Autor esencial
Es todo un clásico y, al mismo tiempo, con su viaje por la memoria emotiva, se ha transformando en un compositor que está –a su manera– clausurando el siglo XX y abriendo su ruta personal en las primeras escaramuzas del XXI. Ese es José Carbajal en cualquier escenario, y particularmente en los conciertos que desplegará en La Barraca: un individuo que, desde el aquí y ahora, evoca y recupera historias personales que las colectiviza con un fervor y una ternura impar.
Acaso porque, desde esa posición –el sentido de evocar y recuperar en métrica de canción o de texto dicho como medida de pertenencia particular, como seña de identidad, de halo idiosincrático donde los receptores, aun los más jóvenes, seguirán reconociéndose– esencialmente José Carbajal despliega humanidad.
Es, así, un humanista y un viajero incansable que trabaja sus textos, o mejor dicho su poética, desde un lugar frontalmente afectivo. Y eso lo hace más carnal, más visceral –tómese «El viejo», un conmovedor relato que rescata los destellos, el habla y los modos de la relación con su padre– y hasta más transparente y luminoso en su manera de mandar las palabras, de hacerlas chocar entre sí y en consecuencia de otorgarle diferentes texturas y una densidad irreprochables.
José Carbajal es la medida de la hondura que nunca cesa, y como todo creador superlativo transcurre del placer al dolor en su manera de confesarse. Habrá que verlo hoy y mañana a las 23 horas en el escenario de La Barraca, en su acting escénico, cómo puede desgarrarse casi hasta el temblor y, también, ser el trasmisor de una ternura doblegadora cuando saque de su fecundadora mochila canciones mayores como «Chiquillada», golpeando el corazón siempre abierto de sus fervorosos y más que seguramente cálidos auditores.
El cantautor es, en su esencialidad, Villa Pancha y sus sonidos, sus sensaciones y sus sabores y, cómo no, seguirá siendo la chamarra que deviene ritualidad auténticamente popular. Es una versión del «Perico Alcasotro» y del entrañable Rengo Zamora cuando viaja por las canciones mayores del compositor argentino Higinio Mena, canciones que bien podrían haber sido escritas de su puño aunque, en su abordaje, las puede hacer tan suyas como alguna vez lo hizo otro inolvidable como Jorge Lazaroff.
Carbajal es el bolero y las serenatas de las que se apropia para cronicar –acéptese el término– sus andares adolescentes, sus noviecitas perdidas. Es, por fin, el poeta urbano y el compadre que recuerda a sus cogeneracionales (Pepe Guerra, Manuel Capella, Alfredo Zitarrosa y otros). Carbajal es la imagen asimismo del rocanrol y de las chamarritas, el pibe (ya maduro, sabio y entrecano) de pantalón cortito y el internauta que responde e-mails entrañables que, con una voz alcóhólica y lunar, tornea fabulosamente el lenguaje para que sus canciones sean una única canción: su propia vida invadiendo generosamente las nuestras.
Es lo que ocurrirá en sus conciertos pactados en un sitio acogedor como La Barraca, concierto especialmente filmados. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad