En el filo de la navaja
La densidad de la obra no se percibe en seguida; al fin comprendemos su peso, que podría aplastarnos. En más de un momento nos vino a la memoria el arte refinado del escritor japonés Yasunari Kawabata, cuya novela El país de nieve tiene análoga composición.
La trama aparente de El castigo es el suicidio de una joven mujer oprimida por una madre dominante; más que nada, la autoeliminación es causada por el sentimiento de la incapacidad de vivir, y buena parte transcurre en un inquietante estado intermedio, donde la protagonista, ya muerta, aún no habría abandonado del todo ese mundo. «Somos seres perdidos en los confines del mundo», escribió Po Kiu Yi. La joven Yan Zi no puede vivir ni con su madre ni sin ella; y es curioso comprobar que el tema, que podría parecer ajeno, nos compromete.
Hemos leído El álbun negro de Hanif Kureishi, donde el autor, un escritor anglopakistaní, muestra el conflicto entre la civilización occidental y sus orígenes, asiáticos e islámicos; todos los protagonistas parecen caminar sobre el filo de una navaja. Más cerca de nosotros, hemos visto recientemente Como Greenwich de Mario Benedetti, en versión de Juan González Urtiaga, donde también aparece el tema del suicidio vinculado con la emigración y antes El hueco de Gabriel Peveroni, donde se alude a la fuga hacia dentro de las tribus urbanas, que son también un paraíso artificial; paraíso semejante al de las drogas. Partir es morir un poco; y El castigo, que se subtitula «Las muertes de Yan Zi», puede ser visto como una metáfora por la cual la autora ha enfrentado a su exilio: China sería la madre de la que no se puede escapar y Canadá la nueva vida, soñada y frágil.
Diarios, radio y televisión censuran y suprimen, en nuestro medio, las noticias sobre suicidios, por temor a una epidemia como la que causó en su época el Werther de Goethe, silencio que forma parte de la civilización hipócrita y represiva en que vivimos, donde la consigna es no enfrentar jamás la realidad que debe mantenerse a raya. Pero nadie abandona la vida sin motivo, como nadie abandona a su país sin motivo; y es posible que los «malos ejemplos» de los suicidas muestran sólo que hay una última puerta que siempre se puede abrir. Pero el suicidio, como lo muestra El castigo es paradójico: puede suprimir las dificultades de vivir, pero cuesta la vida.
El hombre fáustico aspira a demasiadas cosas. Incurrimos en los minisuicidios de la caja tonta, los ansiolíticos y los antidepresivos; olvidamos que nada nos es dado sin esfuerzo, y aún que ese esfuerzo y esa lucha, como lo demostró con rigor el matemático Baudelaire, son todo. La realización de Sandra Massera, a quién se debe también la adaptación de la novela original, es acorde a la sobriedad del texto pero también rica en matices, delicadas alusiones y misteriosos significados no siempre visibles de inmediato. En una sala íntima en la platea alta del teatro Victoria, con capacidad para cincuenta espectadores, el decorado es poco más que unos lienzos blancos, que representan el ámbito de una conciencia lúcida e implacable. La música, una compaginación de varios autores, tiene un destacado papel de contrapunto con lo que sucede en escena, donde ya hay un primer espejo, el coro, a cargo de la misma directora. La interpretación no tiene fallas y permite descubrir actores de capacitación profesional que hasta ahora son casi desconocidos; en el papel protagónico tuvo especial lucimiento Lila García.
EL CASTIGO (LAS MUERTES DE YAN ZI), de Ying Chen, por teatro del Umbral, adaptación de Sandra Massera. Con Lila García, Nelson González, Manuel García y Sandra Massera. Vestuario de Nelson González y Sandra Massera, escenografía, iluminación, selección musical y dirección de Sandra Massera. Estreno del 29 de mayo, teatro Victoria. *
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