El despertar de la sexualidad
Es el debut cinematográfico de Dylan Kidd. Y si de primeras veces estamos hablando qué mejor entonces que bucear, sin superficialidad, en el intrincado despertar sexual de un adolescente, quien en una noche descubrirá la fragilidad, sensualidad y artificialidad del mundo adulto junto a su experimentado tío.
Nick (Jesse Eisemberg) llega a Manhattan desde su natal Ohio en busca de su tío Roger (Campbell Scott) con el fin de pedirle ayuda en el terreno sentimental. Roger es un redactor publicitario, soltero y conoce todos los ardides de la seducción. Sin embargo su jefa (Isabella Rossellini), aquella que él creía su mayor conquista, acaba de reemplazarlo por otro con el mismo cinismo que Roger despliega con los demás. Su soberbia y autosuficiencia, sumado a la verborragia implacable hipnotizan al joven e inmediatamente quedan definidos los roles de maestro y aprendiz. Hasta este tramo, Kidd desarrolla la idea del camino iniciático con gran solidez, meticulosidad narrativa y agudeza en los diálogos.
La cámara hiperquiinética de los primeros veinte minutos se transforma luego en un ojo punzante y atento al detalle. Primeros planos y recortes del cuerpo son suficientes para conseguir la sutileza buscada por Kidd. Los breves roles de Jennifer Beals y Elizabeth Berkley aportan su cuota de sensualidad y quizás superen el estereotipo de féminas fatales, habitualmente huecas y fáciles.
Sin embargo, el filme se despega de la anécdota para adentrarse en la intimidad de sus dos protagonistas sin perder la intensidad de los primeros diálogos. Sobre este punto resulta muy interesante el intercambio de roles, donde la figura del donjuán, interpretado con gran sobriedad por Campbell Scott, comienza a resquebrajarse, mostrando sus aristas más oscuras, contradicciones y soledades.
La curva descendente del Casanova perfecto y las inseguridades del joven pupilo se incrementan en la noche rabiosa de la ciudad, cada vez más patética al tiempo que seductora. Es casi obligatorio remitirse a Sex and the city o al cine de Neil Labutte como modelos inspiradores de este proyecto, cuyo mayor mérito consiste en la contundencia de los diálogos y en una suerte de moraleja hacia el final.
Antifaz en la canción anhelaba volver a ser niño, al igual que Roger, que tras su precipitada caída envidia la inocencia y la expectativa de su sobrino Nick para quien las mujeres seguirán siendo cosa de hombres. Cínico, inteligente y reflexivo, el debutante Dylan Kidd consigue con muy poco trascender la mediocridad de numerosos filmes sobre el mismo tema. *
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