"Las relaciones de poder nos imponen el gradualismo"
En entrevista con LA REPUBLICA, Feinmann marcó la diferencia entre Kirchner y el ex mandatario Carlos Menem en el hecho de que cuando el presidente viajó recientemente a Venezuela lo invitó a que lo acompañara en su calidad de pensador independiente junto con el politólogo José Nun. «Menem llevaba a su viajes a su peluquero y a su sastre y a su manicura, en cambio Kirchner nos invita a Nun y mí: un politólogo y un filósofo».
Al analizar el problema de la seguridad que vive Argentina evaluó que este tema «es el ariete de la actual derecha argentina, que carece de liderazgos». Postuló como algo necesario una «reforma profunda del sistema carcelario» y alertó que la palabra «reprimir» tiene muchos sinónimos pero ninguno es «matar».
Feinmann dará hoy, a la hora 20, una conferencia en el marco de la Feria del Libro y lo hace en una fecha clave 11 de setiembre a tres años del atentado contra las Torres Gemelas. Sobre la misma y sus consecuencias para el mundo se explaya largamente en la entrevista. Consideró que el 11 de setiembre, con la caída de la Torres, «Bush ganó las elecciones que no había ganado limpiamente y eso le permitió erigirse en vengador del orgullo de Estados Unidos» y se lo atribuyó al terrorismo que con su accionar «abre paso al protagonismo de los halcones».
Añora el mundo de la biporalidad porque era «más racional ya que había dos grandes adversarios que se controlaban por el temor que despertaba el poder de destrucción que cada uno tenia».
Cree que el neoliberalismo «sigue manteniendo su poder» y que derrotarlo «es una tarea continental», cosa que ya están intentando, Chávez, Lula y Kirchner al tiempo que dice que se mira con sumo interés lo que pueda ocurrir en Uruguay. Al momento de hablar sobre las posibilidades de un cambio de fondo es cauto y señala que las actuales relaciones de poder que gobiernan al mundo «nos imponen el gradualismo», pero alerta que «en política es tan reaccionario dar dos pasos como dar cuatro si es que se trata de dar tres».
Lo que sigue es una síntesis de la entrevista que Feinmann concedió a LA REPUBLICA vía correo electrónico.
-Usted está Uruguay en una fecha clave para el mundo entero, el 11 de setiembre, justo cuando se cumple un nuevo aniversario -tres años- de los atentados contra las torres gemelas en Nueva York. ¿Qué evaluación hace sobre la marcha de las relaciones internacionales tras esos atentados?
-El 11 de setiembre (George) Bush gana las elecciones que no había ganado limpiamente o, al menos, con verdadera transparencia. La caída de las Torres le permite erigirse en vengador del orgullo de Estados Unidos. En guerrero del Imperio. Es, por otra parte, lo que siempre logra el terrorismo: abre paso al protagonismo de los halcones. Establece la noción de «guerra preventiva» que le permite iniciar un conflicto donde él decida y no donde se inicia. La decisión del conflicto queda en manos de la Administración Bush. Ellos, el Imperio globalizador, deciden en qué lugar reside el foco de peligrosidad que deben destruir. Como, para eso, no necesitan ser agredidos, la decisión puede ser totalmente arbitraria. Así, por ejemplo, peligra la triple frontera en América Latina. Puede, en cualquier avatar de la política exterior del belicismo norteamericano, ser incluida en algún nuevo «Eje del Mal» y, por lo tanto, ser atacada como «prevención». La decisión de la guerra queda reducida a los halcones de la Administración Bush y esto implica un desconocimiento absoluto de todo posible orden internacional. La ONU ha dejado de existir, fácticamente.
-Samuel P. Huntington es uno de los pensadores de moda, ¿comparte con él en que hay un choque de civilizaciones?
-No lo hay. Huntington viene a restablecer la idea de conflicto que Fukuyama, triunfalista pos-caída del Muro, había suprimido con su teoría, basada en Hegel, acerca del fin de la historia. Caída la bipolaridad, Estados Unidos necesita nuevas hipótesis de conflicto para alimentar su industria armamentista. Huntington le entrega la del «choque de civilizaciones». No hay tal choque. Se trata de una globalización totalizadora y totalitaria que Occidente, hegemonizado por EEUU, emprende contra toda otra forma de civilización, de cultura, de identidad, de diferencia.
-¿Comparte que hay un antes y un después de esa fecha?; por lo pronto en el mundo han cambiado dramáticamente los hábitos de seguridad tras esos atentados.
-Sí, hay un antes y un después. Antes: Bush era un Presidente oscuro que había ganado unas elecciones oscuras. Después: Bush se presenta como el salvador de la nación «americana» ante la agresión del terrorismo. Antes: Estados Unidos no había elaborado el concepto de «guerra preventiva». Después: Estados Unidos se transforma en un Imperio colonialista. Es un concepto novedoso. El colonialismo se instalaba en los países que ocupaba Inglaterra en la India, digamos. Luego, con el imperialismo financiero, es el capital el que realiza la tarea de subalternación de la periferia. Y luego es capitalismo terciario, informático, posfordista, el capitalismo desterritorializado el que ejerce un dominio planetario por medio de la revolución informática y comunicacional. La tosquedad de Bush y los suyos -respaldados por el miedo de los aterrorizados ciudadanos de Estados Unidos- impone un Imperio colonialista. Ataca el territorio, lo conquista y se queda. Ya no hay una dominación financiera. Se vuelve a la dominación territorial. Los ingleses intentaron en el Plata, en 1806 y 1807, la conquista armada directa, digamos: al estilo Bush en Irak. Fracasaron, se retiraron y George Canning estableció luego una política ejemplar, paradigmática de un Imperio: «No entraremos como guerreros, sino como mercaderes».
-Hasta dónde ha influido en este nuevo relacionamiento que hay en el mundo la caída del bloque soviético. ¿Extraña el mundo bipolar? Europa, ¿no puede ser un contrapeso de Estados Unidos? Parece que potencialmente lo fuera, pero no lo llega a ejercer, ¿hay alguna explicación?
-El mundo de la bipolaridad era -créase o no- más racional que el actual, más predecible. Había dos grandes adversarios que se controlaban por el temor al poder de destrucción que cada uno tenía. Ahora sólo queda Estados Unidos. Hay una multipolaridad negativa. Putin, en Rusia, acaba de demostrar hasta dónde puede llegar su crueldad. India y Paquistán poseen arsenales atómicos y poca experiencia para usarlo. Es decir, pueden usarlo con un alto grado de irracionalidad. Suponiendo que la utilización de las armas atómicas exprese una racionalidad. En todo caso: expresa el lado más oscuro de la razón. El que, según Goya, generaba monstruos.
-¿Hasta dónde cree que se llegará en el control del Estado gendarme sobre los ciudadanos en aras de la seguridad o en la lucha contra el terrorismo?
-Hasta cualquier punto imaginable. La «guerra preventiva» se ha declarado también contra los ciudadanos. Somos todos sospechosos. La utopía negativa de Orwell está más presente que nunca. Ya no es siquiera una utopía. Por otra parte las manipulaciones de la genética, en la medida en que no logra establecerse una bioética, nos llevan al corazón sin esperanza del «mundo feliz» de Huxley. Aclaro: nada de esto tiene por qué ser así inexorablemente. La historia está tramada por el determinismo, por el azar y por la libertad de los sujetos críticos. O sea, siempre está abierta, nunca resuelta, nunca cerrada, nunca decidida.
-¿Avizora un cambio en ese aspecto si en EEUU se procesa un cambio en la presidencia, es decir, si Bush no es reelecto?
-Algo, tal vez, moderen los demócratas. Sin embargo, no olvidemos que Robert McNamara fue secretari
o de Estado de Kennedy y de Lyndon Johnson. Luego presidente del Banco Mundial. Y antes presidente de la Ford. Acaso esto aclare cómo funcionan las cosas en Estados Unidos. País fascinante y contradictorio al que admiro. Admiro su literatura, su plástica, su cine, no el de hoy, sus pulp fiction de los treinta y sus grandes cómics. También, desde luego, su música. El jazz. El inconmensurable George Gershwin.
-La sociedad argentina, salvo sectores esclarecidos y minoritarios cuestionó duramente a Carlos Menem por la corrupción que campeó durante sus sucesivos gobiernos, pero simultáneamente no logró articular una oposición fuerte anti-Menem que no fuera peronista. ¿Por qué ocurre eso? En Argentina, no es posible que funcione un gobierno que no sea peronista?
