunciamiento a su raíz reventada. Mezcla vernácula de existencialista, rockero reventado y baladista intimista, creía en la fermentalidad de la angustia, de los extremos y de la informalidad sin tersura. Pero sí con ternura. Con esa pudorosa ternura del empujón, la fina boxística o de karate que enmascara la amistad y la proximidad. La rispidez de una viola distorsionada que se limpia en unos delicados acordes de balada. La rispidez autoriza la dulzura, que sin ella podría empalagar. Estuvo como oculto gurú de grupos, eventos, videos, revisiones, evaluaciones de novedades y permanencias. Sufrió y curtió su aventura vital como reviviendo un personaje de la galería de sus héroes culturales. Como cumpliendo un destino trascendental, sin poder ni querer escaparle. Sin nada prometeico, ni tampoco proteico. Tan fiel a sí mismo como a su timidez en grandes grupos, como su vitalidad rugosa en lo suyo, los pequeños grupos homogéneos, donde se comparten premisas, donde no hay que argumentar demasiado. A lo más, matices entre nosotros. Raúl Forlán fue un personaje clave de la cultura joven de la posdictadura. Unos pocos años más que los de la mayoría hacedora de la movida estética posmo en el Uruguay lo convirtieron más en un crítico, difusor y hermeneuta del movimiento que en un creador propiamente. Pero la cultura uruguaya de la posdictadura no hubiera sido lo que fue sin Raúl Forlán Lamarque, mezcla de pedigrí futbolero popular y de musicalidad de fusión, nacido en su tiempo, testigo de su tiempo, protagonista crítico y estilizadamente apasionado, radical, fundamentalista, del rigor estético del outsider. Creo que le gustaría leer esto. Y a mí me gustó escribirlo, escribírselo. Quizá lo lee, o alguien se lo lee. *

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