Retrospectiva de Manuel Espínola Gómez en el Subte

"Loquear con sobriedad"

Espínola es, sin duda, integrante de esa docena y media de pintores de primera línea que marcaron la plástica nacional del siglo. Sin embargo, desde 1984 no hacía una exposición individual y esa fue de bocetos para teatro y carnaval. Hay que remontarse al ’80 para haber visto una retrospectiva de sus pinturas, que se realizó para inaugurar la Galería Latina.

Prácticamente autodidacta –salvando algunos meses de talleres–, Espínola Gómez fue premiado en un Salón Municipal por un cuadro que pintó con 17 años, fue uno de los primeros uruguayos en hacer cuadros abstractos, alternó períodos de color con otros de grises exclusivos. Sin embargo, nunca fue propiamente un pintor «de vanguardia», de ruptura. «Loquear con sobriedad», según sus palabras.

Entre sus contrastes, figura la forma de trabajar planificando ambiciosas series que rara vez se completan, que son alternadas por períodos –a veces de una década– de inactividad o actividades múltiples pero no en pintura. Períodos de los que sale con una nueva serie que representa, no sólo un nuevo estilo, sino una nueva técnica. «Al dejar de trabajar y dejar pasar dos o tres años, reflexiono, me dejo estar, se van modificando las apetencias, los conceptos; nunca me interesó la unidad creativa, la coherencia nunca me pareció que tuviera importancia», declaró.

Militante nacionalista en su juventud, en los 60 dejó de pintar para militar en el Frente Izquierda de Liberación –creó el logotipo de la CNT y el Frente Amplio– y apoyó al primer gobierno de Sanguinetti luego de la dictadura, antes de desilusionarse de los políticos como agentes culturales. Para realizar esta exposición, la Intendencia negoció con el artista casi cuatro años durante los que varias veces estuvo a punto de concretarse.

La primera impresión, al bajar al Centro Municipal de Exposiciones, es desconcertante. Espínola Gómez no quiso colgar sus cuadros con las habituales tanzas que se supone no deben ser vistas –pero se ven–, y eligió sólidas cuerdas.

Pero lo más desconcertante es que no hay un orden didáctico, cronológico, por series como podía esperarse de un pintor que pintó series. Cuadros de todas sus etapas se intercalan, lo que en principio dice que el pintor se sigue haciendo cargo de todo lo que pintó. Los cambios no fueron arrepentimientos.

Trayectoria de un maestro

Espínola nació en 1921 en Solís de Mataojo. Cuando tenía cinco años murió su madre; su padre le dibujaba de chico y pobló su infancia de amigos, ex combatientes saravistas. El muchacho se inclinaba cada vez más a la pintura, a la vez que visitaba las bibliotecas de los hombres cultos del pueblo.

Entre ellos –un gerente de banco, un dentista– destaca el compositor Eduardo Fabini que iba en verano. Fabini estimuló su traslado a Montevideo donde acudió a algunos talleres y, sobre todo, absorbió la vida cultural de la época.

Pintando paisajes en su localidad, un día entró a un circo con lona naranja, se produjo el milagro y surgió Circo al mediodía, que Fabini rescató de arriba de un ropero y presentó en el Salón Municipal de Artes Plásticas. La obra recibió un premio adquisición; el autor tenía 17 años. En el mismo salón recibió una mención por el óleo El Mataojo.

Estos reconocimientos definieron su vida, aunque siguió viviendo en Solís hasta fines de la década del 40. En esa época pinta una serie de expresivos retratos de gente de la zona y gana un premio en el salón del 48 con El viejo gallo.

Al mudarse a la capital, toma la iniciativa de formar el efímero Grupo Sáez con Washington Barcala, Luis A. Solari y Juan Ventayol, producto de amistades anteriores y perdurables aunque no de afinidades estéticas. Con ellos expone la serie «Teatro abandonado», tres telas pintadas en las ruinas del Teatro Colón.

Espínola nunca se acercó al taller de Joaquín Torres García, pero se mantuvo al tanto de lo que pasaba en materia plástica.

Muy pronto, en 1950, realizó su primera serie abstracta, basada en la baraja española. En 1954 viaja a la Bienal de San Pablo donde queda impresionado por el Guernica de Pablo Picasso.

Ese impacto se reflejó en su pintura posterior, su «época gris». Sifón, de ese mismo año, estuvo a punto de ser rechazado por el Salón Nacional, a causa de su temática excesivamente higiénica. Además de la notoria geometrización de las formas, es notable el logro de tres colores con una sola tinta –negra– ya que el blanco es el fondo y el gris se obtiene por raspado en estrías paralelas.

Al poco tiempo incorporó un color rojo (pozzuoli), con el que realizó una serie aun más geométrica y con alusiones a máquinas y robots.

Entre 1955 y 1963 se produjo un período abstracto, integrado por varias series. Solía inspirarse en las manchas de radiografías u otros puntos de partida «reales», para luego trabajar con grises formas más geométricas, más «maquinistas» o más «orgánicas», según el caso.

En 1961 vuelve a la figuración con la serie «Los gordos», integrada por sólo dos retratos de su colega Guiscardo Améndola, en los que experimenta con la materia.

Enseguida volvió a la abstracción, esta vez asociada a la materia, con cuadros como Adherencias que crea todo tipo de sugestiones a partir de trazos paralelos, ahora horizontales. Una serie inmediata de 1963 que llamó «interrupciones» y es conocida como «las persianas» venecianas, trabaja la composición con francas negras interrumpidas por líneas blancas.

Hay que esperar a 1972 para nuevas series. Entretanto, fue directivo de la Unión de Artistas Plásticos Contemporáneos y condujo una ocupación del Subte por los pintores. Además, hizo diseños teatrales y gráficos, entre otras actividades.

Un año antes del golpe de Estado vuelve a la figuración, con notables «Paisajes faciales», retratos de intelectuales y amigos de títulos poéticos, realizados con grafitos y crayolas, en los que estallan detalles de color. Otra serie similar, también truncada, fue la de las «Escaleras».

En 1975, plena dictadura, expuso sus obras «polifocalistas», en bastidores octogonales de grandes dimensiones, con colores vivos y sutiles aplicados como puntos por pincel redondo. La idea es que den la impresión de un plano «en foco» y otros «fuera de foco», como en fotografía. En los temas, hay sutiles alusiones a la situación políticas el más explícito, Alborada en las gargantas, con gallos partidos cantando en un amanecer en un campo cercado por un muro y una casa gris que los separa de árboles con forma de cabezas.

Espínola Gómez volvió a callar, justamente cuando desarrolló más actividad, ahora como asesor de la Presidencia y la Intendencia.

Desde la reforma y decoración de los edificios presidenciales, hasta la organización de exposiciones y el diseño de caballetes, lo mantuvo ocupado.

En los últimos años parecía que había colgado los pinceles. Pero como para matar el tiempo en el café, comenzó su serie de dibujos con biromes de colores en servilletas.

Otra vez la abstracción, ahora controlando las formas que comienzan casi espontáneamente. Veinticinco de estas obras, digitalizadas e impresas en forma ampliada, serán exhibidas en octubre.

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