Ni aún el dolor es eterno
Una mesa, unas sillas; la luz (Martín Blanchet) será tenue, y llena de matices con esa sensación de intemporalidad de los días nublados. Los colores, incluido el vestuario, no serán los del mundo coloreado; viran al gris. Algo nos dice que la pieza no ocurrirá en ninguna parte precisa. Sucederá, en buena parte, en la mente de los agonistas.
Múltiples referencias cruzadas entre lo real y lo irreal vuelven a aparecer en el texto, donde hay todo un subtema sobre el frío y el hielo. Agnetha, la psicóloga (María Mendive), viene de una parte muy fría de América; el apellido que en algún momento se atribuye parece islandés. El cerebro del criminal es un mar Artico, Nancy (Margarita Musto) dice que no puede guardar su amor por Roberto, su marido, en el congelador. La historia principal es simple y también habla de sentimientos congelados y descongelados; las historias secundarias, como el amor de Agnetha por el doctor Nabkus, las aventuras extraconyugales de Roberto y el periplo de Ingrid, que no aparecen en escena, historias que nos son contadas por los personajes, tienen algo más de temperatura. Hay curiosos paralelos, como si los personajes se doblaran de fantasmas. Ingrid es como una imagen virtual de Rhona; no se ve a ninguna de las dos, e Ingrid viaja y se aleja en el espacio mientras Rhona se aleja en el tiempo, hacia el olvido.
La obra se desarrolla por monólogos, y apenas hay tres o cuatro escenas en que los personajes interactúan. Agnetha, Nancy y Ralph hablan solos: lo hacen para sí y para nosotros, en un estilo confesional y abierto que nos conquista de inmediato pero que induce y mantiene la idea de distancia; y algo hay de la estética de Brecht en Congelados. Como el autor alemán, la autora Bryony Lavery, no parece presente en Congelados; y si no fuera porque un cúmulo de referencias culturales la sindica como nuestra contemporánea, no sabremos de ella más que el año de su nacimiento, porque nos lo dice el programa de mano. Algo de la objetividad exasperada (y exasperante) de Joyce, y aún de su implacable antecesor, Flaubert, hay en Lavery. No podemos adivinar sus opiniones: el criminal está visto sin sentimentalismos, pero se nos muestran los alarmantes antecedentes de su infancia, donde, como sus víctimas, fue violado. Agnetha, a quien el espectador tiende a rechazar por su obsesión de compartimentar su vida y congelar y descongelar a voluntad sus sentimientos, nos da, sin embargo una pista inquietante para encontrar el sentido de la pieza: ¿cuándo estamos ante un pecado y cuándo ante un síntoma? Ralph, ¿ha actuado contra la ética o es otra víctima?
Congelados cuenta cómo Rhona, una niña de diez años, en camino a la casa de su abuela, adonde su madre la envió para traerle una tijera de podar, es secuestrada, violada y asesinada por Ralph Wantage (César Troncoso), un asesino serial que ha matado siete niñas a lo largo de veinte años y que al fin es descubierto y encarcelado. Este hecho cambia las vidas de los personajes.
La madre de Rhona, Nancy (Margarita Musto) se convierte en una militante de una organización de padres de niños desaparecidos y se autosugestiona con que su hija está viva y volverá; al cabo de un tiempo el cadáver de Rhona, y de otras seis niñas, es encontrado en un galpón de Ralph. Al cabo de años, Nancy concluye por aceptar la muerte de su hija, decide perdonar a Ralph y se entrevista con él en la cárcel; separada de su esposo, tiene una aventura con otro hombre, por la que se casi se siente culpable. Todo su dolor, que ella habría tratado de congelar, como modo de no separarse de su hija muerta, termina por ceder. Nadie muere de amor, y como escribió La Sizeranne («Ruskin et la religion de la beauté», pag.28) lo más triste de los sufrimientos humanos es que ni siquiera duran. «En realidad no hay nada que no se pueda soportar», dice Nancy hacia el fin. Agnetha pasea a través de la trama un dolor secreto, que se integra con la muerte del Dr. Nabkus, su colega con quien han tenido una sola noche de amor, una semana antes de su muerte en un accidente de aviación, y en parte con el remordimiento, porque la esposa del doctor Nabkus es su mejor amiga, lo que añadió a la aventura sexual el sabor amargo de la traición. Maltrecha, es ella quien da las explicaciones y plantea los problemas últimos; pero aquí hay todavía un paso atrás de la autora que toma más distancia, porque su conducta pone junto a sus despliegues de ciencia un signo de interrogación. Ralph, que ejerce una atracción magnética sobre las dos mujeres, es sistemático, cerrado sobre sí mismo, inalcanzable: cuando se le pregunta si lamenta lo hecho contesta que sólo lamenta que no sea legal matar niñas. Aún Ingrid, la otra hija de Nancy, que nunca aparece en escena, y que da a la madre, desde lugares remotos el consejo evangélico de dejar que los muertos entierren a los muertos, es ambigua y hasta sospechosa, con sus celos iniciales por Rhona, y nos preguntamos si sus exhortaciones a enterrar el cadáver del pasado son sabiduría o desamor.
