Los caballeros de la mesa redonda
Esta nueva versión, que realimenta nuevamente la pasión por el cine de aventuras que recobró un particular auge con la trilogía de El señor de los anillos y Troya, exhuma a los tradicionales personajes de la poética arturiana. Con un presupuesto multimillonario puesto al servicio del gran espectáculo, el realizador Antoine Fuqua construye una superproducción rica en despliegues y efectos visuales, destinada –sin duda– a capturar la atención del público de todas las edades. En esta versión de la célebre leyenda, el relato se desarrolla en la denominada «Edad Oscura» (en subliminal alusión a la oscurantista Edad Media), donde los míticos caballeros de la mesa redonda deberán exponer su vida en el cumplimiento de una arriesgada misión.
La historia, inspirada en evidencias arqueológicas que sugieren que Arturo pudo haber sido el general romano Artuouris, comienza cuando las tropas imperiales están en proceso de retirada de Bretaña. En esas circunstancias, Arturo y sus huestes (Lancelot, Galahad, Bors, Tristan y Gawain) deben asumir el rescate de un noble que permanece prisionero detrás de las líneas enemigas.
Para consumar esa proeza, el protagonista acudirá a la ayuda de la hermosa reina Ginebra –que en esta oportunidad es una guerrera– y naturalmente del mago Merlín, una suerte de guía dotado de singular inteligencia y sagacidad. Contrariamente otras recreaciones del mito, como la recordada musical Camelot y la sorprendente Excalibur del talentoso cineasta John Boorman, Rey Arturo apunta a reconstruir el presunto perfil histórico del personaje.
El filme, que tiene más de dos horas de duración y una cuidada reconstrucción de época, reúne a un reparto integrado, entre otros, por Clive Owen, Keira Knightley, Hugh Dancy, Ioan Gruffudd, Stellan Skarsgaard, Rey Wintone, Valeria Cavalli y Joel Edgerton. Presunto héroe de la resistencia celta a la invasión anglosajona durante el siglo VI, el rey Arturo fue un personaje que inspiró los imaginativos relatos de la poética medieval.
Poco después que los romanos abandonaron Gran Bretaña, los celtas, librados a su destino, se organizaron en una multiplicidad de reinos que pronto lucharon entre sí.
Según múltiples leyendas que han coadyuvado a construir el mito, Arturo, que descubrió prematuramente su poder y ascendencia cuando recuperó la espalda Excalibur, logró unir territorialmente a Inglaterra y enfrentar al invasor sajón.
Sin embargo, el relato está rodeado por una aureola de tragedia, que admite múltiples lecturas en torno a la fidelidad, la infidelidad, la traición, el heroísmo y el honor, uno de los valores más identificados con las historias de caballeros medievales.
Los autores de la época se esforzaron –a menudo ingenuamente– por otorgar a este fragmento de mitología un toque moralista, propio del mundo cristiano.
Leyendas verdaderas
El primer autor que recreó a Arturo fue el historiador Nennius, en su Historia de los bretones, que fue escrita en el año 826 de nuestra era, pero que se remonta en el tiempo a una época seguramente muy anterior. Según el relator, este personaje habría sido un guerrero independiente designado por todos los reyes, con el propósito de lograr la unificación del antiguo territorio de Bretaña.
La literatura de la época refiere a agrias disputas, sangrientas batallas y cruentos conflictos entre monarcas. En cambio, Geferoi de Monmouth, autor de una historia de los reyes de Gran Bretaña escrita en 1136, transformó a Arturo en un rey e incorporó a su relato a Merlín. Durante mucho tiempo, los cronistas consideraron este aporte como una obra de referencia.
Existen ciertos testimonios que otorgarían cierta verosimilitud a la historia, como las ruinas del castillo de Tintagel, que se alzan en un pequeño promontorio próximo al océano, al norte de Cornaualles.
También se ha conservado, a través de los siglos, una mesa redonda que durante un buen tiempo fue considerada como una prueba contundente de la existencia del personaje. Se trata de un disco de seis metros de diámetro, que es expuesto en el castillo de Winchester.
Sin embargo, ninguno de esos vestigios permiten afirmar que los relatos narrados por las leyendas y cronistas de la Edad Media son parte de la historia oficialmente admitida. Los investigadores también han quemado las naves intentando ubicar geográficamente a la mítica Camelot, la ciudad de Arturo, cuyo nombre proviene probablemente de Camulos, dios celta de la guerra. El poblado podría haber estado radicado en Gales.
Los arqueólogos encontraron los vestigios de poderosas fortificaciones circulares, que habrían sobrevivido a la más importante plaza de armas de la época.
De lo que no existen dudas ni disensos es de que a fines del siglo VI, los invasores sajones fueron efectivamente detenidos y repelidos durante un tiempo. Algunas hipótesis consideran que sólo un personaje de impresionante carisma podría haber logrado unificar a diferentes reinos para combatir a un enemigo común, figura que podría identificarse quizás con un antiguo oficial romano.
La simbología del mito
Más allá de elucubraciones, mitos o eventuales realidades, el rey Arturo simboliza muchos de los valores atesorados durante la Edad Media: la valentía, el heroísmo y el honor. La leyenda está asociada naturalmente al concepto de poder, representando no sólo en la figura del monarca, sino en su espada, que es el paradigma de la unidad en la diversidad. La mesa redonda tiene también naturalmente una connotación alegórica, vinculada obviamente a la fuerza y la lealtad, más allá de ambiciones y conflictos de intereses.
Los relatos que dieron origen al perdurable mito están identificados con conceptos como la fidelidad, la infidelidad, la traición y el amor. Rey Arturo recoge la épica pasión de los relatos de caballería, así como los tradicionales códigos del siempre taquillero cine de aventuras. Para ello, la producción apeló a todos los recursos estéticos de la industria cinematográfica contemporánea. *
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