"La enseñanza de la historia es un aparato ideológico que se nos inocula desde la escuela"
El aclamado autor visitó nuestro país durante 24 horas para concurrir a la 27ª Feria Internacional del Libro, que fue clausurada el pasado domingo en el LATU. Nuestro entrevistado destacó muy particularmente la figura del guerrillero argentino cubano Ernesto Che Guevara, manifestando que su ejemplo está más vigente que nunca, porque representa valores éticos diametralmente opuestos a los dominantes en el mundo contemporáneo. Finalmente, formuló un diagnóstico bastante desencantado del futuro de la Argentina, que, a su juicio, «está gobernado por la deuda externa».
Mario Pacho O’Donnell, que es psiquiatra de profesión, escribió varios libros y numerosos artículos sobre su especialidad, que no ejerce desde hace un buen tiempo. Sin embargo, mantiene su actividad como docente. Su incursión en la literatura comprende, entre otros títulos, Copsi, La seducción de la hija del portero y Las hormigas de Chaplín. También escribió algunas piezas para teatro como Escarabajos, Lo frío y lo caliente y Vincent y los cuervos. Dentro de la serie «La historia argentina que no nos contaron», Pacho O’Donnell publicó El grito sagrado, El águila guerrera y El rey blanco.
Asimismo incursionó en la biografía histórica, sobresaliendo su obra Che: la vida por un mundo mejor, un profuso trabajo de investigación que abarca virtualmente todo el itinerario existencial del guerrillero argentino. Su más reciente aporte publicado este año, es Los héroes malditos, primer tomo de una saga literaria de largo aliento en la que nuevamente cuestiona a la historia oficial, rescatando a héroes y personajes ignorados y demoliendo numerosos mitos.
-¿Por qué un médico psiquiatra se dedicó a la literatura y particularmente a la investigación histórica?
-Yo ejercí muchos años como médico psiquiatra, dedicándome a la psicoterapia y el psicoanálisis. Actualmente, sigo ejerciendo la docencia, pero he abandonado la práctica clínica propiamente dicha. Esta actividad me llevó a una crítica al inevitable elitismo de una práctica que se hace de uno a uno y en sesiones de cuarenta y cinco o cincuenta minutos. Esa situación deriva en un alcance social muy escaso. En esas circunstancias, me especialicé en la práctica con grupos terapéuticos desde una orientación psicoanalítica. Incluso, fui uno de los pioneros de esa especialidad y tengo una abundante producción bibliográfica sobre el tema. Esta especialidad está entre el mero psiquiatrismo de considerar al paciente un loco, y el elitismo. En el medio de esas corrientes, había toda una franja desabastecida en los hospitales, obras sociales y otras instituciones que trabajan con gente de bajos recursos de la sociedad, que era indispensable cubrir.
Historias verdaderas o aparentes
-Mi pregunta apunta a saber cómo se procesa esa conversión de la ciencia -que en el caso de su profesión es una ciencia humana y no abstracta- a la literatura histórica.
-Nunca he podido dar una explicación específica. De todos modos, debo recordar que mi inclinación por la literatura es previa, porque la escritura en mí es una vocación bastante precoz que se remonta a mi infancia. La relación entre el psicoanálisis, la historia y otras pasiones como la arqueología, está vinculado a un eje básico en mi pensamiento: la desconfianza en lo aparente. No creo en lo que se nos muestra. Prefiero reflexionar en torno a qué se oculta detrás de lo que se nos muestra. Es la diferencia entre la historia aparente y la verdadera. Así como el psicoanálisis es tratar de descubrir cuáles son las verdaderas motivaciones, también esa metodología funciona con el análisis de la historia.
-En cierta medida, todas esas actividades -aunque por distintos caminos- constituyen una suerte de búsqueda. ¿Es así?
-Es cierto. La mía es una búsqueda, que tiene el objetivo concreto de encontrarle algún sentido a un fenómeno bastante inexplicable, que es -en definitiva- el hecho de estar vivo.
Varias veces se me preguntó cuál sería mi epitafio. Yo respondí que si alcanzara el espacio en la lápida, me gustaría que se escribiera lo siguiente: allí yace alguien que buscó, no encontró, pero buscó. Creo que el desafío es buscar lo más verdadero que se esconde detrás de lo aparente.
-La dicotomía entre lo verdadero y lo aparente nos conduce hacia una reflexión en torno a la verdad. ¿Existen realmente muchas verdades?
