ESTRENO DE ETERNO RESPLANDOR DE UNA MENTE SIN RECUERDOS

Comedia surreal

* Retornó el genio de Philip Kaufman y escribió una historia para que la dirigiera el francés Michel Gondry. Está protagonizada por Jim carrey, Kate Winslet, Mark Ruffalo y Elijah Wood.

Viernes 24 de septiembre de 2004 | 6:05
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 Jim Carrey, a la b

Volvió el notable Charlie Kaufman, autor de los guiones de los dos ingeniosos filmes de Spike Jonze (¿Quieres ser John Malkovich?, 1999; El ladrón de orquídeas, 2002); autor del guión del filme Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, dirigido por el francés Michel Gondry. Se hace entonces hincapié en la figura de Kaufman en tanto sus característicos rasgos de escritura se perciben claramente en sus cuatro guiones originales y en tanto Eterno resplandor… plasma claramente sus inquietudes.

Comedia romántica, melodrama surrealista en clave de ciencia ficción, la segunda película de Gondry plantea la posibilidad tecnológica de borrar de la propia mente los recuerdos de personas alguna vez queridas, incluso la posibilidad de borrar a las personas mismas. Este es el punto de partida de una película que bucea en la psiquis protagónica, en los recuerdos, traumas y humillaciones de Joel Barish (Jim Carrey), quien se propone borrarse a una chica, se arrepiente en el mismo proceso de borrado y libra una batalla cuerpo a cuerpo entre su mínimo grado de conciencia-voluntad y la tecnología blanqueadora que lo excede.

Eterno resplandor…: la temporalidad fragmentada del relato y la exposición de los protagonistas son apuestas fuertes desde el guión y la realización. Al ingenio conceptual se opone se le suman climas y desarrollos que respiren verdad. Estos climas son breves fragmentos de virtuosismo formal. Los personajes funcionan como ideas: las actuaciones de Carrey y Kate Winslet están todo lo bien que pueden estar partiendo de personajes a los que se les otorgó poca atención y no el suficiente espesor dramático. Hay una subtrama que une a Kirsten Dunst (Mary) con Tom Wilkinson (Dr. Howard Mierzwiak) y desemboca en un final en la línea hapy-end.

Jonze supo construir caracterizaciones sólidas en Malkovich no permitiendo que el ingenio le gane a las piezas-personajes que lo hacían funcionar: allí John Cusack siente y emociona en medio de pasadizos surrealistas y planteos de ciencia ficción. En Human nature, Gondry-Kaufman proponen una tenaz sátira filosófica en la que un exceso de ideas transforma personajes en excusas para transportarlas y deja al filme con poca humanidad. En Eterno resplandor…, se ve una potencialidad climática que se asoma y busca lograr un tratado filosófico y formal.

La historia exige una temporalidad sincrónica: Gondry genera la psiquis protagónica mediante un laberinto formal poco usual, visualmente efectivo y cinematográficamente celebrable; toma la escritura de Kaufman y la transforma en imágenes que sorprenden en todo momento y hasta fascinan en algunos (el paso del inmenso espacio de la librería al departamento de sus amigos mediante artilugios escenográficos y de iluminación; la desaparición videoclipera de personas y objetos al compás de la huida de Carrey-Winslet; la lluvia de la infancia en el departamento amoroso).

Hay humanismos aislados pero no una sensación permanente de pertenencia a una historia. Y no se trata de negar la propuesta de una temporalidad que escapa la linealidad volviéndose inmanente al presente protagónico; el problema no reside tanto en cambiar las líneas espacio-temporales anárquicamente solapadas como en hacer convivir esta propuesta con personajes palpables. El problema yace quizás en el protagonismo combativo del Carrey, consciente en el mundo de los recuerdos; protagonismo que torna por momentos al filme en un vertiginoso thriller surreal desplazando sus verdaderas potencialidades humanistas.

El ingenio vuelve a enfrentarse a la verdad emocional de la trama y la narración en reverso remite en un momento a una ingeniosa-y-vacía película de Christopher Nolan: aunque el universo de Gondry es infinitamente más interesante que el de Memento (2000), recae en el facilismo innecesario de engañar al espectador y buscar el golpe y la sorpresa de final-de-película: el prólogo del filme nos anticipa el final del mismo mediante un flashforward que hace creer que los personajes se conocen por primera vez (cuando se trata de la segunda); este inadvertido salto temporal podrá hacer sonreír a mucho público-adolescente (y no nos referimos aquí a su edad) pero confunde y, en lugar de interesante, es netamente anticlimático.

Plantea quizá la permanencia y equivalencia del amor original ante el enamoramiento reexpuesto: el espectador ve el amor post-recuerdos-borrados y lo interpreta como el punto de partida de la historia de amor original, que se desenvuelve justamente en la exploración de esos recuerdos perdidos; se han borrado los recuerdos pero los personajes sienten en una continuidad que va más allá de las innovadoras tecnologías. Lo dice más explícitamente el filme: “Podés borrar a una persona de tu mente. Sacarla de tu corazón es otra historia.”

La emocionante idea se opone al clima, el artilugio cronológico funcionaría mejor si no plantease los interrogantes que, sin sumar demasiado, plantea: ¿Dónde se conocieron?; ¿Cuántas veces?; “Ah, mirá, ¡son los mismos planos que los del comienzo!”. Las preguntas de Patrick (Elijah Wood) en el prólogo imponen interrogantes que reaparecen con sus sucesivas apariciones y parecen sólo embarrar el terreno con una pretenciosidad ­aquí sí­ climáticamente contraproducente.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos es visualmente innovadora y narrativamente refrescante. Su propuesta nunca es tediosa sino, en todo momento, original y arriesgada; su estreno en las salas locales es, en los tiempos que corren, aire fresco entre tanta homogeneización en la exhibición porteña: la ambición formal y temática es siempre saludable.

Pero el riesgo siempre implica un desafío a rajatablas; en este caso ese desafío es emocional: pese a que el realizador francés conoce a los personajes (se comprueba en las imágenes finales y en algunos de los breves fragmentos amorosos), no logra conciliar ideas con desarrollos climáticos ante un guión que apela ­lo hace con éxito­ constantemente al ingenio psicofilosófico.

Gondry emociona en los próximos años con la impactante precisión estética con la que lo hace en sus videoclips; con la sensibilidad que traslucen sus dos primeros largometrajes. Su filme debe verse. *

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