Defensa propia
l itinerario creativo responde, más que a un impulso volitivo, a un cuasi compulsivo instinto de conservación, que le permite al escritor perdurar en el tiempo mediante su obra y derrotar al siempre temido fantasma del olvido.
En cierto sentido, la tarea del escritor es análoga a la de un arquitecto de vanguardia, que a medida que diseña líneas, perfiles y geométricas estructuras, va edificando su propia identidad.
Sin embargo, a diferencia del constructor que trabaja con materias primas limitadas, el escritor es un privilegiado por el destino, porque su insumo primordial es la palabra, que es naturalmente inagotable.
Sin embargo, el mero envase estético no garantiza el éxito ni el propósito último de la escritura, que es – sin dudas- la comunicación con un universo exterior siempre diverso y mutable.
En efecto, la literatura que se precie de tal es siempre una armónica simbiosis entre la forma y el contenido, entre la estética de la expresión artística y la insoslayable ética del discurso.
De algún modo -más allá de estilos o géneros- toda obra literaria siempre supone una suerte de compromiso, mediante el cual el escritor coloniza el mundo íntimo del lector.
Para consagrar el renovado milagro del indispensable diálogo entre escritor y lector, se requiere interpretar cabalmente los códigos de la convivencia humana.
No en vano -en los últimos tiempos- en nuestro Uruguay los libros más requeridos son aquellos que recuperan fragmentos de historia, retratan identidades o exploran los territorios de la epopeya social.
Hoy, asistimos a un fenómeno quizás inédito: tanto en calidad como en cantidad, la literatura uruguaya está compitiendo exitosamente con la producción de promocionados autores extranjeros.
Existe, en efecto, una saludable inclinación hacia la creación vernácula, que para nada responde a una exacerbación del nacionalismo ni a una pulsión narcisista.
La explicación más razonable que requiere sin dudas una minuciosa lectura sociológica y hasta psicológica, es que los uruguayos están inmersos en una profunda experiencia de introspección colectiva.
Acicateada por una cruda realidad que nos despertó del un prolongado letargo histórico, la sociedad uruguaya vive hoy un desafío crucial: la búsqueda de su perdida identidad.
Demolido definitivamente el mito de la Suiza de América que nos transformó circunstancialmente en una suerte de ínsula europea en medio de un continente agredido y asolado por el atraso y la pobreza, Uruguay se lanza hoy raudamente a la apasionante aventura del reencuentro con su propio destino de nación.
Sin embargo, en un mundo globalizado por el lucro, la frivolidad, la desigualdad social y la tragedia, la reconstrucción de nuestra trama identitaria se torna una tarea harto compleja.
Uno de los más fieles intérpretes de esa sensibilidad uruguaya en plena ebullición es, sin lugar a dudas, el poeta, novelista, narrador y ensayista uruguayo Mario Benedetti.
Con 84 años de edad cumplidos hace apenas unos días, Benedetti sigue siendo una de las voces más descollantes de las letras castellanas y una suerte de embajador de lujo de la cultura uruguaya.
Afortunadamente, este año, la sociedad uruguaya saldó una deuda pendiente con el excepcional creador, cuando la Universidad de la República le otorgó el título de Doctor Honoris Causa.
Ese homenaje en vida al cual no somos demasiado afectos los uruguayos, significó un acto de justicia y reparación moral para un personaje descollante de nuestras letras.
Durante la dictadura, Mario Benedetti debió abandonar nuestro suelo, exiliándose finalmente en España, donde actualmente reside la mitad del año. A miles de kilómetros de su suelo natal, el emblemático narrador siguió luchando inclaudicablemente por sus más íntimos ideales y convicciones.
El romance entre Benedetti y su multitudinaria legión de lectores, que trasciende a las generaciones, es una relación de causa efecto.
El célebre escritor, que edificó su vasta producción sobre una concepción narrativa eminentemente urbana, es un minucioso intérprete y catalizador de sentimientos e inquietudes colectivas.
Sin renunciar a la universalidad, Benedetti ha sabido capturar bajo su pluma todos los rasgos e inflexiones de nuestra idiosincrasia, lo que le permite mantener un permanente coloquio con sus compatriotas de todas las edades.