-Creo que hay muchas versiones de la verdad. Cada historia es una versión posible, aunque naturalmente nunca son desinteresadas. En Argentina hay una historia oficial que es la de los ganadores de las guerras civiles, no sólo de las que terminan en Caseros, sino también las que se prolongan en las batallas entre Urquiza y Mitre y terminan en la Guerra de la Triple Alianza. Esa es una historia centralista, porteñista, elitista, extranjerizante y oligárquica. Esa es una versión de la historia.
Yo estoy trabajando en una historia que definiría como nacional y popular, porque no le tengo miedo a las palabras. No es vano mi último libro, Los héroes malditos, yo se lo dediqué a un gran historiador revisionista, que fue José María Rosa. Vivía gran parte del año en la barra de Maldonado, cuando no era el lugar fashion que es ahora. El vivía en el extremo de La Barra y me invitaba a su casa, donde manteníamos largas conversaciones con el rumor del mar como fondo.
-¿Hay un componente de mito en esa historia que nos cuentan que puede ser analizada con un sentido crítico?
-Todo forma parte de un sistema ideológico que apunta a sustentar a un modelo político, económico y social. Incluso, considero que la enseñanza de la historia es un aparato ideológico que se nos inocula muy prematuramente, desde la propia edad preescolar.
En ese proceso, se dice qué prócer es bueno y cuál no es tan bueno. También, definen qué tipo de ciudadano necesita determinado modelo.
-De todos modos, seguramente usted tiene claro que asumir una lectura revisionista de la historia tiene sus costos, porque siempre supone enfrentarse al poder.
-Es cierto lo que usted dice. El revisionismo de la historia no es gratis, siempre se pagan determinados costos. Mi último libro va precisamente en esa dirección revisionista. Esta obra saldrá en varios tomos. El primero, que ya está publicado, termina en Caseros y la idea es que las siguientes entregas lleguen hasta la época contemporánea.
El Che es el icono mayor
-Su reflexión sobre las múltiples visiones de la historia nos conduce inevitablemente a un paradigma crucial de la segunda mitad del siglo XX: Ernesto Che Guevara. Usted trabajó en profundidad sobre este personaje en su libro Che: la vida por un mundo mejor. ¿También en este caso hay más de una historia?
-Sobre este personaje existen realmente dos historias. Una de ellas es la oficial narrada por el gobierno cubano y en particular por Fidel Castro, que es un hombre político muy astuto, casi un superdotado. Ernesto Che Guevara es, sin dudas, el icono mayor del planeta. Eso lo vemos en todos los noticieros, ya que su rostro recorre el mundo, porque siempre está presente donde haya una manifestación. Lo que quiero decir es que si bien la etapa cubana del Che es sin dudas muy importante, representa ocho de sus treinta y nueve años de vida. En mi libro biografía, yo me ocupé -además de ese período tan importante- de los otros treinta y un años de la vida de Guevara.
-De la lectura de Che: la vida por un mundo mejor, se infiere que la elaboración de la obra supuso un prof
uso y complejo trabajo de investigación histórica.
-Tuve que indagar mucho en Argentina, en Bolivia, en Ecuador, en México y en Francia, entre otros países. Recogí numerosos testimonios, desde la niñera que cuidó al Che cuando tenía tres años hasta su propio asesino, en lo que para mí fue una experiencia muy fuerte. Mi libro plantea una visión bien latinoamericanista del personaje, que incluso rescata su argentinidad. Uno de los hitos medulares de la vida del Che que está registrado en mi libro, es su presencia en la conferencia de Punta del Este. En esa reunión, en la que Estados Unidos proponía la Alianza del Progreso, de Kennedy, por el temor de que se expandiera la experiencia cubana, el Che pronunció un memorable discurso. Luego estuvo Argentina y Brasil, para visitar a los presidentes Arturo Frondizzi y João Goulart, que luego fueron derrocados con el pretexto de haberse relacionado con subversivos.
-Contemporáneamente y luego del trigésimo aniversario de su asesinato, la figura del Che ha sido burdamente banalizada por el propio sistema capitalista que él combatió. ¿Comparte esta visión?
-Es cierto de que usted dice, que contemporáneamente el rostro del Che aparece en remeras y afiches. De todos modos, eso también puede tener una lectura positiva. Estando en España, un periodista de dijo que su hijo tenía un afiche del Che en la pared de su dormitorio y que seguramente no tenía ni la menos idea de quien se trataba. Yo le dije que seguramente su hijo sabía que el Che había sido un rebelde que murió por sus ideas y que eso era bastante. Yo no devaluaría la imagen de los jóvenes que llevan alguna imagen del Che, porque con esa actitud algo nos están diciendo. Han hecho una opción.
-Al margen de la ruptura de la bipolaridad planetaria y el fin de la denominada «guerra fría», ¿están actualmente vigentes las causas que derivaron en el fenómeno guerrillero de las décadas del setenta y el setenta?
