"LOS JUEGOS DEL MIEDO", DE CARLOS MANUEL VARELA, EN EL TEATRO DE AGADU

El sabor de la tristeza

Su manifiesto es que la vida es puro horror; sólo se encuentran seres decrépitos, entre tontos y perversos, y jóvenes irresponsables y destruidos. Se cree impresionar al público mentando primero, como para entrar en calor, al pichí y la caca; más tarde trepa, sin ganar en convicción, a incestos y violaciones. Hay, si se quiere, mal gusto: no hay ni verdadera crueldad ni verdadera desesperación, mejor representadas por tourneur, Sade, Céline o Genet. ¡Pobre Baudelaire! Escribió en vano «Les petites vieilles», donde mostró que la realidad vale mucho menos que el ojo de un buen artista.

Pero donde Degas ve a una bailarina, Varela verá a una mujer sucia; en el cuarto con la silla, en Arles, que Van Gogh inmortalizó, verá una inmunda covacha.

El autor está convencido, con nuestros ministros de Economía y los atareados vendedores de los productos de Tin Pan Alley, que sólo los jóvenes cuentan, porque son los que consumen, y que la vejez es un mal social a extirpar.

No servimos para nada; y para peor, gastamos. En esta reducción de la vida a cuentas de resultados, a sumas y restas, a cálculos infames sobre cuánto «le» cuesta a «la sociedad» la sobrevida de un anciano, como si fueran extranjeros indocumentados, se revela un virus economicista que padecemos mucho más que los países centrales.

Para que las cuentas cierren, los pasivos, como en todo balance, deben ser amortizados; y no es extraño que, al fin de las operaciones, aparezca el saldo molesto de algunos cadáveres.

En El juego de los miedos todos los personajes son tan redondamente repelentes que no creemos en ninguno. La tía (Mary Soler) es una anciana vulgar, gatosa y avara que padece incontinencia y posiblemente Alzheimer; sus sobrinas o acompañantes (Sara, por Any Cardozo y Ana por Anabella Calisto) son las desalmadas que apenas simulan cuidarla y en cambio la roban y hasta la martirizan porque sí. Al fin Ana, luego de revelar que fue violada por su padre, adoptará el lugar y la tontería de la anciana.

Sin relación alguna con estas raterías aparece Dora, la hija de la anciana, una profesora que ignora a su madre y, para que se vea su falta de escrúpulos, da a corregir los escritos de sus alumnos, a la marchanta, a las dos arpías.

Los diálogos son vacíos; parecería que se asiste a conversiones divagadoras, tomadas al azar y no a una escena de teatro.

Hay luces extravagantes y disfraces raros; poco antes del fin sobreviene un absurdo ballet, que responde a la superstición de que no hay teatro sin danza y música. El autor querría ser dramático y sólo es tristón; querría mostrar la vida tal cual es, y describe residuos.

Ha leído mal, y ha visto sin comprender. Es fácil encontrar en El juego de los miedos reminiscencias de temas quizás clásicos (la dialéctica del amo y el servidor, la autorreproducción de la violencia, la incomunicación, la soledad); pero la obra no ahonda en ninguno y resbala sobre la superficie. Sólo es clara una extraña necesidad de representación; pero el único sentimiento que trasmite es la incapacidad de vivir. *

LOS JUEGOS DEL MIEDO, de Carlos Manuel Varela, por Grupo Teatro Espejos, con Mary Soler, Any Cardozo, Anabella Calisto y Cristina Sartori. Escenografía y vestuario de Orlando Marabote, luces de Martín Blanchet, música de Paolo Riciardi, asesoramiento coreográfico de Olga Berriolo, dirección de Carlos Manuel Varela. En teatro de Agadu.

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