En sus octogenarias primaveras, el paradigmático escritor sigue creando incesantemente, con el propósito de mantener una perpetua comunión con sus lectores.
En «Defensa propia», que acaba de editarse en nuestro mercado editorial, Mario Benedetti construye un nuevo universo poético cargado de íntimas reminiscencias, que transita los territorios de la reflexión, la emoción, la crítica y hasta la ironía.
En la primera parte de esta obra, sugestivamente intitulada «Otra vez el mar», el emblemático creador reflexiona en torno a la realidad como proyecto existencial siempre azaroso, el silencio como metáfora de la nada, el tiempo y la nostalgia.
La pluma del poeta se desliza a través de los pretiles de la incertidumbre, la convalecencia como intemperie y el sufrimiento como enfermedad crónica de la vida.
En el verso de Benedetti, la noche es una imagen asociada a la angustia, la nada y el repaso de los días gastados, que opera como una suerte de íntima catarsis.
Obviamente, ya en los primeros versos de este libro, reaparece -como en todas sus últimas obras- el recurrente tema de la muerte, que autor asume obviamente como inexorable.
Sin embargo, en «Soneto del amparo», el amor se transforma en una infranqueable frontera contra el odio y las miserias humanas.
En el segundo segmento de este volumen intitulado precisamente «Defensa propia», el poeta trabaja sobre materias primas muy sensibles, como las despedidas del amor, el país o la vida, las derrotas, el drama de los desaparecidos y el dolor.
La pluma de Benedetti adquiere su acostumbrada agudeza cuando alude a la corrupción, la prostitución de algunas democracias, la mercantilización global y el espejismo de los mundos virtuales.
El verso se cuela también en los intersticios de la tristeza, la ausencia, las pérdidas y el recurrente drama del epílogo existencial.
En la tercera parte de este libro, que el autor bautizó «Como un gallo», Benedetti reflexiona acerca de la alegría, la felicidad, la infelicidad, los antagonismos del mundo, los ritualismos fúnebres, la infancia y la pérdida de la inocencia.
En cambio, «Sur» propone otras inflexiones poéticas, que abarcan territorios como el fluir del tiempo, las geografías emocionales y afectivas, la nostalgia profunda, la soledad y la culpa.
En el último grupo de versos intitulado «Lugares comunes», el autor se aventura nuevamente en los laberintos del tiempo, la realidad, la esperanza robada, el hastío de lo que no cambia, la mentira y la conciencia como cuestión moral.
El libro incluye también más de ochenta bagatelas, breves reflexiones casi siempre irónicas pero igualmente elocuentes, en las que Mario Benedetti pone bajo la lupa al amor, el odio, la política, la religión y la muerte, entre otros muchos temas de análisis.
En este nuevo poemario, el longevo autor uruguayo ratifica todo su acendrado oficio creativo. Sin embargo, como ha sucedido en sus últimos libros, la calidad de su verso no siempre colma las expectativas de los lectores que conocen y admiran su obra.
De todos modos, más allá de eventuales estructuras y formas estéticas, Mario Benedetti siempre propone un afinado uso del lenguaje y la defensa de la palabra como primordial herramienta de construcción literaria.
Lo realmente plausible de este escritor -que es ya una suerte de leyenda viva de la cultura universal- es la perenne lucidez de su discurso, que aborda materias siempre sensibles del mundo contemporáneo.
La escritura de Mario Benedetti no se agota en la mera lucubración introspectiva de sus propias tribulaciones personales. En efecto, su poesía palpita intensamente con las incertidumbres de sus coetáneos, con quienes comparte la experiencia de vivir en un tiempo signado por los recurrentes conflictos y las angustias.
«Defensa propia» condensa nuevamente el «romance» del escritor con sus lectores, en una suerte de comunión que trasciende a la mera experiencia creativa, para transformarse en una suerte de imperativo de naturaleza ética.
Como a lo largo de su prolongada carrera, Mario Benedetti sigue siendo fiel a sus inveteradas convicciones y a su siempre intransferible compromiso social, político y cultural. *
(Editorial Seix Barral)
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