-Como decía Sartre de Heidegger en el primer capítulo de la «Crítica de la razón dialéctica»: «La cuestión Heidegger es muy compleja para que yo pueda explicarla aquí». Imaginen qué «cuestión»: el más importante filósofo del siglo XX fue un nacional socialista apasionado y distinguido. Lo mismo me pasa con el peronismo: es demasiado complejo como para que pueda explicarlo aquí. Sólo esto: el peronismo, en la política argentina, se ha transformado en el «todo». Si es el «todo» puede ser cualquier cosa. Es decir: es «nada». No tiene identidad. Es un poderoso aparato pragmático para hacer política. Si todo es peronista, nada lo es. Podría dar -por ejemplo- diez o veinte definiciones del peronismo. En mi libro «Escritos Imprudentes» doy veinte.
-Ud. abandonó el peronismo en 1985, ¿dónde está ubicado hoy desde el punto de vista político? Recientemente viajó a Venezuela acompañando al presidente Néstor Kirchner, ¿es usted kirchnerista?
-Viajé con Kirchner a Venezuela, sí. Fui con el gran politólogo argentino José Nun. Menem llevaba en sus viajes a su peluquero y a su sastre y a su manicura. Kirchner nos invita a Nun y a mí: un politólogo y un filósofo. No fuimos «parte» de la delegación. En todo lado donde nos presentó lo hizo como «dos pensadores independientes que nos acompañan en este viaje». No soy kirchnerista. No sé si tal cosa existe y no creo que sea deseable. Desearía un partido moderno, de centroizquierda, atento a los derechos humanos y a la justicia social. Kirchner ha trabajado en ese sentido. Pero no es fácil. Mi relación es de total independencia. Un presidente que se relaciona con un intelectual debe buscar y reclamar su libertad crítica, su autonomía de pensamiento. Para justificar todo lo que el Soberano hace están los cortesanos, los funcionarios.
-Con Kirchner en Argentina y Chávez en Venezuela, fundamentalmente, se habla de la caída del modelo neoliberal en América latina. En Brasil, Lula si bien sigue adelante con el modelo anterior hace un mayor hincapié en la aplicación de políticas sociales. ¿Cree usted que ya llegó a su fin el neoliberalismo en nuestros países, o como ocurre en Brasil lo que hay es una suerte de limar las aristas más filosas y descarnadas del modelo, pero no un cambio de fondo?
-El neoliberalismo sigue manteniendo su poder. Derrotarlo o lograr que retroceda es una tarea regional, continental. Chávez, Lula, Kirchner pueden hacer algo y lo están intentando. Miramos con mucho interés lo que pueda ocurrir en Uruguay.
-¿Hay posibilidades de un cambio de fondo?
-Las relaciones de poder nos imponen el gradualismo. No el «posibilismo» ni la resignación. Pero en política es tan reaccionario dar dos pasos como dar cuatro si es que se trata de dar tres.
-¿Qué opinión tiene del presidente de Venezuela, Hugo Chávez?
-Chávez es mejor que sus opositores. Por ahora, no mucho más que eso. Hay que observar si logra amenguar los altísimos niveles de pobreza. Corre el riesgo de entregarse a su brillante pirotecnia verbal. Corre el riesgo del latente autoritarismo que late en su corazón de militar, por bolivariano que se pretenda. Pero insisto: la oposición, aunque compleja, está hegemonizada por la «peste Miami». En suma, se los ve bastante agusanados. Parecen petroleros texanos maleducados. O sea, el colmo.
-Una reciente encuesta realizada por Latinobarómetro coincidió con otra anterior del PNUD en dar cuenta de un dato preocupante como lo es sin duda el hecho de que a pesar de los años de autoritarismo, las sociedades latinoamericanas comienzan a reclamar mano dura. Es evidente que este reclamo es por el creciente problema de la inseguridad, ¿tiene solución este problema?
-El problema de la «seguridad» es el ariete de la actual derecha argentina, que carece de liderazgos. Un gobierno ligado a los derechos humanos centraliza la lucha contra la delincuencia en la lucha contra sus causas. Y si decide «reprimir» lo hará postulando que «reprimir» la delincuencia es «controlarla». Hay que reformar profundamente el sistema carcelario. Y algo muy importante: la palabra «reprimir» tiene muchos sinónimos. Ninguno es «matar». *
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