-El mundo en el que vivimos marca, lamentablemente, el triunfo de los enemigos del Che. El había diagnosticado que los males del mundo se originaban en el espíritu imperial de los Estados Unidos.
Esta situación explica la vigencia del ideario del Che, que según una encuesta de Gallup del año pasado, es la figura más prestigiosa del mundo en este momento. La explicación es que representa valores como el coraje, la rebeldía, la honestidad, la ética y la idea que se puede morir por ideales. Eso es todo lo contrario a los valores que nos propone este sistema hegemónico planetario, que son el materialismo y la corrupción, entre otros.
Mientras más se acentúen esos pecados en la sociedad contemporánea, más van a resaltar los valores representados por el Che.
El momento histórico en el que vivió el Che era muy diferente. Había un mundo bipolar con dos grandes bloques, en el que era posible imaginar una sociedad distinta, existía una gran discusión ideológica y una ebullición generalizada. Basta recordar algunos mandatarios, como Salvador Allende en Chile, Juan Domingo Perón en Argentina, João Goulart en Brasil y Juan Velasco Alvarado en Perú, entre otros. Además, por supuesto, de la experiencia cubana. Por entonces, la idea de un cambio aparecía como algo posible. Luego, todos estos procesos fueron anegados en sangre.
-¿Están cerradas las heridas del pasado reciente?
-No, de ningún modo. Hay heridas que no cierran nunca, pero igualmente deberían dejar ciertas enseñanzas. En ese sentido, Europa puede ser un ejemplo de lecciones aprendidas. Los europeos decidieron no hacerse más la guerra, luego de tantos conflictos y tragedias colectivas.
La deuda estrangula a América
-¿América Latina aprendió las lecciones del dolor?
-El gran problema de América Latina es que está constituida por países periféricos, que están estrangulados por las pesadas deudas externas. Yo creo que un país como la Argentina está gobernado por la deuda externa. Los gobiernos podrán tener una actitud más o menos ética, más o menos cómplice y ciertos márgenes para moverse, pero siempre hay un fuerte condicionamiento. La deuda externa resuelve cuánta gente por año va a vivir o va a morir, cuánta miseria habrá y cuántos trabajadores están ocupados o desocupados.
-¿Esta posmodernidad que vivimos con tantas incertidumbres, ha modificado las relaciones de dependencia?
-Actualmente no hay, como en el pasado, un Goliat con la cabeza instalada en Washington. Ahora, hay organizaciones financieras sin rostro dirigidas por gerentes y pocas veces se sabe quiénes son realmente los patrones. Argentina no podrá despegar hasta que no resuelva su situación económica externa. Kirchner tiene muy pocas alternativas para oponerse a las sugerencias del Fondo Monetario Internacional y los organismos financieros.
-¿Considera posible asumir una estrategia regional común para repudiar la deuda que haga reflexionar a los acreedores?
-Para eso, deberíamos contar con dirigentes con espíritu patriótico y eso es precisamente lo que no tenemos. En Argentina, hemos tenido ministros de Economía que al día siguiente de dejar su cartera ya ocupaban un cargo importante en organismos financieros internacionales. El endeudamiento externo no es un pecado original, sino un fenómeno que produjeron los socios internos de los imperios extranjeros.
El endeudamiento nació de las coimas y de otras regalías que tenían una fachada legal.
-Usted ha planteado una visión claramente desencantada de la situación regional. ¿Qué expectativas puede tener Uruguay en caso de que la izquierda acceda al gobierno?
-No creo tener una visión tan negra del futuro, sino que estoy un diagnóstico de las dificultades que afrontan los países de la región. Cuando se revisa el pasado, también se analizan valores. Tanto en la historia argentina como en la uruguaya, hay personajes extraordinariamente patrióticos, honestos y leales.
Yo tengo confianza que el tiempo siga generando personajes similares. Incluso, cuando me preguntan si esta es la peor crisis que afrontó mi país, yo respondo que la peor crisis fue la dictadura que gobernó desde 1976 hasta 1983.
Aunque no puedo hablar demasiado de Uruguay, tengo la impresión que su situación es más cómoda que la de Argentina, porque tiene una clase política más respetable y que no ha llegado a los mismos niveles de depravación.
Uruguay tiene mejores posibilidades que las nuestras.
-¿Con un gobierno de izquierda?
-Creo que sería bueno que cambiara el gobierno, después de tantos años de dominio de blancos y colorados.
Además, parece que se trata de una propuesta moderada. Se requiere un gobierno con conceptos distintos en materia de derechos humanos, de distribución de la riqueza y que practique un capitalismo más humano. *
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