Los amantes del Círculo Polar
La poética película Los amantes del círculo polar, del vasco Julio Medem, se estrena hoy en Montevideo, en Cinemateca 18.
Como el apellido de su director Medem, como el nombre de sus protagonistas Otto y Ana, esta película apela a una visión circular y simétrica, y a una lectura de ida y vuelta de una historia poética, donde la vida es casual y son imprevisibles los golpes de destino –destino que sin embargo se conoce de antemano como inevitable– que unen y separan a dos amantes
Dos niños salen corriendo de un colegio y terminan en un montecillo. Allí comienza la relación de estos personajes que sigue con ellos adolescentes, con ellos viviendo juntos, con ellos separados y con un reencuentro final en Finlandia; en el Círculo polar. El círculo.
El filme está contado alternativamente por Ana y Otto, mostrando versiones distintas de los mismos acontecimientos. El resultado, afirman las críticas extranjeras, es de una poderosa poesía. «Medem debe ser el único director capaz de trabajar con materiales que en otras manos serían sólo vehículos de la cursilería y de la obviedad. En las suyas son piezas delicadas de un rompecabezas visual y narrativo tan virtuoso como emotivo, tan inteligente como audaz», comentó en Argentina «Trespuntos».
El filme ha obtenido numerosos premios internacionales, el elogio de la crítica, y se exhibió fugazmente en el festival Europa en Punta. Obra de madurez de Julio Medem (Vacas, La ardilla roja, Tierra), uno de los más notables realizadores españoles (o vascos) de la actualidad, permanecerá solamente tres semanas en Cinemateca 18.
Libretado por el propio Medem, el filme está interpretado por un elenco que incluye a Najwa Nimri, Fele Martínez, Nancho Novo, Maru Valdivieso, Sara Valiente, Peru Medem, Kristel Díaz y Víctor Hugo Oliveira, con la complicación adicional de que más de un personaje debió ser interpretado, a través del tiempo y en diversas edades, hasta por tres intérpretes diferentes.
El destino y el azar
Otto y Ana están destinados a amarse, pese a los obstáculos familiares (el padre de él y la madre de ella forman pareja) y al riesgo de ser considerados como hermanos. Pero Otto y Ana no son iguales: ella cree que las casualidades la llevarán a encontrar el gran amor de su vida, mientras él cree que el amor debe ser eterno. El carga con la separación de sus padres y con la posterior muerte de la madre, lo que lo decidirá a emprender un viaje a Finlandia para trabajar como piloto aviador.
La muerte de la madre de Otto destruye el idilio adolescente de la pareja, y empuja al muchacho a partir en busca de sus orígenes. De ahí en más, el relato dará lugar a otras subtramas (la relación de Ana con su profesor, la nueva pareja de su madre, el reencuentro de Otto con su padre, acongojado por la separación) que tienden a un objetivo único: el definitivo encuentro de la pareja.
El director Medem construye la narración mediante una constante fragmentación del tiempo y el espacio, dividiendo el relato en capítulos que llevan mayoritariamente los nombres de los integrantes de la pareja central. Al mismo tiempo destruye las convenciones dramáticas de la relación causa-efecto: por ejemplo, se permite que aparezcan nuevos personajes (el amante de la madre de Ana, el camionero finlandés que rescata a Otto) con una absoluta libertad, sin dar demasiadas explicaciones. Todo el filme está construido sobre la idea de la simetría, con escenas que se repiten desde diversos puntos de vista, y el empleo de las voces en off de sus protagonistas que nunca explicitan su pasión amorosa.
Una escena clave ilustra el estilo del director Medem. Otto y Ana se sientan en mesas separadas en un mismo café, uno de espaldas al otro. Ambos se buscan con las miradas pero no se descubren, pese a la cercanía.
Allí Ana empieza una nueva historia de amor que será la excusa (otra casualidad) para reencontrarse con Otto. El, por su parte, se va del lugar y pasa por detrás de ella. En una película donde el azar es el centro de la historia, los amantes vuelven a separarse.
Se ha querido ver parentescos con los ejercicios espacio-temporales de Carlos Saura (La prima Angélica, Las dulces horas) en la manera cinematográfica de Julio Medem. La búsqueda de un refinamiento formal lo emparenta acaso también con el cine de Víctor Erice (El espíritu de la colmena, El sur, El sol del membrillo).
Pero el filme es también una prolongación de las preocupaciones y la vocación poética del propio director Medem, aquí a la altura de su cuarta película, luego de la originalísima Vacas (1991), la sugestiva La ardilla roja (1993) y la ambiciosa Tierra (1996), una trayectoria en la que ha asomado más de una vez la preocupación por narrar historias románticas dotadas de una considerable fuerza emotiva.
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