La Vitrola
Dicen que la música es como la brisa sobre las llamas del recuerdo. Una lejana milonga acaricia a la memoria compañera. Días de vitrola en el Montevideo de casa bajas. por principios del 30, una botija con apenas 15 añitos comienza a darle bolilla a esas cajas de madera que, si le dabas cuerda, salía la música. De la grandota bocina, los sonidos se armaban en pentagrama. Había un modelo, más añejo aún, en que el hechizo nacía de un cilindro de metal. Los fonógrafos, como decía un vecino sabihondo. Usando todas sus mañas, un pibe de la barra lograba que la tía le prestara el aparatejo llamado vitrola. Aparecía en una mesa del boliche y todos la miraban como a un raro bicharraco. Pero cuando esa Royal comenzaba a rascar los discos del sello del perrito, agarrate que había lola. El cafetín se alborotaba con tantos, fox-trox y hasta gringos charleston. De un libro con formato de álbum sacaba, cuidándoles como un tesoro, los discos de pasta de la Odeom y la Columbia. La preferencia la tenían los temas del «invicto don Carlos». Al rato, entonados por la ginebrita de porrón y la mirada socarrona del gaita, el boliche se convertía en una academia de baile como las que abundaban por la calle Andes. Entre ellos, la barra esquinera aprendía los secretos del dos por cuatro.
Primeros pasos de bailarines compadrito que en un par de años se darían dique en canyengues de la Teja. Tangazos de Arolas, del Pancho Maglio o una milongueada fantasía del gran Pintín. Haciendo escote, compraban las púas que vendían en la casa de Cardelino, en la bajadita del Rondeau. Con el barullo, las pibas que pasaban por la puerta del boliche, vichaban y con picardía se alejan. Ni soñar con entrar porque sino las chusmas les endilgarían el mote de «mujeres de vida». Otros sitios del ayer donde las vitrolas daba cátedra fueron los tradicionales ranchos de pescadores, ubicados en la costanera desde el murallón de la Ciudad Vieja pasando por las canteras del Parque Urbano y la farola hasta el Buceo. Días de corvinas a las brasas de rechupete y en un rincón, en una mesita sobre el piso de tierra, la maestra vitrola. Su gran corneta a todo trapo, mientras se hacía diente y terminaban en un bailongo porque ahí si, varios avispados arrimaban la codiciada compañía femenina. Cuando un casorio o un nene cumpleañero eran el pretexto, bruta trenzada de tantos y clericó. Dale abierto a la púa y la corneta de nuestra amiga vitrola. La milonga se pasea por las casas del barrio y gira la manivela. Por eso la música le da púa a la memora. Es un viento que acaricia nuestra hoguera de montevideanos recuerdos. A toda pasión y tantos lo esperamos, los sábados a las 19.00 horas, en 1410 AM LIBRE.. Coordinación: Angel Luis Grene *
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