Comedia nostálgica y romántica
El nuevo largometraje de Juan José Campanella está diseñado sobre la base de una historia de desposeídos, de gente sin trabajo e, incluso, de gente indigente. Luna de Avellaneda se inicia con una kermesse al estilo de un baile de fines de curso y con ese sabor nostálgico que tiende a la evocación de fines de la década de los cincuenta.
Habitual en la escritura visual de Juan José Campanella (el realizador de la muy exitosa El hijo de la novia), esta secuencia es utilizada para implantar la nostalgia de aquello que alguna vez fue y que, en consecuencia, se puede recuperar desde las ambientaciones, los climas y los personajes que se entrecruzan en ese universo claramente popular en una época peculiar para la Argentina.
Pero ese pórtico o prólogo no es otra cosa que un anuncio explícito del tránsito que tomará en el resto del metraje: una tendencia comercial, popular y clásica, incluyendo desde luego los datos histórico-cinematográficos de finales de los cincuenta.
Pero si algo podemos rescatar de esta primera secuencia es el nacimiento de Román (Ricardo Darín), nombrado socio vitalicio del Club Luna de Avellaneda. Este nacimiento supondría ubicar ciertamente, hacia fines de los años cincuenta, los inicios de una modernidad, la gestación de una determinada forma de pensar y de actuar.
La cual se problematizará a lo largo del relato hasta desembocar en la gran controversia de vender o no vender el club. En ese contexto, pues, aparece un oponente, Alejandro (Daniel Fanego), quien aboga por la venta con el fin de construir un casino, institución que supuestamente dará trabajo a los socios. Aunque la discusión final es la pugna de dos formas de ser, el moderno centrado en la figura de Román, solidario, progresista y social, como defensor del club –todo un símbolo moderno–; y por otro lado el posmoderno, Alejandro en contradicción de temperamentos y de maneras de actuar es individualista, desconfiado, que defiende la idea de la construcción del casino, y que triunfará frente a la propuesta del primero.
Pero, como recurso común en un cineasta de la contextura de Juan José Campanella, el final es una línea nunca delgada de esperanza, y se simboliza en el carné de socio que finalmente encuentra y que redobla las fuerzas del protagonista para lanzarse a la aventura absolutamente pasional de fundar un nuevo club. En definitiva, todo un happy end encubierto.
El resto del Luna de Avellaneda, que posee gratas performances de sus protagonistas, tal vez apela deliberadamente a la química del sentimentalismo del espectador, con una mezcla de ternura y nostalgia, entrecruzada con el humor de enredos pro típico de una comedia romántica, elevado este último elemento a su mayor exposición en la escena del casamiento de Amadeo (Eduardo Blanco) y Cristina (Valeria Bertuccelli), con el elemento del grotesco funcionando como gestualidad colateral: otra de las ya ensayadas y aseguradas escenas tipo del director, que hace pensar en una estructura que se reproduce, que se copia, y que se dispara con su dosis inocultable de melodrama. *
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