Mujeres de invernáculo
Están todos los lugares comunes del feminismo, los novios y amantes egoístas y vanos; pero estamos muy lejos de la desgarradora sinceridad de Eve Ensler en sus «Monólogos de la vagina» y la protagonista exhibe un sumiso amor hacia su padre, el gran macho con amantes, que no la corresponde y ni siquiera acierta con su nombre cuando la llama. La ambivalencia de los afectos permite sospechar que, en el fondo, la autora es un portavoz del machismo que cree aborrecer.
La pieza, que no tiene forma dramática, es un monólogo donde Alicia (Graciela Rodríguez) reconstruye y comenta sus diversos encuentros con los hombres (Enrique Alvarez como el padre, Gustavo Gomensoro y Alejandro Martínez como novios y amantes). No hay una progresión, salvo la cronológica, ni un desenlace, sino una serie de esquicios; la más notoria y desoladora comprobación a que se llega cuando se apagan las últimas luces es que Costa Rica, si no tiene mejor dramaturgia que estas tierras, está edificada sobre la misma familia autoritaria. Si cotejamos Hombres en escabeche con, por ejemplo, Mi país inventado de Isabel Allende o Mujeres de ojos grandes de Angeles Mastretta (puesta en escena local de Ernesto Clavijo), comprendemos sin más la identidad sustancial de estas colonias y por qué existieron Pinochet en Chile y Bordaberry, Cristi, Vadora, Alvarez, Batlle Ibáñez y los que faltan en el Uruguay.
No hay nada nuevo bajo el sol. Pero, a diferencia de aquellas autoras, el actual culto del libre mercado y la globalización han inhibido en Ana Istarú todo atisbo de la sociedad en que vive y, más específicamente, de la explotación económica de la mujer. Sucede lo mismo que en la obra, también «feminista», Como si fuera esta noche de la española Gracia Morales, estrenada asimismo, y quizás no por azar, en el teatro del Centro. Feminismo, sí: pero el de las caricaturas de Maitena, las revistas y suplementos femeninos. La protagonista es una niña bien, criada entre algodones, a la que no le cruzará la mente el más mínimo pensamiento acerca de sus congéneres que viven en la pobreza. Antaño se reprimía el sexo; hoy se reprime a los ojos y no vemos lo que no queremos ver.
Aunque la pieza exagera sus notas y tiende al sobreagudo mucho más allá de lo necesario, cumple satisfactoriamente con su función de acompañar la digestión con fluidez y algunos chistes. Jorge Denevi renueva sus bien ganadas credenciales de maestría en la dirección; Graciela Rodríguez ocupa cómodamente toda la escena en el papel de alguien que no es feliz ni tiene marido; su voz inimitable y su presencia, entre desvalida y valerosa, que atrae inmediatas simpatías, logran mantener la atención del espectador de comienzo a fin.
Del resto del solvente elenco destacamos la actuación de Gustavo Gomensoro, que en un par de viñetas logra muy buenos efectos cómicos. *
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