Esta síntesis puede dar una idea de los múltiples contenidos y sugerencias de la obra, cuyo propósito parece ser el cuestionamiento radical de algunas ideas que nuestra civilización ha asumido sin crítica. Del mismo modo que en Séptimo cielo se cuestionaba la identidad sexual, en Frozen se discute el derecho a reprimir y castigar, el valor, terapéutico y moral, de la psicología moderna y las potencias subversivas de la memoria. Y aunque los crímenes de Ralph repelen, el espectador debe escuchar estupefacto a un hombre que lamenta que sea ilegal matar niñas y que se niega a hablar de sus crímenes en nombre de su privacidad.
En lo que acabamos de escribir está implicada la vitalidad de los personajes, tan unos y tan múltiples, tan densos de significados, luces y sombras. De las últimas obras que hemos visto es «Frozen» la que recordamos mejor; y son muy difíciles de olvidar dos o tres escenas. Una es el discurso de Nancy ante los miembros de la «Organización Llamarada», cuando se obstina en negar la posibilidad de la muerte de su hija; la otra es la siniestra escena del encuentro entre Ralph y Rohna, donde la sobriedad expresiva del texto y la interpretación de Troncoso casi nos hacen ver a la niña.
Esta puesta en escena de Mario Ferreira, que parece haber establecido una colaboración estable con Margarita Musto, a cuyo cargo está la traducción, como ocurrió con El último yanqui y con Séptimo cielo, está a la altura del valioso y complejo texto; y no es poca eficacia la de mantener la atención del espectador durante dos horas y cuarenta minutos. Hay un equilibrio muy sutil entre las distintas partes, que no ha sido fácil de lograr; pero la puesta en escena es fluida y hasta engañosamente simple. Ferreira no se ha esforzado tampoco en subrayar los propósitos de la autora, dejándolos flotar en su séptimo cielo de ambigüedad y variedad de significados, como suspendidos en el aire, sin pretender develar todos sus misterios.
La interpretación sigue de cerca la claridad de ideas del director. Creemos que los personajes más difíciles son las dos mujeres, que en un momento u otro parecen vivir en dos planos distintos, como si oscilaran entre la realidad y la irrealidad, y en cuya psiquis interactúan casi permanentemente las inclinaciones innatas con los modos de vida adquiridos; esto es más visible en el caso de Agnetha, a cargo de María Mendive, que es a la vez autoritaria, sobre todo consigo misma, servicial, esforzada, patéticamente desvalida y, pese a su formación, desorientada; será Nancy, la madre doliente, la que le dirá algunas verdades evidentes sobre el valor de las confesiones y la crueldad que puede esconderse detrás de la fra
nqueza. Margarita Musto es Nancy, la madre que quiere congelar a su hija en el recuerdo, y la interpreta en un medio tono, sobrio pero desgarrado entre las fuerzas antagónicas de la memoria y el olvido. César Troncoso compone, muy desde dentro, un Ralph electrizante en su criminal trivialidad. El espectador, que no lo compadece, siente que quizás uno de los deméritos del crimen sea su tontería. Como dice compulsivamente Ralph, todo en él es «obvio».
FROZEN (CONGELADOS) de Bryony Lavery, en traducción de Margarita Musto, con Margarita Musto, César Troncoso y María Mendive. Escenografía de Adán Torres, vestuario de Diego Aguirregaray, iluminación de Martín Blanchet, ambientación sonora de Sylvia Meyer, dirección de Mario Ferreira. En Teatro Circular. *
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