Opera primera de Edward Norton
Que impecables (y jóvenes) actores posean inquietudes en plan de cineasta como Edward Norton, es, ciertamente, motivo de celebración, tanto como lo han hecho Vincent Gallo (con su formidable Buffalo 66) o Edward Burns (con su trilogía amorosa, muy de debate y en la línea alleniana), por citar dos ejemplos de una corriente que busca consolidarse.
Norton no es ni pretende ese tono ‘underground’ que tan bien se instala a vivir en la trama de Buffalo 66; tampoco busca las deliberaciones y los vaivenes de Edward Burns (el que como actor efectuó un importante papel actoral en Salvando al soldado Ryan de Spielberg) en sus metáforas del más o más allá de las reciprocidades afectivas.
Lo cierto es que Norton, quien ha hecho performances estupendas en títulos como La raíz del miedo y en especial El Club de la Pelea, convocó a otro actor y cineasta joven talentoso como Ben Stiller (dirigió con acierto varios Generación X) y a la ascendente Jena Elfmann para estas divinas tentaciones donde un trío de amigos desde la infancia se reencuentran ya adultos en la ‘big apple’, Manhattan, para reencontrarse y enamorarse. ¿Habrá correspondencia? En un trío sobra uno según las reglas. ¿Pero qué ocurre si uno es rabino (Stiller) y otro un sacerdote que responde a la fe católica (Norton)?
Divinas tentaciones posee el mérito de construir personajes gratamente desarrollados que se sumergen en los dilemas de la fe y en sus convicciones religiosas, pero todo se verá jaqueado por la aparición de Reilly (Jena Elfmann): la chica ha crecido, evidentemente, y sobrecoge por su belleza y su sensualidad. Y no todo cambia, aunque las diferencias están marcadísimas: el rabino está a la búsqueda de una esposa (le presentan candidata tras candidata y las descarta), mientras que el cura de Norton debe aplicar estrictamente la disciplina de la abstinencia.
Lo cierto es que se da lo previsible, la Elfmann se enamora del rabino y viceversa sin que el amigo común de todas las horas (también enamorado de la chica y dispuesto a todo) sepa de semejante asunto.
Toda la anécdota del filme está teñida de un métrica de comedia que convalida diálogos filosos y sabrosísimos particularmente entre Norton y Stiller, a los que se suma con extrema habilidad y picardía Elfmann. Divinas tentaciones se burla sin ofender de la operatividad interna de ambas religiones, y remarca con efectos parodiales sus paradojas y contradicciones a modo de apuntes incisivos y por momentos convocadores de una risa cómplice que involucra a las espectadores. Asordinado debut de Norton y gran rendimiento actoral de los antedichos y de venerables como Anne Bancroft y Eli Wallach.
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