LIBROS

El hijo de la pluma

stos fenómenos –incorporados desde siempre al imaginario de los pueblos –son auténticos fragmentos de identidad que se nutren incesantemente de la tradición oral y la literatura.

Una aureola mitológica suele rodear a los héroes reales, cuyos nombres están naturalmente registrados en textos de estudio, documentos o ensayos históricos.

Partiendo de la tesis que el pasado constituye la arcilla primordial del presente, la tradición va edificando nuevos paradigmas que se transmiten de generación en generación, para construir una auténtica cultura de la perdurabilidad.

En este siglo XXI de renovadas controversias e incertidumbres, la humanidad vive un presente sin héroes, que invoca recurrentemente su historia como forma de preservar los rasgos más vertebrales de su identidad.

No en vano el cine, que es una suerte de espejo de la condición humana con sus luces y sombras, suele edificar actualmente toda su parafernalia visual y formal en torno a los mitos, casi siempre nacidos del prolífico vientre de la imaginación.

El descaecimiento de un conjunto de valores intrínsecos a nuestra condición de seres sentipensantes, deviene también en la práctica de otras modalidades no menos frívolas de idolatría.

En ese contexto, es habitual que se venere religiosamente a grandes deportistas o fulgurantes estrellas del espectáculo, desestimando –en cambio –a los personajes que han hecho de la solidaridad una suerte de moral y un estilo de vida.

La era de las comunicaciones y su revolución mediática han modificado muchos patrones de valoración de añeja raigambre, transformando a la imagen en un irresistible objeto de seducción, más allá de cualidades o virtudes.

Esa nueva cultura se aprecia naturalmente en la publicidad comercial que cotidianamente ingresa a nuestros hogares, la

que motiva al eventual cliente a consumir incluso aquellos productos que aparentemente no necesita ni apetece.

Otro tanto sucede con la «subasta» de candidatos que observamos en plena campaña electoral, que emplea análogas estrategias para convocar adhesiones, a menudo mediante engaños y subterfugios.

El oligopolio de los medios de difusión masiva –que en su mayoría están concentrados en manos de grandes grupos empresariales –construye un paisaje de discursos unidireccionales que conspira contra la capacidad de decisión del potencial receptor.

Otro tanto suele suceder con la literatura, en la medida que –por un insoluble problema de costos –muchos autores no pueden acceder a la publicación de sus trabajos y creaciones.

En ese contexto, la tan mentada libre circulación de ideas está seriamente cuestionada en su propia esencia, lo que resta legitimidad a la indispensable democratización de los debates.

Uno de los mayores riesgos es naturalmente la apropiación del relato histórico, que coadyuva a la fractura de la memoria colectiva y anestesia recurrentemente el espíritu crítico de la sociedad.

Un elocuente testimonio de esa realidad es la reciente celebración de la batalla de Masoller, donde hace un siglo cayó para siempre el caudillo blanco Aparicio Saravia, en las postrimerías de las guerras civiles entre divisas.

Si bien este personaje es un paradigma histórico de la colectividad nacionalista, es claro que su prédica y su lucha por la dignidad no admiten apropiaciones monopólicas, ya que pertenecen a todos los uruguayos en su conjunto.

En «El hijo de la pluma», el escritor uruguayo Álvaro Ojeda construye un original relato de ficción, cuyos dos personajes –cada uno a su modo –constituyen representaciones simbólicas de una ética de compromiso.

El narrador, que ha publicado varios libros de poesía, asume en esta oportunidad el desafío de trabajar en dos tiempos históricos separados por más de dos mil años, con todas las complejidades que ello supone.

El protagonista del relato es Virgilio Gainza, un oscuro bibliotecario que vive confinado entre los libros, con el entorno de salas de lectura vacías y anaqueles atestados de añosos volúmenes.

Aunque pueda parecer inverosímil, el otro personaje de esta historia rayana en el surrealismo, es Aníbal Barca, el general cartaginés que, en el año 216 A.C, desafió el poder del naciente imperio romano.

La materia literaria de esta novela es el coloquio entablado por ambos, que –por obvias razones cronológicas –transcurre naturalmente en los meros territorios de la imaginación.

Con las primeras imágenes registradas en esta historia fantástica, el autor anticipa múltiples reflexiones en torno a algunos fenómenos contemporáneos: la soledad, la indiferencia colectiva, la crisis de valores culturales, los alaridos mediáticos y la paranoia consumista.

Estos son, en efecto, algunos de los ejes vertebrales del discurso de Álvaro Ojeda, que conducen a los lectores a través de sinuosos senderos a menudo de rasgos oníricos.

Mediante su aguda pluma, el autor «libera» al héroe cartaginés de su prolongado confinamiento en los libros de historia, para transformarlo en una presencia tangible y una suerte de compañero de ruta del bibliotecario.

Mientras Ojeda interpela al pasado representado en la figura de un emblemático personaje que osó retar al imperio más poderoso de la antigüedad, demuele puntualmente algunos mitos de esta frívola posmodernidad que nos abruma: la telefonía celular, la «religión» de la red Internet, los cajeros automáticos y la televisión codificada.

Con elocuentes imágenes de nuestra realidad cotidiana, el narrador nos invita a compartir un auténtico «safari» por un hipermercado, donde reina la cultura de la góndola, del plástico, los envasados al vacío, los productos instantáneos y los alimentos genéticamente manipulados.

Ojeda transforma este imaginario pero frecuente itinerario en una suerte de experiencia grotesca, en la que el consumismo se transforma en un auténtico amo de la voluntad.

Mientras el escritor transforma al gran centro comercial en una suerte de territorio invadido por los «bárbaros» posmodernos, construye –en el ámbito privado de la psiquis de bibliotecario –el desgarrador teatro de guerra de la histórica batalla de Cannas, en la que Aníbal Barca infligió una humillante derrota a los romanos.

En medio de esos dos escenarios paralelos, los protagonistas de esta novela se transforman en auténticos abanderados de la cultura de la dignidad.

Mientras el bibliotecario lucha por romper con el infranqueable cerco de la soledad y la indiferencia, el héroe cartaginés «regresa» para dirimir su última batalla contra las legiones de un imperio redivivo, que contemporáneamente edifica tentadoras góndolas y escaparates en lugar de inexpugnables murallas como en el pasado.

Ambos se sienten partícipes de una suerte de epopeya de la restauración, edificada sobre valores recurrentemente ultrajados por el poder local o universal de turno.

Mientras procesa el imposible coloquio entre los dos protagonistas, el autor contrasta la paranoia del aquelarre consumista que arrasa virtualmente las ofertas de la superficie comercial, con la lúgubre vacuidad de una biblioteca olvidada.

Álvaro Ojeda reflexiona minuciosamente sobre un presente sin héroes ni heroísmos, en el que se venera litúrgicamente a los ídolos de plástico y la imagen virtual.

También interpela a los traidores de antes y de ahora, que en el pasado permitieron la derrota de Aníbal Barca, Cayo Julio César o el propio Jesucristo.

En ese contexto, el escritor parece sugerir que la historia es una ecuación recurrente, en la que siempre hay un poder opresor de turno y una horda bárbara dispuesta a demolerlo todo.

«El hijo de la pluma» propone mÃ

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