Antología: un viejo trovador
En un tiempo histórico caracterizado por el monopolio de las imágenes y la asfixiante cultura mediática, los discursos parecen tornarse cada vez más vacíos y efímeros. Es que el vértigo de la posmodernidad está coagulando dramáticamente la sensibilidad y el espíritu crítico de la sociedad contemporánea.
Sin embargo, en medio de ese paisaje de apariencias y desolación espiritual, la literatura sigue constituyendo un fuerte soporte a las pulsiones emocionales de la humanidad.
Basta analizar la reciente Feria Internacional del Libro clausurada hace apenas una semana, para corroborar inequívocamente que la lectura sigue siendo una suerte de ejercicio litúrgico para los uruguayos de todas las edades.
No en vano en apenas dos semanas, más de sesenta mil personas visitaron los puestos de venta de la muestra literaria, lo que ratifica la vocación y compromiso de nuestros compatriotas con el libro.
Esa cultura aflora prematuramente desde la infancia, lo que queda testimoniado por la importante comercialización de la cada vez más abundante oferta literaria destinada a los más pequeños.
Todo parece indicar que, felizmente, la pasión por la lectura se transmite de generación en generación, en un fenómeno de causalidad que reafirma y perpetúa nuestra identidad colectiva.
En ese contexto – tanto en calidad como en cantidad – la literatura nacional sigue ganando espacios en el mercado uruguayo, en un ejercicio que realimenta permanentemente nuestros rasgos identitarios.
Sin embargo, la poesía está virtualmente ausente de los anaqueles de las librerías. El pretexto más habitual es que este género literario ha perdido adeptos y no es requerido por los lectores, salvo en el caso de los autores nacionales ya definitivamente consagrados. La presencia de libros de poesía de escritores extranjeros salvo naturalmente el caso de los clásicos es virtualmente nula.
Obviamente, esta afirmación tan arraigada en numerosos editores
y libreros, es un mero pretexto que pretende justificar actitudes omisas. Es claro que no es posible vender lo que no se ofrece.
La poesía sintetiza, como ningún otro género expresivo, la siempre inenarrable emoción del parto literario. Fecundada por la inspiración, se transforma en promisoria crisálida y luego en mariposa, para iniciar su glorioso vuelo sin fronteras de tiempo ni espacio.
Sin embargo, a diferencia de la mariposa, la poesía no afronta la tragedia de la muerte prematura. Por el contrario, se nutre y fortalece incesantemente con la lectura, la declamación o la musicalización, en una suerte de perpetua resurrección.
De algún modo, este género literario siempre supone una suerte de compromiso con el lector, un tiempo histórico, una idea, una pasión y la construcción de una utopía que jamás sucumbe ante el desaliento.
Para el emblemático autor, compositor y docente tacuaremboense Washington Benavides que fue homenajeado recientemente en la Sala Zitarrosa – la poesía es piel, carne, sangre, fango, sudor, amor, alegría, angustia, rebeldía y reflexión.
Su escritura es un soplo de lirismo sobre cada fragmento de humanidad, que cobra vida propia por la magia de una pluma de trazo siempre magistral.
Benavides es una suerte de trotamundos, que transita recurrentemente por los territorios del alma humana, para ir decantando emociones, en un quehacer creativo que siempre tiene algo de lozano e iniciático.
Si asumiéramos el desafío de definir cuál es el tema vertebral de la obra del autor tacuaremboense, habría que concluir que la obsesión del poeta siempre ha sido el hombre.
En efecto, el hombre es siempre el personaje, como centro o parte de un paisaje espacial y temporal, como protagonista o agonista, como manojo de visceras y miedos o bien como creación divina olvidada por su creador.
«Antología: un viejo trovador» reúne una cuidada selección de parte de la obra del paradigmático poeta uruguayo, que recorre un vasto discurrir literario de medio siglo.
