Los olvidados (16): D’Hastrel y Pallière, viajeros franceses
Los pintores tardaron en aparecer en la escena del arte uruguayo. Juan Manuel Banes y el maragato Eduardo D. Carbajal nacen en 1830 y 1831, respectivamente. Antes, alrededor de medio centenar de artistas viajeros recalaron en Montevideo, por algunos días, meses o años. Procedían de países europeos ansiosos de extender sus dominios y disputar las nuevas tierras conocidas. Disfrazadas de exploraciones científicas y, no todas en verdad lo fueron (Humboldt, Darwin), los barcos incluían topógrafos, calígrafos y dibujantes encargados de registrar la geografía, la flora, la fauna y los habitantes de las tierras visitadas, muchas veces sometidas a los diversos imperios.
Si, grosso modo, el partido blanco está asociado a España y el partido colorado a Italia, la cultura uruguaya tuvo por largas décadas y hasta mediados del siglo XX, la impronta francesa, aunque la economía estuviera subordinada a los ingleses. Por una de esas casualidades del destino, la lengua de Racine no se habla por estas latitudes.
En un censo de Montevideo realizado en octubre de 1843, la población francesa constituía casi la mitad de los extranjeros y un cuarto de la población total. En un mes, anclaron en el puerto 116 navíos franceses y partieron 21 cargados el mismo día. No fue solo el aspecto mercantil que predominó. El Montevideo sitiado, durante la Guerra Grande (1839 1852), se impregnó con los ardores del romanticismo. Vida y costumbres se sometían a los impetuosos arrebatos del liberalismo invasor. Los salones literarios, los teatros, las tertulias privadas, las fiestas mundanas abrieron nuevas perspectivas, nuevos modos de entender la realidad y de representarla.
Papel principalísimo desempeñaron las numerosas personalidades francesas visitantes en una programación cultural colonizadora: educadores y diplomáticos (Charles Laforgue y François Ducasse, padres de los poetas franco-uruguayos), médicos (Pierre Capdehourat), ingenieros (Jean Pierre Cardeillac), periodistas (Jean Chrysostome Thiebaut, Joseph Vial, Vaillant), hombres singulares (John Le Long) y, desde luego, un incesante fluir de artistas plásticos (Ollivier, Goulu, Monvoisin, Durand Brayer, Darondeau, Lauvergne, Fisquet, Gras, Debret, Pellegrini).
Dos artistas ocuparon un lugar destacado: Adolphe D´Hastrel, barón de Rivedoux (1805 75), y Juan León Pallière (1823 87). D´Hastrel perteneció a una estirpe aristocrática y viajera, ávida de aventuras. Recogió, en sus acuarelas, vistas de Montevideo y, con su lápiz litográfico, captó las danzas rioplatenses. Materas y cantores, gauchos y chinas, paisajes agrestes de Martín García o aspectos panorámicos de Montevideo, fueron el pretexto inmejorable para explicitar su amor por la naturaleza y por las criaturas que la habitan. Convocó imágenes a través de sugestivos arabescos, el color sutil y la sintética composición, soportes formales para lograr una atmósfera de envolvente lirismo. En La matera y el cantor de tristes y yaravís, 1851, consigue una doble hazaña: ser una pequeña joya del grabado litográfico y una deliciosa viñeta de un pasado conmovido por el tronar de cañones y el ruido de sables.
Pallière fue más retratista que D ´Hastrel, por su cercanía a Delacroix, de quien fue condiscípulo y amigo. En Buenos Aires, donde se demoró varios años, se conservan obras importantes. Pero también registró la temática costumbrista de la ciudad, sus calles, sus vendedores, las carretas y los gauchos, éstos últimos más cercanos a la realidad que los de Blanes. Lo hizo con sensibilidad indudablemente teñida de romanticismo, esa religión desparramada que caracterizó a la sociedad epocal.
Ambos fueron precursores del arte nacional. Y precursor, no sólo como un respetuoso sinónimo de la incapacidad meritoria de dibujantes que tomaban apuntes del natural, interpretaban erróneamente los datos de la naturaleza inmediata con una típica percepción eurocentrista o se arriesgan a la invención fantasiosa, sino observadores atentos, comprometidos con los inéditos paisajes y sus pobladores indígenas.
Si en la actualidad resulta relativamente fácil reconstruir el pasado que fue, las costumbres rurales y ciudadanas, la indumentaria posible aunque suavemente estetizada, la configuración edilicia y geográfica, es el resultado de las imágenes, unas con modestia documental y otras con alardes de inventiva creadora, que dejaron estos huéspedes continuos de la aventura arriesgando a menudo su vida y sus bienes, aunque también lucraron, algunos, con la industria del retrato, se encerraron en tertulias elegantes y en incursiones agradables por la campaña cercana. Aunque conocieron de cerca el fragor de la guerra, evitaron registrarla. El encargado de recuperar en símbolos literarios la barbarie de La nueva Troya, será Isidore Ducasse, conde de Lautréamont, en Cantos de Maldoror.
Hoy, a las 18.00 horas, en el Museo Histórico Nacional, Casa de Rivera, Rincón y Misiones, la embajada de Francia auspicia la inauguración de una pequeña muestra de D´Hastrel y Pallière, que debió estar acompañada por una conferencia de quien escribe estas líneas, pero una gripe indiscreta la posterga para otra fecha. N. D. M.*
Compartí tu opinión con toda la comunidad