Un notable filme alemán
«Si alguien me hubiese dicho, hace cincuenta años, que yo escucharía a un alemán y le daría la mano, le habría matado allí mismo». El desconsuelo con el que la sagaz y enérgica señora Zuckermann expresa este pensamiento, conmueve de veras, porque trasluce de manera punzante la convicción de que la historia de la injusticia discurre en cierto modo en un ámbito intemporal.
Desde la Prusia Oriental hasta Galitzia. Con el filme Herr Zwilling und Frau Zuckermann, Volker Koepp ha elegido un paisaje –como había hecho ya en Kalte Heimat (Fría patria, 1996)– que fue un día punto de intersección y de reunión de movimientos migratorios.
Donde diversos pueblos vivieron uno al lado de otro y conjuntamente, se observaron recíprocamente en actitud de expectativa, se soportaron de mala gana, se temieron secretamente unos a otros, fueron tratados desigualmente y engañados por las cambiantes autoridades (las austríacas, las rumanas, las rusas y las alemanas) para enfrentarlos entre sí.
Todo ello hasta que en la Segunda Guerra Mundial se convirtió en pieza de caza libre ese grupo de población que desde siempre había tenido ya que sentir más temor que los demás: los judíos procedentes de Galitzia, deportados por los rusos, saqueados por los campesinos rumanos, asesinados por los alemanes.
Hasta el llamado Holocausto, Czernowitz era el centro de la cultura judía, sobre el que dijo el poeta Paul Celan que allí vivían seres humanos y libros. Hoy, la comunidad judía de Czernowitz es el hogar de unos pocos seres humanos, en su mayoría de edad avanzada, de retornados, de supervivientes.
Las pocas familias jóvenes, que en la época soviética –de talante antisemita– perdieron los postreros lazos de unión con la religión y la tradición, piensan en emigrar, al mismo tiempo que intentan, sin mucha convicción, recuperar su identidad judía.
Koepp no trata explícitamente de los hechos históricos, no ofrece tampoco hechos históricos concretos, sino que se confía a la curiosidad del espectador, que quiere quizá profundizar en las cosas relatadas por los protagonistas, si no es que posee ya los correspondientes conocimientos.
El señor y la señora
Y Koepp tuvo la gran suerte de tropezar, durante sus pesquisas de los años 1997/98, con dos personalidades singulares y robustas: el señor Zwilling y la señora Zukermann, que imponen su sello firmemente al filme. Koepp encontró al señor Zwilling en la «Casa Judía», una antigua clínica en la que la comunidad judía puede utilizar una sala para celebrar actos culturales.
Todo el filme está recorrido, como por un hilo conductor, por un detalle: en todas las estrellas de David que figuraban, como adorno, en las barandillas de la escalera, fueron cortadas, después de 1945, dos puntas, para inutilizarlas como símbolos religiosos. Tras de la fundación del Estado de Ucrania fueron fundidas de nuevo en su antiguo lugar; sólo en un punto se dejó el deterioro tal y como estaba, como recordación perenne de lo sucedido.
La señora Zuckermann, nacida en 1908, se evidencia como una mujer perspicaz, inteligente y sarcástica. Narra, en frases sucintas, episodios de su vida, rica en vivencias traumáticas, y que llena casi todo el siglo XX, «un siglo no precisamente hermoso». Su hijo Felix aparece también, nacido después de la guerra, en la «segunda vida» de la señora Zuckermann, diez años después de que ésta perdiera en el «Holocausto» marido, hijo y padres.
La señora Zuckermann se define a sí misma como una empedernida optimista, que tiene que serlo forzosamene aunque no sea más que para soportar las diarias predicciones y noticias fatales del señor Zwilling («y eso que suele tener razón casi siempre»).
El señor Zwilling, vástago de una familia de médicos, taciturno, ofendido, orgulloso, visita a la señora Zuckermann todas las tardes. Esa es para él, nacido alrededor de 1930, la familia, el puerto seguro. No habla mucho sobre sí mismo.
Koepp evita todo patetismo, todo sentimentalismo (a veces se desearía que preguntase algo, que solicitase más informaciones). Su filme tiene algo de un extenso paseo de investigación, en el que se ven casas y callejas, sobre las que las personas cuentan cosas, lo mismo que el señor Zwilling, cuya familia ha desempeñado un importante papel en Czernowitz.
El camino lleva fuera de la ciudad, hacia la aldea de Waschka, hasta la anciana señora Rosa Liebermann, la única superviviente de una numerosa familia: «Los campesinos de por aquí los mataron y les robaron todo». Parece un náufrago, perdido, un único superviviente.
El camarógrafo Thomas Plenert y el director Koepp logran captar observaciones divertidas, también conmovedoras, por ejemplo cuando en la sinagoga de Czernowitz se desarrolla una escena casi de humorada, con dos hombres y una escalera, mientras aquéllos intentan fijar tubos de neón multicolores.
O bien cuando unas colegiales cuentan que han visto en el cine el filme Titanic, y a la señora Zuckermann le viene a la memoria cómo vio, hace ya muchas décadas, el filme mudo alemán El hundimiento del Titanic.
Dando clases de inglés, la anciana señora mejora un poco su pensión de vejez, que le pagan esporádicamene; el profesor de una Escuela Profesional, Zwilling, ha recibido su último salario hace ahora ocho meses. Casi como al margen, en este filme queda en evidencia la desolada situación económica de las personas que dependen del Estado ucraniano. «Ya es hora de que la inquietud tenga un corazón latiente/ Es el tiempo de que sea tiempo». La voz de Paul Celan, grabada en cinta magnetofónica, un tesoro en la vitrina de la señora Zuckermann dedicada a Celan, aunque ella considera como «más logradas» las poesías de Rainer María Rilke.
Un enfoque magnífico a comienzo del filme nos muestra a la desigual pareja Zwilling/ Zuckermann en sus horas vespertinas en compañía. El señor Zwilling sostiene el periódico ante su rostro, y con severidad, casi con enojo, responde a la pregunta de qué está haciendo en ese momento, que está leyendo un artículo publicado por la señora Zuckermann para «Die Stimme», la revista en lengua alemana para los judíos de la Bukowina. Y uno se siente como un intruso estólido.
Una y otra vez, el ojo de la cámara se cierne sobre el inmenso y amplísimo cementerio judío, hasta los amplios campos que hay detrás de éste, recorre morosamente los caminos entre las tumbas, se detiene, se demora.
Y a uno le vuelve el recuerdo, ante la mirada interior, el primer enfoque del filme: la alfombra de nieve, derritiéndose en manchas irregulares, expresión de la irrefrenable desaparición de las últimas huellas de una sociedad cuyas raíces fueron aniquiladas totalmente hace más de cincuenta años.
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