En poco más de doscientas páginas, la obra relanza textos fundamentales contenidos en recordados libros, como «Tata Viscacha» (1955), «El poeta» (1959), «De poesía» (1963), «Las milongas» (1965), «Los sueños de la razón» (1967), «Poemas de la ciega» (1968), «Hokusai» (1975), «Fontefrida» (1979), «Murciélagos» (1981), «Finisterre» (1985), «Fotos» (1986), «Tía Cloniche» (1990), «Lección de exorcista» (1991), «El molino y el agua» (1993), «La luna negra y el profesor» (1994), «Los restos del mamut» (1995), «Canciones de Doña Venus» (1998) y «El mirlo y la misa» (2000).
El registro poético de Washington Benavides que se ha trasladado recurrentemente al pentagrama, se interna en la peripecia humana, que es tan cruda como desafiante.
El verso del autor, que captura en sus estructuras la universalidad del lenguaje, no soslaya ningún estadio emocional. A menudo, su pluma se cuela a través del banco de niebla del desencanto, para emerger raudamente a la luz.
El escritor comparte la aventura de vivir con su íntima complejidad, renunciando a toda anestesia, para afrontar la siempre perentoria emergencia de luchar por lo que más íntimamente siente. La poesía de Benavides es entraña y sustancia, pero también es sinónimo de búsqueda, de peregrinaje, el itinerario del arqueólogo indomeñable que asume su destino.
Demostrando un siempre sorprendente dominio de las técnicas y las construcciones morfológicas, el autor tacuaremboense captura en su verso una multiplicidad de imágenes, que recrean emociones, nostalgias, afectos, amores y hasta incertidumbres.
Sin embargo, más allá de meras estructuras o envases literarios que atañen directamente a la estética y la belleza del verso, la poesía del entrañable escritor sorprende siempre por la estatura, profundidad y sensibilidad de sus contenidos.
Aunque en parte de su vasta producción literaria apela a la tradición y al acervo telúrico, Benavides no puede ser considerado un poeta de cuño nativista. Su escritura trasciende a las meras inflexiones de su aventura personal, para lanzarse al desafío de compartir las mismas vivencias de sus coetáneos.
La pluma del escritor trasunta siempre una suerte de eclecticismo, que le permite dialogar con sus lectores, en un coloquio que desestima todo eventual eufemismo o subterfugio dialéctico.
Consecuente con sus más íntimas convicciones, el autor ensaya un ejercicio de honestidad intelectual que le transforma en un fiel intérprete y depositario de sentimientos y valores colectivos.
La literatura del reconocido creador tiene pertinencia y pertenencia, porque captura fragmentos de cotidianidad, que – en algunos casos -transitan por los territorios de la evocación y en otros por vivencias contemporáneas.
Un aspecto vertebral de la obra de este autor es su permanente interrogación sobre la función de la poesía y del poeta, en torno a la cual giran y su imbrican todos los temas contenidos en su discurso literario.
En esta vasta antología, que recoge apenas algunos fragmentos de su profusa producción poética, Washington Benavides ensaya una lectura para degustar, por su estilo y la riqueza de su acerado lenguaje. No obstante, el creador renuncia a toda contemplación narcisista de su obra, para integrarse al paisaje humano que inspira su creación.
Esta cuidada selección de versos nos convoca – en más de un sentido – a reflexionar sobre esos «amorsecos» a los que el autor aludía en su última producción narrativa editada el año pasado, que naturalmente tienen un carácter simbólico y metafórico.
Como esa semilla que tiene la propiedad de adherirse a la ropa, también estos poemas rescatados del tiempo
y atesorados en este libro, se impregnan en la piel del alma.
La poesía de Washington Benavides convoca al lector a reflexionar en torno a los legados del pasado, la perdurabilidad de los afectos, las inflexiones de la memoria, el amor, el destino y las siempre redividas utopías.
En un tiempo histórico de sensibilidades anestesiadas por estentóreos discursos apócrifos y virtuales espejismos mediáticos,
la poesía de Washington Benavides se transforma en una vivificante bocanada que oxigena los cada vez más desolados desiertos de la posmodernidad planetaria.
La escritura de este autor y compositor sin dudas de excepción, es una síntesis entre la ética y la estética, que interpreta cabalmente el superior mandato de la literatura. En ese sentido, se puede inferir que la obra del poeta tacuaremboense conforma toda una larga secuencia, que ciertamente trasciende las coordenadas del tiempo. *
(Ediciones de la Banda Oriental)
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